lunes, 3 de abril de 2017

El pase

Como entrenador, siempre he tenido dos obsesiones: la defensa del bloqueo directo y el pase. La primera de ellas porque es un aspecto del juego que cada día se utiliza más, hasta el punto de que hay equipos en los cuales es prácticamente su única herramienta ofensiva. La segunda, seguramente, porque a mí, cuando jugaba, siempre me gustaba pasar. Sin duda porque me faltaba el talento necesario para anotar con cierta asiduidad.

Se habla táctica, y técnicamente, de muchos elementos del juego. Pero del pase únicamente nos acordamos cuando nuestros jugadores pierden balones: ya sea porque la ejecución es mala o porque el momento elegido no es el adecuado.

Imagino que en las categorías de formación se le dedica poco tiempo, porque si no es imposible pensar que se les olvida cuando llegan a profesionales. Es posible que se deba a la importancia del resultado por encima del proceso. Siempre tiene una mayor repercusión el chico que anota 30 puntos que el que da 10 asistencias.

El otro día oía a Bielsa decir: “yo puedo enseñar a ejecutar un pase a la perfección, pero no puedo enseñar cuándo, cómo y a quién hay que dárselo”. Llevo años pensando en eso mismo. Nos encontramos con jugadores dotados técnicamente que tienen un absoluto desconocimiento del juego. Y después vemos a otros que lo ven con total claridad pero les faltan los recursos apropiados.

Sin un buen pase no hay opciones de canasta, nunca las hay. ¡Jamás! Por eso a mí me gustan los jugadores que saben pasar, esos que se la dan al que deben, en el momento oportuno y de la forma adecuada. También los que saben cuándo un pase está de más. A esos es a los que se debe fichar siempre. Porque además suelen rebosar un altruismo que la mayoría desconoce. El mismo que casi siempre proporciona la inteligencia.


Larry Bird nunca me impresionó por cómo tiraba, ni tan siquiera por lo poco que saltaba. Me maravillaba su capacidad de pase, menos vistosa y llamativa que la de Magic, pero tanto o más eficaz. 

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