lunes, 13 de junio de 2016

Mucho más que aire.


Lo sé, soy un atrevido, y eso es lo que me hace especialmente peligroso. No fui un buen jugador de baloncesto, lo dejé en mi etapa júnior. Era bueno físicamente y entendía el juego, pero no fui dotado de una gran técnica individual y pronto comprobé que, cada vez que lanzaba, las canastas tenían ruedas.

Al día de hoy, en esto aún estoy a tiempo, no dirigí ningún partido en ACB. Mi currículum como entrenador no cuenta con ningún título, por lo que las vitrinas de mi casa guardan copas de vino en lugar de relucientes trofeos.  A pesar de todo ello, voy a escribir sobre mí, sobre las experiencias y vivencias que me ha proporcionado el baloncesto. Sobre nuestros desencuentros y mutuos abandonos; las infidelidades que hemos tenido y como, cada vez que nos hemos vuelto a abrazar, las ganas pudieron con todos los impedimentos.

Escribiré sobre mí porque son más los que se me parecen, porque hay sueltos centenares de entrenadores por el mundo que cogieron la mochila sin medir las consecuencias. Somos legión los que nunca ganamos nada pero presumimos de nuestros pequeños logros como si fuese imposible hacerlos más grandes. Decenas han sido, y serán, los que nunca tuvieron la oportunidad de demostrar su valía. Otros tuvieron solo una, aunque a veces eso no es suficiente.

Esto también lo escribo para mí, porque me apetece recordar de dónde vengo, las hostias que me ha ido dando la vida, las veces que me caído, que son tantas como las que me he levantado. Quiero hablar de la buena gente que me encontré por el camino; también de la mala, pero lo haré con la templanza que proporciona la perspectiva, cada día me gusta más esa distancia. Explicaré anécdotas y vivencias de vestuarios, obviaré algunos nombres por respeto. Hablaré de gastronomía, de geografía, de barreras lingüísticas, de sueños truncados, de gritos y peleas, de amigos eternos. Escribiré sobre todo lo que guarda un balón de baloncesto, que es mucho más que aire. Advertidos estáis.