martes, 17 de enero de 2017

"¡Entrenador, hijo de puta!

Hace unos días leía un artículo, de obligada lectura,  titulado: ¡Árbitro, payaso!, estaba escrito por Álvaro del Río en La opinión de Málaga. Es imprescindible que estas denuncias se hagan virales, a ver si entre todos conseguimos que el deporte se convierta en un lugar donde únicamente tengan cabida las personas que defienden los verdaderos valores que este tiene.

La falta de respeto a la que aludía Álvaro del Río me llevó a recordar una anécdota. Durante la temporada 2003-04, la última de las tres que pasé en Los Barrios, cada vez que jugábamos en casa, un tipo del público se dedicaba los cuarenta minutos del partido a insultarme. Desde cabrón hasta hijo de la gran puta, pasando por todo tipo de lindezas. Probablemente aquel fuera el mismo sujeto que me rayó el coche. Un día, después de perder, cuando iba camino de nuestro vestuario, el fulano se balanceó sobre la barandilla de la grada dejando medio cuerpo fuera. Con una rabia de desconocida procedencia, al menos para mí, escupió todo tipo de blasfemias. Cansado de aquello, perdí los estribos y le invité a que tuviera el valor (seguro que usé otra expresión) de decírmelo cuando saliera a la calle. El tipo no esperó, y yo no me sentí especialmente orgulloso de mi reacción. Todo lo contrario.

Tras aquello me contaron la anécdota de un entrenador que tuvo la Balompédica Linense. Cada domingo era insultado por el mismo tipo. Llegó el día en el que, cansado de tanta falta de respeto, indagó sobre la profesión del sujeto en cuestión. Averiguó que este era carnicero y, sin pensarlo dos veces, se presentó el lunes siguiente en su carnicería. Se quedó justo al lado de la puerta y comenzó a gritar lo mala que era la carne que vendía aquel hombre, la falta de salubridad que tenía su tienda y otra serie de lindezas que empezaron a espantar a la clientela. El dueño salió enfurecido gritando: “¡Qué coño haces! ¡¿No ves que me vas a arruinar el negocio?!”. “Eso es lo que haces tú conmigo cada domingo”.


Aquel tipo no volvió a abrir la boca. Casi nunca nos ponemos en el lugar de los demás hasta que no lo experimentamos en carne propia. Es únicamente una cuestión de educación y respeto.