sábado, 8 de abril de 2017

Se acabó

Se acabó. Se terminó la temporada más dura de mi vida, el reto más complicado que jamás haya afrontado. Por el camino perdí a un buen amigo, gané a una prima. Conocí una nueva competición, gente fantástica, otra cultura, diferentes ciudades y formas de vivir. Sufrí, lloré como hacía tiempo. Me reí varias decenas de veces y bromeé, aún más de lo habitual, para mitigar el dolor. Crecí como entrenador, aunque seguramente más como persona. Porque estos siete meses se convirtieron en una experiencia de vida. Con sus luces y sus sombras, resultará una etapa que me marcará para siempre.

Aún así tuve suerte, mucha. Encontré a dos personas fantásticas, como Jordi Juste y Miguel Sousa, que contribuyeron a que los días fueran más soportables. Sin ellos no hubiera sido posible. Me topé con un vestuario lleno de tipos magníficos que resultaron ser el compromiso personificado. Otro equipo, con todo lo que hemos vivido (el fallecimiento de Raúl, el diagnóstico de esclerosis múltiple de Daniel, la retirada definitiva de Wictor debido a una lesión inoperable o la peritonitis de Karim a tres semanas de empezar los play off) se hubiera desintegrado. Gracias, chicos, ha sido un privilegio entrenaros.

Tuve suerte porque me encontré un club limitado de recursos pero con un corazón de Euroliga. Así lo sentí al ver el comportamiento que tuvieron con Raúl y su familia. Descubrí a un presidente que, junto con su mujer, me trató como a un hijo. A un tipo como Uffe que me apoyó sin concesiones. O a alguien como Anna que no permite que nada sea fruto del azar. Suele pasar cuando la capacidad de trabajo tiende a infinito. Son muchos a los que hay que estar agradecidos, tantos que resulta imposible nombrarlos a todos.

Vi a mi mujer dos días en todo este tiempo, los que me escapé en Navidad para llenar de vida los pulmones, el corazón y el cerebro. A pesar de ello, seguro que todo esto mereció la pena; siempre merece la pena. Así somos los entrenadores, unos locos absolutamente incorregibles.


Hace tiempo que dejé de soñar con el futuro, me agarro al hoy, a lo inmediato. Y trato de tener presente la volatilidad de la vida y de la profesión. Nadie puede predecir el mañana, aunque sé que una parte de mi corazón siempre se quedará aquí, en Nässjö; con Raúl. 

lunes, 3 de abril de 2017

El pase

Como entrenador, siempre he tenido dos obsesiones: la defensa del bloqueo directo y el pase. La primera de ellas porque es un aspecto del juego que cada día se utiliza más, hasta el punto de que hay equipos en los cuales es prácticamente su única herramienta ofensiva. La segunda, seguramente, porque a mí, cuando jugaba, siempre me gustaba pasar. Sin duda porque me faltaba el talento necesario para anotar con cierta asiduidad.

Se habla táctica, y técnicamente, de muchos elementos del juego. Pero del pase únicamente nos acordamos cuando nuestros jugadores pierden balones: ya sea porque la ejecución es mala o porque el momento elegido no es el adecuado.

Imagino que en las categorías de formación se le dedica poco tiempo, porque si no es imposible pensar que se les olvida cuando llegan a profesionales. Es posible que se deba a la importancia del resultado por encima del proceso. Siempre tiene una mayor repercusión el chico que anota 30 puntos que el que da 10 asistencias.

El otro día oía a Bielsa decir: “yo puedo enseñar a ejecutar un pase a la perfección, pero no puedo enseñar cuándo, cómo y a quién hay que dárselo”. Llevo años pensando en eso mismo. Nos encontramos con jugadores dotados técnicamente que tienen un absoluto desconocimiento del juego. Y después vemos a otros que lo ven con total claridad pero les faltan los recursos apropiados.

Sin un buen pase no hay opciones de canasta, nunca las hay. ¡Jamás! Por eso a mí me gustan los jugadores que saben pasar, esos que se la dan al que deben, en el momento oportuno y de la forma adecuada. También los que saben cuándo un pase está de más. A esos es a los que se debe fichar siempre. Porque además suelen rebosar un altruismo que la mayoría desconoce. El mismo que casi siempre proporciona la inteligencia.


