miércoles, 15 de junio de 2016

El patio y Paramio (2ª Parte)


Algunos tuvimos dificultades para entrar con la izquierda, poco importaba cómo marcaras los pasos y la mano con la que finalizaras si aquello terminaba en canasta. El resultado estaba por encima de cualquier otra consideración, ganar era lo único importante. Y cuanto mayor fuese la diferencia, mejor. Como aquel 106-1 en el que Fidel fue el máximo y único anotador de su equipo.

Paramio le "robó" tiempo a su familia para dárnoslo a nosotros. Pasaba más horas en aquel patio que en su casa. Cambiaba los tableros cuando se rompían, ajustaba los aros, recorría todos los comercios del barrio en busca de dinero que pudiera pagar unas camisetas. Gestionaba las licencias federativas, a su manera, porque más de un jugador perdió un par de años en el camino que separa el patio de la federación. Reclamaba un dos más uno aunque la falta te la hubieran hecho en medio campo, y era el azote de cualquier árbitro que se presentara por allí. Un domingo cualquiera decía salir a por churros para desayunar y regresaba pasada la media tarde y sin churros; entre medias unos cuantos partidos. Ya de mayores, jugamos en una cancha que hoy es un campo de minibasket, la bautizamos como la ratonera. Presión 1-3-1 a toda pista, traps en cualquier parte, robo, canasta y vuelta a empezar. Pase y va por la derecha, la "2 por la izquierda" y sentencias gloriosas: "Chaval, eres ambidextro, las fallas con las dos". Genio y figura.

El Barbas convirtió el baloncesto en nuestra pasión, en nuestra vida. Cambiamos las salas recreativas por el patio. Si estaba cerrado se saltaba, que para eso han estado siempre las vallas. Allí poco importaban las inclemencias del tiempo, siempre había alguien preparado para jugar una pachanga. Nuestras madres sabían dónde encontrarnos.

Nuestro rival en las épocas de minibasket e infantiles siempre fue el Colegio Leonés. San Claudio sin aquella rivalidad hubiese sido otra cosa, ni mejor ni peor, simplemente otra cosa. En aquellos partidos ya se mascaba la tensión, la importancia de ganar o perder. Ese debate sobre si la formación está por encima del resultado es más viejo que la tos. Aunque en aquel colegio no había discusión posible.

Paramio siempre se fue nutriendo de algunos de nosotros para entrenar los equipos de la escuela. No sabíamos detrás de lo que andábamos, valía con dar caña, hacer que el personal corriera hasta la extenuación y dar un par de consejos sencillos. Con apenas 16 años me enjaretó un equipo de infantiles: Joaquín Trigueros, Javi (Parris) y compañía. Otras generaciones vinieron después, como la de Kike Villafañe y Manuel (Barkley). Nunca olvidaré lo que me dijo este último cuando me vio aparecer por sorpresa en un entrenamiento que no me correspondía: "Si llego a saber que vienes tú no hubiera merendado". Más le hubiera valido no haberlo hecho.