martes, 14 de febrero de 2017

Sin patadas

Crecí en el patio de un colegio jugando al baloncesto cada día. Ya podía llover, nevar o hacer una rasca de mil demonios. Si en León tienes que esperar a que haga buen tiempo para salir al patio, estás apañado.

Aquel suelo de cemento despellejaba a todo aquel que se caía, poca misericordia existía cuando la gravedad no estaba de tu parte. Los balones no eran una excepción, se veían erosionados por tanto bote y desgastados de tanto frío. Los usados eran los que más gustaban, por cierto. Teníamos uno para cada cuatro; quizás, con suerte, uno por pareja. Y los cuidábamos mejor que si fueran nuestros. Entonces no lo sabíamos, pero así era.

Jamás les dábamos una patada, para eso estaban los de fútbol. Ya se ahuevaban con suficiente facilidad como para andar tentando a la suerte. Los contábamos antes de salir de la “balonera” y no faltaba ni uno al llevarlos de vuelta. Eso sí, recuerdo aprovechar más de un viaje que nos permitió aumentar la familia. En San Claudio siempre fuimos mucho de optimizar recursos.

Desde aquella época tengo obsesión por los balones sueltos, aquellos que no se guardan debidamente y corren el riesgo de perderse. La mayoría de edad me llevo a no traer a casa nada que no fuera mío. Incluso, cuando hacemos tiro la mañana del partido en la pista contraria, al acabar, recojo los que quedan desperdigados. Me incomoda que no vuelvan a su sitio; seguramente sea algún tipo de trauma no resuelto.

Pero hay una cosa que me encabrona sobre manera, y es que se le den patadas a los balones de baloncesto. Ya sea por no agacharte para pasárselo a un compañero o porque decides descargar la frustración con él. Se ve que muchos no se criaron en un patio ni tuvieron que compartir un balón con otros tres compañeros. Los pabellones y el cuero han hecho mucho daño. Tanto como para no saber apreciar el valor de las cosas, aunque sea el de un simple balón.  


Así que, no le deis ni una mísera patada a un balón de baloncesto; sino cambiaros de deporte.

1 comentario:

  1. Madre mía, ¡como si lo hubiese escrito yo! Reconozco tener una "obsesión enfermiza" con los que pegan patadas a los balones de baloncesto y con "recuperar" balones "descarriados", a pesar de mis 60 tacos.
    Pienso poner este artículo en la web de mi club, para que los jóvenes entrenadores dejen de perder balones (lo sé, es utópico porque no les cuesta nada).

    No soy de León, aunque por allí anduve trabajando entre 1987 y 1989, y ya aproveché para entrenar en esa bella ciudad y en Astorga. ¡Qué tiempos!

    Saludos desde Donosti

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