Larry Bird nunca me impresionó por cómo tiraba, ni tan siquiera por lo poco que saltaba. Me maravillaba su capacidad de pase, menos vistosa y llamativa que la de Magic, pero tanto o más eficaz. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Lo que nadie nos cuenta

Hay un montón de cosas que nadie nos cuenta y que debemos ir descubriendo por nosotros mismos. No nos dicen cómo es el primer desengaño amoroso. Tampoco nos hablan de la primera resaca, que lleva asociada la bronca de tus padres la noche anterior, cuando llegas mamado a casa y dejas al perro fuera tras cerrar la puerta. Suerte que atinaste a abrirla.

Cientos de ejemplos, pero voy a relatar el que he padecido hoy. Nadie te cuenta que, cuando eres un maduro, ya no puedes realizar las cosas que hacías con 25 años. Es más, ni tan siquiera puedes intentarlas. Siempre he sido muy “echao pa´lante”, y esta ocasión no iba a ser menos. Miguel Sousa, preparador físico, llevaba varias semanas retándome a jugar un uno contra uno. Él aseguraba que me ganaría, y yo le advertía de lo contrario. 23 años contemplan a la criatura, 20 días me restan para cumplir los 44.

Ahí nos pusimos, a 10 puntos. Inicio abrupto pero soportable, hasta que llegó un momento en el que mi cabeza quería hacer una cosa y me cuerpo otra. Mi mente se desplazaba en una dirección y mis piernas en otra. Estuve a punto de perder el equilibrio severamente en dos ocasiones; la vergüenza debió poner el contrapeso. Incluso llegué a acordarme de Iván Ferreiro cuando decía aquello de que “el equilibrio es imposible”. Las cosas que se te pasan por la cabeza cuando estás a punto de darte una hostia.  

Con el 8-5 a mi favor empecé a sentir cómo mi pecho ardía por dentro, la sangre no llegaba al cerebro y del oxígeno hacía tiempo que no tenía noticias. Tuve dos opciones de cerrar el partido, en una terminé trastabillado y en la otra abusé tanto de las fintas que me dio un vahído. ¡Dramático! Al final cerré el partido braveando, que es lo que queda cuando los recursos no llegan.

Para cerrar el asunto, os voy a soplar el tratado que está desarrollando mi amigo el de los salmones: “La importancia del uso de los codos en los ex-jugadores mayores de 50”. Dicho ensayo aportará un apéndice titulado: “Vigencia histórica de las fintas como recurso imprescindible para todo aquel pureta que quiera ganar algún 1x1”.

La próxima vez que intentéis asumir el mismo riesgo, no podréis decir que nadie os advirtió. 

martes, 7 de marzo de 2017

El camino, la victoria y la derrota

No nos preparan para la derrota, tampoco para la frustración. Se nos muestra el éxito como el único destino posible cuando no es cierto. Nadie nos explica cómo digerir el fracaso, cómo aprender de él, cómo crecer aunque duela. Pocos son los que asumen que instruye más la derrota que media docena de victorias. Aunque el necio es el único que cree aprender más de los triunfos.

Cada cual quiere ser el número uno en lo suyo; y no hay que ser muy listo para saber que únicamente hay uno que disfruta de esa condición. La cual no es eterna, ni mucho menos. La volatilidad es la sustancia con la que se fabrica el deporte.

Para que gane LeBron tiene que perder Curry, para que triunfe Messi debe fracasar Cristiano o para que Federer ganase en Australia tuvo que no hacerlo Nadal. ¿Qué hubiera sido de Bugno si no hubiese existido Indurain?, ¿Cómo de grande hubiera sido Senna si a Prost le hubiese dado por pintar cuadros? Karpov no tendría sentido sin Kasparov, ni Larry Bird sin Magic Johnson, ni Bilardo sin Menotti, ni Tom Brady sin Payton Manning, ni Ben Johnson sin Carl Lewis, ni quizás Ali sin Frazier.

La sucesión de antagonismos es infinita y elocuente en el deporte. Uno gana y otro pierde. Y somos más los que probamos con mayor frecuencia el amargo sabor de la derrota, y no por ello somos unos fracasados. Dijo un día Bielsa: “No permitan que la derrota deteriore su autoestima. Lo importante es la dignidad con que se recorre el camino”.


