martes, 21 de junio de 2016

Elosúa (5ª Parte y última). Reflexiones y agradecimientos


Volví a La Crónica 16 de León, esta vez con la sentencia. Recorrí todas las emisoras de León. Me entrevistó Carmona en Radio Nacional, Gago en Radio León, también estuve en la Cope y en Onda Cero. Quedé con Toni Iglesias para enseñarle la documentación y el fallo del Comité. Peregriné por toda la ciudad intentado dar algo de lustre a mi maltratado honor. Fue muy jodido, la ponzoña era tal que librarse de aquella mierda me costó unos cuantos años. Durante esa etapa aprendí muchas cosas, pero especialmente aquello de: "calumnia, que algo queda".

Me refugié en el patio, los efectos balsámicos de aquel lugar resultaban extraordinarios. No hubiera sido extraño romper con todo, olvidarme del baloncesto, alejarme para siempre. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: más ganas, más pasión, más fuerza, más deseo por llegar, por hacer de este deporte mi profesión.

Aquel suceso me curtió, me proporcionó otra visión de la vida, una manera distinta de entender las relaciones. Aprendí a intentar no juzgar a los demás. Entendí que nunca es importante lo que te sucede, sino cómo lo afrontas. Supe que siempre hay personas con las que puedes contar. Y que no hay nada más inútil que el odio ni nada más doloroso que el rencor. Quizás por eso la decisión consistió en limpiar mi nombre más que en llevar a los árbitros ante los tribunales por falsedad en un documento público.

Siempre me he considerado una persona emocionalmente equilibrada, mi mente discrimina inconscientemente los sucesos negativos. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que sufrir no sirve para nada bueno. Si la vida te da una hostia, y te achicas, cada vez te dará más y con más fuerza. Siempre hay que levantar la vista, apretar los dientes y acelerar el paso.

Por eso me acuerdo de quienes me ayudaron entonces. De mis padres, que siempre han estado cuando les he necesitado; también cuando he creído no necesitarles. Me acuerdo de José Antonio por creer en mí y abrirme aquel camino, sin él no hubiera sido posible. De Bernardino, que siempre ha tenido una categoría humana extraordinaria. De Vicente Canuria, que redactó aquel recurso por amistad y por lo injusto del caso. De mi tío Chani, que recorrió conmigo todo León y me abrió unas cuantas cancelas. De la gente del patio de San Claudio, que no necesitaron explicaciones. Y, por supuesto, de Paramio, que jamás le ha cerrado una puerta a nadie.  

25 años después cierro un capítulo de mi vida. Y lo hago con el convencimiento que aquello que me pasó me hizo mejor persona; lo cual no es poca cosa.