jueves, 30 de marzo de 2017

Lo que nadie nos cuenta

Hay un montón de cosas que nadie nos cuenta y que debemos ir descubriendo por nosotros mismos. No nos dicen cómo es el primer desengaño amoroso. Tampoco nos hablan de la primera resaca, que lleva asociada la bronca de tus padres la noche anterior, cuando llegas mamado a casa y dejas al perro fuera tras cerrar la puerta. Suerte que atinaste a abrirla.

Cientos de ejemplos, pero voy a relatar el que he padecido hoy. Nadie te cuenta que, cuando eres un maduro, ya no puedes realizar las cosas que hacías con 25 años. Es más, ni tan siquiera puedes intentarlas. Siempre he sido muy “echao pa´lante”, y esta ocasión no iba a ser menos. Miguel Sousa, preparador físico, llevaba varias semanas retándome a jugar un uno contra uno. Él aseguraba que me ganaría, y yo le advertía de lo contrario. 23 años contemplan a la criatura, 20 días me restan para cumplir los 44.

Ahí nos pusimos, a 10 puntos. Inicio abrupto pero soportable, hasta que llegó un momento en el que mi cabeza quería hacer una cosa y me cuerpo otra. Mi mente se desplazaba en una dirección y mis piernas en otra. Estuve a punto de perder el equilibrio severamente en dos ocasiones; la vergüenza debió poner el contrapeso. Incluso llegué a acordarme de Iván Ferreiro cuando decía aquello de que “el equilibrio es imposible”. Las cosas que se te pasan por la cabeza cuando estás a punto de darte una hostia.  

Con el 8-5 a mi favor empecé a sentir cómo mi pecho ardía por dentro, la sangre no llegaba al cerebro y del oxígeno hacía tiempo que no tenía noticias. Tuve dos opciones de cerrar el partido, en una terminé trastabillado y en la otra abusé tanto de las fintas que me dio un vahído. ¡Dramático! Al final cerré el partido braveando, que es lo que queda cuando los recursos no llegan.

Para cerrar el asunto, os voy a soplar el tratado que está desarrollando mi amigo el de los salmones: “La importancia del uso de los codos en los ex-jugadores mayores de 50”. Dicho ensayo aportará un apéndice titulado: “Vigencia histórica de las fintas como recurso imprescindible para todo aquel pureta que quiera ganar algún 1x1”.

La próxima vez que intentéis asumir el mismo riesgo, no podréis decir que nadie os advirtió. 

martes, 7 de marzo de 2017

El camino, la victoria y la derrota

No nos preparan para la derrota, tampoco para la frustración. Se nos muestra el éxito como el único destino posible cuando no es cierto. Nadie nos explica cómo digerir el fracaso, cómo aprender de él, cómo crecer aunque duela. Pocos son los que asumen que instruye más la derrota que media docena de victorias. Aunque el necio es el único que cree aprender más de los triunfos.

Cada cual quiere ser el número uno en lo suyo; y no hay que ser muy listo para saber que únicamente hay uno que disfruta de esa condición. La cual no es eterna, ni mucho menos. La volatilidad es la sustancia con la que se fabrica el deporte.

Para que gane LeBron tiene que perder Curry, para que triunfe Messi debe fracasar Cristiano o para que Federer ganase en Australia tuvo que no hacerlo Nadal. ¿Qué hubiera sido de Bugno si no hubiese existido Indurain?, ¿Cómo de grande hubiera sido Senna si a Prost le hubiese dado por pintar cuadros? Karpov no tendría sentido sin Kasparov, ni Larry Bird sin Magic Johnson, ni Bilardo sin Menotti, ni Tom Brady sin Payton Manning, ni Ben Johnson sin Carl Lewis, ni quizás Ali sin Frazier.

La sucesión de antagonismos es infinita y elocuente en el deporte. Uno gana y otro pierde. Y somos más los que probamos con mayor frecuencia el amargo sabor de la derrota, y no por ello somos unos fracasados. Dijo un día Bielsa: “No permitan que la derrota deteriore su autoestima. Lo importante es la dignidad con que se recorre el camino”.


Por eso el proceso importa; porque andar el camino es la esencia. La meta es la consecuencia del tránsito; a pesar de no llegar los primeros aunque hayamos trabajado como los que más para lograrlo. No permitamos que nadie nos diga que hemos fracasado porque no hemos ganado; porque no terminemos los primeros. Y aprendamos de todos esos días en los que salimos derrotados para acumular los conocimientos que nos lleven a triunfar, a sabiendas de que un día dejaremos de hacerlo.