sábado, 25 de junio de 2016

Curso superior y Agustinos Baloncesto León


En el verano de 1997 obtuve el título de Entrenador Superior (que era como se llamaba por entonces). Para dirigir los años anteriores en 1ª División Autonómica no había tenido problema, bastaba con el de segundo nivel. Pero sí la temporada de 2ª División, al ser categoría nacional era un requisito. Tuvimos que buscar a alguien que ejerciera teóricamente como entrenador, así que, tanto Miguel Ángel Cubero como Fernando Martínez pusieron su licencia. Esta es una buena ocasión para darles las gracias.

Aquel curso se celebró en Bilbao, desde León fuimos en mi coche: Fran Jimeno, Luis Castillo y Miguel Ángel Estrada. Recuerdo con absoluta nitidez el día antes de partir, ETA había secuestrado a Miguel Ángel Blanco y España entera estaba en vilo esperando lo que pudieran hacer con él. Aquel 12 de julio se nos hizo a todos eterno. Tras su cruel asesinato el país estaba conmocionado, y Euskadi en alerta máxima. Alguien nos dijo que era mejor que fuéramos por el puerto de Orduña, bendito momento. Era noche cerrada y viajábamos con más miedo que precaución. Nos costó llegar al colegio Askartza Claret, en Leioa, que era donde se celebraba. Aún no era época de GPS.

Fue una gran experiencia, aunque se hizo más largo que una semana sin pan. Aprendimos bastante y aún nos reímos más. La comida era mala con avaricia, pero valió la pena conocer a míticos del baloncesto español como Fernando Arcega, Ricardo Aldrey (mis compañeros de trabajos por aquello del orden alfabético), J.J. Davalillo o Albert Illa. En aquel curso también estuvo Moncho Fernández y Freddy Enguita, al que una casualidad de la vida me llevó a conocerle esta temporada.

Ese mismo verano apareció en mi vida baloncestística una de las personas más determinantes, de pocos he aprendido tanto de este deporte, como de la vida. Jesús Ruíz Gabela me llamó para hacerme cargo del equipo júnior del Colegio Agustinos. Baloncesto León tenía un acuerdo de vinculación con varios equipos de la ciudad: Leonés, La Palomera y Agustinos.

Me habló del proyecto, de los chicos (José Luis, Poti, Paredes...) y de sus características. La primera misión era encontrar un ayudante, Gabela tenía buenas referencias de Diego Tobalina,  un chico de Oviedo que estaba estudiando I.N.E.F. en León. La cosa no empezó con buen pie, cómo nos reímos de aquello ahora. Pero a partir del primer viaje a Aranda de Duero, aquel par de bocadillos camperos que nos metimos cada uno entre pecho y espalda solucionaron la mala impresión inicial. 

Guardo un gran recuerdo de aquellas dos temporadas, ambas cargadas de anécdotas. Como cuando Paredes perdió la memoria en Salamanca después de darse un mamporro inhumano o cuando pasé 10 minutos en el vestuario con De Paz mientras el partido contra Segovia se jugaba. Me mandó a la mierda, al enviarle al vestuario me insultó y me fui como un energúmeno a por él. Una vez dentro me quería pegar, si aquel chaval me llega a engatillar un bofetón, aquel desastre no lo hubiera arreglado cirujano alguno. Al final terminamos fundidos en un abrazo, volvimos al campo con 14 abajo y ocho minutos por jugar. Le dije que pidiera el cambio, y como si del mismo Cid se tratara, espoleó al personal y terminamos ganando.

La primera temporada no fue nada especial. Pero en la segunda sumamos a Adrián Yeste y fuimos los auténticos "outsiders" de la competición. Los favoritos eran el Forum de Valladolid y el Leonés, que contaba con Julio González y Pepe Llorente. Después de ganarles a los dos durante la primera fase, afrontamos el partido decisivo en el C.H.F. contra el Leonés que entrenaban Oscar Capetillo y José Carlos González. Aquella fue la primera vez que entendí que los árbitros te pueden perjudicar sin mala voluntad, aunque esta apreciación no tiene porque ser una máxima.

Arbitraban Palenzuela y Nano, podría decir que el arbitraje siempre nos fue desfavorable, pero hubo una decisión que resultó definitiva. Aquel campo atrás y sus posteriores consecuencias terminaron por dejarnos fuera del Campeonato de España. Los chicos, Diego y yo nos quedamos absolutamente destrozados. Por la noche, tanto Palen como Nano se presentaron en el bar de copas que yo tenía por entonces para admitir sus errores y pedirme disculpas. Las acepté, como no podía ser de otro modo. Lo que yo no sabía es que, a partir de aquel momento, la historia se repetiría un par de veces más con mi amigo Palenzuela.