viernes, 15 de julio de 2016

Gracias por todo y hasta siempre



Despedirse no es tarea sencilla, suele dejar un poso amargo, aunque en ocasiones no quede otro remedio. En eso estoy hoy, escribiendo con pesar y tristeza. 

Apenas ha sido año y medio, pero corrió tan intenso que cundió como un lustro. Pasamos por malos momentos. En ocasiones transitamos por la liga con la incertidumbre del que desconoce a dónde le va a llevar el siguiente paso. Sin embargo, siempre lo hicimos llenos de compromiso y pasión.

Ovar y Ovarense han significado mucho para mí, más de lo que cualquiera de vosotros pueda imaginar. Volví a disfrutar como hacía tiempo no recordaba y de nuevo me sentí repleto de energía. Atravesé por momentos difíciles, sin ellos no hay premio, pero siempre encontré un hombro en el que apoyarme y un consejo del que aprender.

Disfruté de la hospitalidad de una ciudad acogedora, de sus generosas y entrañables gentes. Me sentí uno más, como en casa. Jamás me consideré un extraño, el mérito de ello no reside en mí, sino en vosotros. Me enorgullece hablar de Ovar como algo propio, perdón por el atrevimiento: de las playas, del clima, de la gastronomía, de sus habitantes, del carnaval y hasta de los azulejos.

Disfruté de cada entrenamiento y de cada partido, de ese Dolce Vita lleno de energía y de un orgullo vareiro que nunca abandonaré. Me hubiera gustado que hubiésemos llegado más lejos, que hubiéramos volado más alto. Mi deseo siempre fue ayudar a que el equipo regresara a donde la tradición y la historia de ese club merecen. Lo tocamos con la yema de los dedos pero no terminamos de agarrarlo.

No quiero despedirme sin dar las gracias: a Pedro Braga Da Cruz, un presidente ejemplar. Bien podrían aprender muchos de su comportamiento, educación y saber estar. A Joao Candeias, de director deportivo pasó a ser amigo sin obviar cuál era su sitio y dónde debía estar el mío. Esa virtud solo la poseen las personas inteligentes. A José Eduardo, que compartió conmigo su mucha experiencia y me nutrió de consejos sin pedírselos y sin él saberlo. A Paulo, la nobleza hecha persona, todo corazón. A To Zé, persona discreta y considerada donde las haya. De aquella sala de fisioterapia únicamente salía lo imprescindible. A Álvaro, de mayor quiero ser como él. Con eso queda todo dicho. Al otro Joao, siempre con una sonrisa y dispuesto para lo que hiciera falta. A Moaris padre, muy buena gente. A Miguel Sousa, que aunque fuera solo al principio, formó parte de todo aquello. A todos y cada uno de mis jugadores: Zé, Nick, Rodrigo, Jaime, Morais, Casas, Soras, Nando, Jo, Manu, André, Miguel, Cris y Raven. También a los que estuvieron el año anterior: Julio, Sergi y Masine. Y, por supuesto, a Nuno Manarte, mi ayudante. Pocas veces se ha cruzado en mi vida alguien con tanta calidad humana; la historia de Ovarense no se entendería sin él.

La vida no siempre es como a uno le gustaría; al menos me queda la satisfacción de haber vivido dos años en un país absolutamente extraordinario. Gracias por todo y hasta siempre.