Por eso el proceso importa; porque andar el camino es la esencia. La meta es la consecuencia del tránsito; a pesar de no llegar los primeros aunque hayamos trabajado como los que más para lograrlo. No permitamos que nadie nos diga que hemos fracasado porque no hemos ganado; porque no terminemos los primeros. Y aprendamos de todos esos días en los que salimos derrotados para acumular los conocimientos que nos lleven a triunfar, a sabiendas de que un día dejaremos de hacerlo. 

martes, 28 de febrero de 2017

Los árbitros también son personas

San Claudio siempre fue territorio comanche para los árbitros. Allí sufrían todo tipo de perrerías. Incluso recuerdo una época en la que se negaron a ir a pitar nuestros partidos como locales. Ya he dicho en más de una ocasión que desprecio profundamente aquella época adolescente en la que ellos eran los enemigos y todo se terminaba convirtiendo en algo personal.

Con el paso de los años mi visión sobre ellos ha ido cambiando, al día de hoy me precio de ser amigo de unos cuantos. Y me jacto de ser el único entrenador que acudió a la boda de un árbitro de la LEB; en la que me arrinconaron en una mesa redonda (ya es difícil), entre cinco o seis, y en la que salí airoso gracias al inestimable apoyo de mi mujer.

Bromas aparte, toca una reflexión después de la Copa del Rey de baloncesto y el campo atrás. También tras los pines y los bolígrafos que recibieron en el Estadio de la Cerámica por parte del Real Madrid.

Siempre he creído en la imparcialidad de los árbitros. Y siempre he dicho que el día que deje de hacerlo, me iré para mi casa y me dedicaré a otra cosa. Hay árbitros para todos los gustos: buenos y malos, humildes y arrogantes, modestos y pretenciosos, profesionales y amateurs, con criterio o sin él, influenciables o no. Hay árbitros que caen bien, otros que caen realmente mal y alguno más que deja indiferente. Como hay entrenadores, jugadores, ingenieros, albañiles, periodistas, tenderos o encofradores que tienen las mismas virtudes o defectos que ellos. Es algo relativamente común en las personas.

Ser árbitro tiene que ser bien jodido. Y cuanto más arriba están, mayor es la repercusión de sus decisiones y más grande la presión a la que se ven sometidos. En baloncesto hay algunos árbitros que no me caen bien y otros a los que no encuentro capacitados para llevar un partido con ciertas garantías. Seguro que más de un aficionado, incluso de mi equipo, tiene la misma impresión sobre mí. Completamente legítimo, resulta imposible sentir simpatía por todo el mundo y caerle en gracia a todo aquel con el que te cruzas.

Ahora bien, el respeto de los unos hacia los otros, en ambas direcciones, es una línea marcada a fuego que ninguno debería traspasar. Siempre he pensado que los profesionales tenemos gran influencia con nuestros comportamientos. Y no voy a negar que a veces haya sentido tanta impotencia y rabia que he tenido que contar hasta diez para controlar mis reacciones.


Todo comienza con la educación; pero también con la capacidad de cada uno de nosotros para estar lo mejor preparado posible en el momento de desempeñar nuestro trabajo. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Joaquín, muchas gracias

Probablemente estemos cansados de llegar tarde, hartos de dejar de reconocer los méritos de los que están a nuestro alrededor porque imaginamos que hay cosas que se dan por sabidas. Tenemos la mala costumbre de dejarlo todo para el final, el hábito debería ser una excepción. Imagino que por eso, y porque se lo merece, Joaquín Rodríguez ha recibido tantos reconocimientos a lo largo de los últimos días.

El baloncesto leonés no se entendería sin la inestimable aportación de Joaquín Rodríguez. Lo fue todo en el Elosúa, primero, y después en Baloncesto León: delegado, director deportivo, gerente y presidente. Su gran especialidad ha sido comerse y solucionar los marrones de otros. Día tras día, año tras año. Nunca una mala palabra, siempre con una sonrisa en la cara.

Joaquín siempre ha sido muy prudente; vale más por lo que calla que por lo que dice. Hay cantidad de cosas que no se pueden contar; y hoy él solo recuerda los buenos momentos y la cantidad de amigos que ha hecho gracias al baloncesto. Es lo que le suele pasar a las buenas personas. El otro día, en una entrevista, decía que se sentía en deuda con nuestro deporte. Que este le había dado mucho más de lo que él había aportado. Pepe Estrada, que nunca se ha mordido la lengua, precisó que ni un diez por ciento. No puedo estar más de acuerdo.

