viernes, 24 de febrero de 2017

Algo se nos va con Ranieri

No sigo apenas el fútbol, me importa poco quién gane la liga o quién descienda. Hace bastantes años que dejé de sentir interés por él. Más allá de la trascendencia que tienen algunos entrenadores, en los cuales trato de fijarme con el propósito de mejorar, vivo bastante al margen de lo que sucede en ese universo.

A pesar de ello, la temporada pasada sentí una gran curiosidad, incluso atracción, por conocer el desenlace final de la Premier. Imagino que, como muchos otros, motivado por el deseo de que el Leicester ganara el campeonato.

Claudio Ranieri siempre me ha resultado simpático, ignoro si es un buen entrenador; básicamente porque no entiendo nada de fútbol. Pero la impresión es que su currículum no está al alcance de muchos. Entiendo que la gran mayoría de los entrenadores modestos deseábamos el triunfo de su equipo.

Supongo que Ranieri tenía un poco de todos nosotros. El sueño de conseguir un título con un equipo humilde en una competición tan sumamente competitiva como la Premier. Donde la cartera apenas deja espacio a la épica.

La trayectoria de Ranieri hace suponer que sus cuentas están saneadas, y más aún cuando el año pasado renovó por cuatro temporadas. Pero las consecuencias de su despido transcienden más allá de lo mercantil del negocio. El mensaje es que la hazaña, la proeza, lo idílico y poético del deporte no cuenta. Eres tan bueno o tan malo como tu último resultado. El proceso es una mentira cargada de cinismo.


Con su destitución dejamos de albergar cualquier tipo de esperanza; si es que la había. Hoy todos los entrenadores deberíamos sentirnos un poco Ranieri. 

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