sábado, 8 de abril de 2017

Se acabó

Se acabó. Se terminó la temporada más dura de mi vida, el reto más complicado que jamás haya afrontado. Por el camino perdí a un buen amigo, gané a una prima. Conocí una nueva competición, gente fantástica, otra cultura, diferentes ciudades y formas de vivir. Sufrí, lloré como hacía tiempo. Me reí varias decenas de veces y bromeé, aún más de lo habitual, para mitigar el dolor. Crecí como entrenador, aunque seguramente más como persona. Porque estos siete meses se convirtieron en una experiencia de vida. Con sus luces y sus sombras, resultará una etapa que me marcará para siempre.

Aún así tuve suerte, mucha. Encontré a dos personas fantásticas, como Jordi Juste y Miguel Sousa, que contribuyeron a que los días fueran más soportables. Sin ellos no hubiera sido posible. Me topé con un vestuario lleno de tipos magníficos que resultaron ser el compromiso personificado. Otro equipo, con todo lo que hemos vivido (el fallecimiento de Raúl, el diagnóstico de esclerosis múltiple de Daniel, la retirada definitiva de Wictor debido a una lesión inoperable o la peritonitis de Karim a tres semanas de empezar los play off) se hubiera desintegrado. Gracias, chicos, ha sido un privilegio entrenaros.

Tuve suerte porque me encontré un club limitado de recursos pero con un corazón de Euroliga. Así lo sentí al ver el comportamiento que tuvieron con Raúl y su familia. Descubrí a un presidente que, junto con su mujer, me trató como a un hijo. A un tipo como Uffe que me apoyó sin concesiones. O a alguien como Anna que no permite que nada sea fruto del azar. Suele pasar cuando la capacidad de trabajo tiende a infinito. Son muchos a los que hay que estar agradecidos, tantos que resulta imposible nombrarlos a todos.

Vi a mi mujer dos días en todo este tiempo, los que me escapé en Navidad para llenar de vida los pulmones, el corazón y el cerebro. A pesar de ello, seguro que todo esto mereció la pena; siempre merece la pena. Así somos los entrenadores, unos locos absolutamente incorregibles.


Hace tiempo que dejé de soñar con el futuro, me agarro al hoy, a lo inmediato. Y trato de tener presente la volatilidad de la vida y de la profesión. Nadie puede predecir el mañana, aunque sé que una parte de mi corazón siempre se quedará aquí, en Nässjö; con Raúl. 

lunes, 3 de abril de 2017

El pase

Como entrenador, siempre he tenido dos obsesiones: la defensa del bloqueo directo y el pase. La primera de ellas porque es un aspecto del juego que cada día se utiliza más, hasta el punto de que hay equipos en los cuales es prácticamente su única herramienta ofensiva. La segunda, seguramente, porque a mí, cuando jugaba, siempre me gustaba pasar. Sin duda porque me faltaba el talento necesario para anotar con cierta asiduidad.

Se habla táctica, y técnicamente, de muchos elementos del juego. Pero del pase únicamente nos acordamos cuando nuestros jugadores pierden balones: ya sea porque la ejecución es mala o porque el momento elegido no es el adecuado.

Imagino que en las categorías de formación se le dedica poco tiempo, porque si no es imposible pensar que se les olvida cuando llegan a profesionales. Es posible que se deba a la importancia del resultado por encima del proceso. Siempre tiene una mayor repercusión el chico que anota 30 puntos que el que da 10 asistencias.

El otro día oía a Bielsa decir: “yo puedo enseñar a ejecutar un pase a la perfección, pero no puedo enseñar cuándo, cómo y a quién hay que dárselo”. Llevo años pensando en eso mismo. Nos encontramos con jugadores dotados técnicamente que tienen un absoluto desconocimiento del juego. Y después vemos a otros que lo ven con total claridad pero les faltan los recursos apropiados.

Sin un buen pase no hay opciones de canasta, nunca las hay. ¡Jamás! Por eso a mí me gustan los jugadores que saben pasar, esos que se la dan al que deben, en el momento oportuno y de la forma adecuada. También los que saben cuándo un pase está de más. A esos es a los que se debe fichar siempre. Porque además suelen rebosar un altruismo que la mayoría desconoce. El mismo que casi siempre proporciona la inteligencia.


Larry Bird nunca me impresionó por cómo tiraba, ni tan siquiera por lo poco que saltaba. Me maravillaba su capacidad de pase, menos vistosa y llamativa que la de Magic, pero tanto o más eficaz.