Muchos de nosotros lamentamos que, aunque ahora se reconozca, en cierto modo, su valía; todos aquellos que le prometieron tanto para que continuara solucionando sus problemas, no se acordaran de él cuando lo necesitó. Seguro que cometió un buen número de errores, es el precio que tiene tomar decisiones. Pero Joaquín siempre puso por delante los intereses de Baloncesto León aunque fuera en perjuicio propio. Podría poner un sinfín de ejemplos.


Joaco, muchas gracias por todos estos años. Es imposible que podamos devolverte la mitad de los que nos has dado. Espero que tengas tanta suerte como mereces. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Algo se nos va con Ranieri

No sigo apenas el fútbol, me importa poco quién gane la liga o quién descienda. Hace bastantes años que dejé de sentir interés por él. Más allá de la trascendencia que tienen algunos entrenadores, en los cuales trato de fijarme con el propósito de mejorar, vivo bastante al margen de lo que sucede en ese universo.

A pesar de ello, la temporada pasada sentí una gran curiosidad, incluso atracción, por conocer el desenlace final de la Premier. Imagino que, como muchos otros, motivado por el deseo de que el Leicester ganara el campeonato.

Claudio Ranieri siempre me ha resultado simpático, ignoro si es un buen entrenador; básicamente porque no entiendo nada de fútbol. Pero la impresión es que su currículum no está al alcance de muchos. Entiendo que la gran mayoría de los entrenadores modestos deseábamos el triunfo de su equipo.

Supongo que Ranieri tenía un poco de todos nosotros. El sueño de conseguir un título con un equipo humilde en una competición tan sumamente competitiva como la Premier. Donde la cartera apenas deja espacio a la épica.

La trayectoria de Ranieri hace suponer que sus cuentas están saneadas, y más aún cuando el año pasado renovó por cuatro temporadas. Pero las consecuencias de su despido transcienden más allá de lo mercantil del negocio. El mensaje es que la hazaña, la proeza, lo idílico y poético del deporte no cuenta. Eres tan bueno o tan malo como tu último resultado. El proceso es una mentira cargada de cinismo.


Con su destitución dejamos de albergar cualquier tipo de esperanza; si es que la había. Hoy todos los entrenadores deberíamos sentirnos un poco Ranieri. 

martes, 14 de febrero de 2017

Sin patadas

Crecí en el patio de un colegio jugando al baloncesto cada día. Ya podía llover, nevar o hacer una rasca de mil demonios. Si en León tienes que esperar a que haga buen tiempo para salir al patio, estás apañado.

Aquel suelo de cemento despellejaba a todo aquel que se caía, poca misericordia existía cuando la gravedad no estaba de tu parte. Los balones no eran una excepción, se veían erosionados por tanto bote y desgastados de tanto frío. Los usados eran los que más gustaban, por cierto. Teníamos uno para cada cuatro; quizás, con suerte, uno por pareja. Y los cuidábamos mejor que si fueran nuestros. Entonces no lo sabíamos, pero así era.

Jamás les dábamos una patada, para eso estaban los de fútbol. Ya se ahuevaban con suficiente facilidad como para andar tentando a la suerte. Los contábamos antes de salir de la “balonera” y no faltaba ni uno al llevarlos de vuelta. Eso sí, recuerdo aprovechar más de un viaje que nos permitió aumentar la familia. En San Claudio siempre fuimos mucho de optimizar recursos.

Desde aquella época tengo obsesión por los balones sueltos, aquellos que no se guardan debidamente y corren el riesgo de perderse. La mayoría de edad me llevo a no traer a casa nada que no fuera mío. Incluso, cuando hacemos tiro la mañana del partido en la pista contraria, al acabar, recojo los que quedan desperdigados. Me incomoda que no vuelvan a su sitio; seguramente sea algún tipo de trauma no resuelto.

Pero hay una cosa que me encabrona sobre manera, y es que se le den patadas a los balones de baloncesto. Ya sea por no agacharte para pasárselo a un compañero o porque decides descargar la frustración con él. Se ve que muchos no se criaron en un patio ni tuvieron que compartir un balón con otros tres compañeros. Los pabellones y el cuero han hecho mucho daño. Tanto como para no saber apreciar el valor de las cosas, aunque sea el de un simple balón.  


Así que, no le deis ni una mísera patada a un balón de baloncesto; sino cambiaros de deporte.

jueves, 9 de febrero de 2017

Cosas que no explican los libros

Cuando fiché por Nässjö, fue la primera vez en mi vida que firmé un contrato con tristeza. Por el contrario, albergaba la esperanza de irme muy feliz antes de terminar la temporada. Desgraciadamente, no ha sido así y tendré que quedarme aquí hasta el final. Y no porque me desagrade la ciudad, el equipo, el club o la liga, muy al contrario. Sino porque aborrezco las circunstancias que me trajeron hasta aquí y, aún más, las que me obligan a quedarme.

