martes, 14 de junio de 2016

El patio y Paramio (1º Parte)



Por mucho que a nosotros nos gustara presumir, el patio de San Claudio nunca tuvo la historia de Magariños. Es cierto que, desde que el Barbas se hizo con el poder absoluto, desterrando cualquier tipo de deporte que hiciera competencia al baloncesto, allí no hubo porterías. Recuerdo dos dibujadas con tiza en las paredes del patio cubierto. Alguna vez los soportes de las canastas, o un par de jerséis, llevaron a cabo tal función, pero eran contadas las ocasiones en las que allí se jugaba al fútbol.

Eran otros tiempos, los ´70 terminaban y daban paso a la década por excelencia. En aquel patio, en el que solo había chicos, bromas las justas: volaban tacos, peonzas, chapas, alguna pelota de tenis y más de un bofetón. La inocencia de un niño de primero de E.G.B. se juntaba a la misma hora con la testosterona del de octavo. Tipos que estaban a un cuarto de hora de afeitarse, al lado de inocentes chavales que apenas sabían atarse los cordones. Mi primer recuerdo se remonta a una mañana de septiembre, sentado con mi amigo Toño sobre el bordillo del patio cubierto, se nos acercó uno de aquellos especímenes que te provocaba un nudo en el estómago: "Vosotros pinchasteis las ruedas del tren con un alfiler. Se lo voy a decir a Doña Elena. ¡Os vais a cagar!". No fue hasta horas más tarde cuando nos enteramos de que aquello era imposible.
En primero Doña Amparo nos lanzaba el borrador a la cabeza cada vez que nos movíamos. El orden alfabético me dejaba a merced de aquella desalmada; aunque los reflejos me libraron de unas cuantas, no siempre tuve tanta suerte. En segundo Doña Teresa, la coja, nos daba capones con los nudillos o nos atizaba con una vara de avellano proporcionada gentilmente por nuestro "compañero" Avalo. Aún le estoy buscando, juré encontrarle desde que en sexto dejó el colegio. La famosa perspectiva, de la que tanto hablaré, me cambió la idea primigenia, hoy le preguntaría por qué fue tan descarnadamente pelota.
Conclusión: donde debías de sentirte protegido, estabas más expuesto.
La cosa empezaba a estar clara desde el primer día, solo había dos opciones: espabilabas o estabas jodido.
Pronto nos dimos cuenta de que Paramio, el Barbas, era nuestra única opción. Poco amigo de la metodología y a años luz de cualquier teoría que pudiera parecerse al coaching actual, te metía el baloncesto en vena. Y tras aquello lo demás venía de seguido: picardía, competitividad, ingenio, trampas, raza, rapidez mental y todas aquellas cosas que te permitían caminar por aquel patio con la cabeza erguida. Te seguías comiendo de vez en cuando un bofetón de un mayor, pero lo hacías con orgullo. Lo cual, es parecido, pero ni por asomo lo mismo.