jueves, 9 de febrero de 2017

Cosas que no explican los libros

Cuando fiché por Nässjö, fue la primera vez en mi vida que firmé un contrato con tristeza. Por el contrario, albergaba la esperanza de irme muy feliz antes de terminar la temporada. Desgraciadamente, no ha sido así y tendré que quedarme aquí hasta el final. Y no porque me desagrade la ciudad, el equipo, el club o la liga, muy al contrario. Sino porque aborrezco las circunstancias que me trajeron hasta aquí y, aún más, las que me obligan a quedarme.

Está resultando ser, con mucha diferencia, la temporada más dura de mi vida. En ningún libro te explican cómo gestionar algo así. Llegué una semana antes de comenzar la liga, por no conocer, no sabía ni el nombre de mis jugadores. Aún menos cómo jugaba cada uno de ellos, ni tampoco el equipo del que me iba a encargar después de que hubiera tenido siete semanas de pretemporada. De la competición mejor ni hablamos.

Aprendí a la carrera cuanto pude y traté de estorbar lo menos posible. Después no supe si mantener lo que había y hacerlo crecer; o simplemente dejarlo estar. Pero claro, un equipo es un ser vivo y debe seguir desarrollándose. Entonces introduje algunos detalles, especialmente en defensa. Y con el paso de las semanas me vi en la obligación de proporcionar al equipo más herramientas ofensivas. Aunque continuaba sin ser yo. Estaba ahí, hablaba, entrenaba y dirigía. Pero seguía sin saber cómo debía manejar todo aquello.

Me sentía como un intruso, usurpando la personalidad de otro, pensaba con frecuencia que este no era mi lugar y no sabía cómo me percibían los jugadores. Y mientras tanto, veía a mi amigo un día bien y otro mal. Aunque siempre queriendo recuperarse, sin que su ánimo flaqueara. Porque era un fuera de serie, alguien digno de admiración.

Hasta que llega un día que las circunstancias te obligan a ser tú mismo. Entonces, a finales de noviembre decidí dejar de mirar atrás y equivocarme o acertar con todas las consecuencias. Aquella postura no me ayudaba a mí ni al equipo.

Hasta que la semana pasada viví los días más duros de mi vida. Horas cargadas de tristeza y rabia; por la pérdida y por la injusticia.

Y la vida siguió, en apariencia, como si tal cosa. Y el mismo día que Raúl falleció tuvimos que jugar; quien no haya pasado por una experiencia semejante jamás sabrá lo que esta significa. Y jodidos, destrozados por dentro, con las lágrimas rasgando nuestros ojos y nuestras cabezas intentando luchar contra todos aquellos sentimientos, fuimos más equipo que nunca. Perdimos, pero fuimos lo que Raúl hubiera querido que fuésemos. Y jamás les podré agradecer a esos doce tíos, a Jordi y a Miguel el comportamiento que tuvieron aquel día y en los meses anteriores. Como tampoco existen palabras para agradecer al club cómo se ha portado con Raúl y su familia durante estos meses. 


Lo que está por llegar tampoco está escrito en los libros. Nadie me explicó en el curso de entrenadores cómo gestionarlo. Pero si aquel día no nos rompimos, tengo serías dudas de que vayamos a hacerlo. 

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