Está resultando ser, con mucha diferencia, la temporada más dura de mi vida. En ningún libro te explican cómo gestionar algo así. Llegué una semana antes de comenzar la liga, por no conocer, no sabía ni el nombre de mis jugadores. Aún menos cómo jugaba cada uno de ellos, ni tampoco el equipo del que me iba a encargar después de que hubiera tenido siete semanas de pretemporada. De la competición mejor ni hablamos.

Aprendí a la carrera cuanto pude y traté de estorbar lo menos posible. Después no supe si mantener lo que había y hacerlo crecer; o simplemente dejarlo estar. Pero claro, un equipo es un ser vivo y debe seguir desarrollándose. Entonces introduje algunos detalles, especialmente en defensa. Y con el paso de las semanas me vi en la obligación de proporcionar al equipo más herramientas ofensivas. Aunque continuaba sin ser yo. Estaba ahí, hablaba, entrenaba y dirigía. Pero seguía sin saber cómo debía manejar todo aquello.

Me sentía como un intruso, usurpando la personalidad de otro, pensaba con frecuencia que este no era mi lugar y no sabía cómo me percibían los jugadores. Y mientras tanto, veía a mi amigo un día bien y otro mal. Aunque siempre queriendo recuperarse, sin que su ánimo flaqueara. Porque era un fuera de serie, alguien digno de admiración.

Hasta que llega un día que las circunstancias te obligan a ser tú mismo. Entonces, a finales de noviembre decidí dejar de mirar atrás y equivocarme o acertar con todas las consecuencias. Aquella postura no me ayudaba a mí ni al equipo.

Hasta que la semana pasada viví los días más duros de mi vida. Horas cargadas de tristeza y rabia; por la pérdida y por la injusticia.

Y la vida siguió, en apariencia, como si tal cosa. Y el mismo día que Raúl falleció tuvimos que jugar; quien no haya pasado por una experiencia semejante jamás sabrá lo que esta significa. Y jodidos, destrozados por dentro, con las lágrimas rasgando nuestros ojos y nuestras cabezas intentando luchar contra todos aquellos sentimientos, fuimos más equipo que nunca. Perdimos, pero fuimos lo que Raúl hubiera querido que fuésemos. Y jamás les podré agradecer a esos doce tíos, a Jordi y a Miguel el comportamiento que tuvieron aquel día y en los meses anteriores. Como tampoco existen palabras para agradecer al club cómo se ha portado con Raúl y su familia durante estos meses. 


Lo que está por llegar tampoco está escrito en los libros. Nadie me explicó en el curso de entrenadores cómo gestionarlo. Pero si aquel día no nos rompimos, tengo serías dudas de que vayamos a hacerlo. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Memorial Raúl Jiménez

Sois muchísimos los que preguntáis a Guillermo Pascual, Chema de Lucas, Paco García, a un servidor y a otros muchos amigos de Raúl, si próximamente habrá algún tipo de homenaje en España. En estos momentos, su familia no tiene pensado hacer nada, no voy a entrar en detalle, pero seguro que entendéis lo extraordinario de la situación. No sé si pasados unos días, cuando el dolor se mitigue ligeramente, puedan cambiar de opinión. Si así fuera os informaríamos.

Lo que sí hemos acordado es iniciar un camino que honre a lo largo de los años el trabajo de Raúl, por lo tanto, a partir de este verano pondremos en marcha el Memorial Raúl Jiménez. La idea de este primer evento, que se llevará a cabo en Guadalajara durante el primer fin de semana de junio, es organizar un partido (probablemente tengan que ser varios), entre aquellos jugadores que Raúl entrenó a lo largo de todos estos años. Así mismo, y de manera paralela, pretendemos llevar a cabo un clínic con diferentes entrenadores.

Tenemos varias ideas de cómo queremos que evolucione el memorial, pero eso ya vendrá más adelante.

Os agradecería que le dierais la máxima difusión posible, a ver si entre todos podemos hacer que este evento adquiera la dimensión, y la talla, que Raúl Jiménez tenía como entrenador y persona. 

Podéis poneros en contacto con Chema de Lucas, Guillermo Pascual o conmigo.

viernes, 3 de febrero de 2017

¡Hasta siempre, amigo!

