martes, 28 de febrero de 2017

Los árbitros también son personas

San Claudio siempre fue territorio comanche para los árbitros. Allí sufrían todo tipo de perrerías. Incluso recuerdo una época en la que se negaron a ir a pitar nuestros partidos como locales. Ya he dicho en más de una ocasión que desprecio profundamente aquella época adolescente en la que ellos eran los enemigos y todo se terminaba convirtiendo en algo personal.

Con el paso de los años mi visión sobre ellos ha ido cambiando, al día de hoy me precio de ser amigo de unos cuantos. Y me jacto de ser el único entrenador que acudió a la boda de un árbitro de la LEB; en la que me arrinconaron en una mesa redonda (ya es difícil), entre cinco o seis, y en la que salí airoso gracias al inestimable apoyo de mi mujer.

Bromas aparte, toca una reflexión después de la Copa del Rey de baloncesto y el campo atrás. También tras los pines y los bolígrafos que recibieron en el Estadio de la Cerámica por parte del Real Madrid.

Siempre he creído en la imparcialidad de los árbitros. Y siempre he dicho que el día que deje de hacerlo, me iré para mi casa y me dedicaré a otra cosa. Hay árbitros para todos los gustos: buenos y malos, humildes y arrogantes, modestos y pretenciosos, profesionales y amateurs, con criterio o sin él, influenciables o no. Hay árbitros que caen bien, otros que caen realmente mal y alguno más que deja indiferente. Como hay entrenadores, jugadores, ingenieros, albañiles, periodistas, tenderos o encofradores que tienen las mismas virtudes o defectos que ellos. Es algo relativamente común en las personas.

Ser árbitro tiene que ser bien jodido. Y cuanto más arriba están, mayor es la repercusión de sus decisiones y más grande la presión a la que se ven sometidos. En baloncesto hay algunos árbitros que no me caen bien y otros a los que no encuentro capacitados para llevar un partido con ciertas garantías. Seguro que más de un aficionado, incluso de mi equipo, tiene la misma impresión sobre mí. Completamente legítimo, resulta imposible sentir simpatía por todo el mundo y caerle en gracia a todo aquel con el que te cruzas.

Ahora bien, el respeto de los unos hacia los otros, en ambas direcciones, es una línea marcada a fuego que ninguno debería traspasar. Siempre he pensado que los profesionales tenemos gran influencia con nuestros comportamientos. Y no voy a negar que a veces haya sentido tanta impotencia y rabia que he tenido que contar hasta diez para controlar mis reacciones.


Todo comienza con la educación; pero también con la capacidad de cada uno de nosotros para estar lo mejor preparado posible en el momento de desempeñar nuestro trabajo.