Amigo, durante estos cuatro meses se me han apilado los recuerdos. Aunque especialmente en estas últimas semanas me he visto atropello por todos ellos. Te he recordado en decenas de lugares en los que coincidimos, siempre movidos por nuestra ilusión: ser entrenadores. Poco importaba dónde. 

Pero especialmente me asaltan los de aquellos dos meses que vivimos juntos en Portugal. Nuestras eternas conversaciones sobre política y la conclusión de que las barricadas eran la única salida. Nuestras sesiones escuchando a Antonio Vega o a Aute, agradecida influencia de nuestras queridas madres. Tus recomendaciones literarias. Los pases de "The Wire" en aquel frío salón a través de aquel antiguo proyector. Nuestras salidas matutinas corriendo por las calles de Oliveira do Hospital como si fuéramos marcianos. Y tus constantes chascarrillos cargados de una ironía que solo puede estar soportada por la inteligencia. 

Aquellas semanas me sirvieron para terminar de conocerte y apreciarte aún más. Siempre reconocí tu integridad, tu capacidad de trabajo y sacrificio. Tu indomable carácter, tu cultura y tu pasión por el baloncesto. Allí terminé de confirmar que eras una persona inteligente, audaz, con un humor afilado al que había que responder con igual agudeza. Y ratifiqué que tu dureza mental era comparable solo a la de unos pocos. Pero sobre todo me demostraste que eras una buena persona, alguien de fiar. Alguien en quien poder confiar en cualquier circunstancia. 

Estos últimos meses han sido muy duros y, aunque hemos estado muy cerca, no sabemos lo que has padecido. Te he visto agarrarte a la vida a cada instante. Sin ceder en los malos momentos y siempre aferrado a la esperanza. 

Aquí se te va a echar mucho de menos, y yo te echaré de menos cada día por muy lejos que vaya. Te prometo que, por lo que has significado en la vida de todos y cada uno de nosotros, este equipo se dejará el alma cada día honrando tu recuerdo. 

¡Hasta siempre, amigo!

martes, 17 de enero de 2017

"¡Entrenador, hijo de puta!

Hace unos días leía un artículo, de obligada lectura,  titulado: ¡Árbitro, payaso!, estaba escrito por Álvaro del Río en La opinión de Málaga. Es imprescindible que estas denuncias se hagan virales, a ver si entre todos conseguimos que el deporte se convierta en un lugar donde únicamente tengan cabida las personas que defienden los verdaderos valores que este tiene.

La falta de respeto a la que aludía Álvaro del Río me llevó a recordar una anécdota. Durante la temporada 2003-04, la última de las tres que pasé en Los Barrios, cada vez que jugábamos en casa, un tipo del público se dedicaba los cuarenta minutos del partido a insultarme. Desde cabrón hasta hijo de la gran puta, pasando por todo tipo de lindezas. Probablemente aquel fuera el mismo sujeto que me rayó el coche. Un día, después de perder, cuando iba camino de nuestro vestuario, el fulano se balanceó sobre la barandilla de la grada dejando medio cuerpo fuera. Con una rabia de desconocida procedencia, al menos para mí, escupió todo tipo de blasfemias. Cansado de aquello, perdí los estribos y le invité a que tuviera el valor (seguro que usé otra expresión) de decírmelo cuando saliera a la calle. El tipo no esperó, y yo no me sentí especialmente orgulloso de mi reacción. Todo lo contrario.

Tras aquello me contaron la anécdota de un entrenador que tuvo la Balompédica Linense. Cada domingo era insultado por el mismo tipo. Llegó el día en el que, cansado de tanta falta de respeto, indagó sobre la profesión del sujeto en cuestión. Averiguó que este era carnicero y, sin pensarlo dos veces, se presentó el lunes siguiente en su carnicería. Se quedó justo al lado de la puerta y comenzó a gritar lo mala que era la carne que vendía aquel hombre, la falta de salubridad que tenía su tienda y otra serie de lindezas que empezaron a espantar a la clientela. El dueño salió enfurecido gritando: “¡Qué coño haces! ¡¿No ves que me vas a arruinar el negocio?!”. “Eso es lo que haces tú conmigo cada domingo”.


Aquel tipo no volvió a abrir la boca. Casi nunca nos ponemos en el lugar de los demás hasta que no lo experimentamos en carne propia. Es únicamente una cuestión de educación y respeto.