viernes, 29 de enero de 2016

¡Fuerza, Quino!


Mis inicios profesionales están íntimamente ligados a Quino Salvo. Corría la temporada 2002/03 y yo, después de ser ayudante de Paco Olmos durante el ejercicio anterior, tomaba las riendas de Los Barrios como primer entrenador en la LEB. La suerte quiso que me tocara debutar en casa contra Baloncesto León, el equipo de mi ciudad. Caprichos del destino.
Aquel equipo estaba entrenado por Quino Salvo. Recuerdo que dominamos casi todo el partido, aunque en la parte final del mismo recortaron la diferencia. A falta de 27 segundos para el final y con 10 arriba, ellos sacaron de línea de fondo y yo solicité un tiempo muerto a la espera de lo que pudiera ocurrir en nuestra última defensa. Pepe Llorente anotó sobre el final de posesión y se me concedió el tiempo muerto a falta de tres segundos para la conclusión. Quino montó en cólera, llegó hasta el medio del campo para increparme, acojona verlo enfadado. Julio González y Martín Ferrer vinieron hasta donde yo estaba para pedirme explicaciones airadamente. Tras el barullo, diseñé lo que quería hacer y Rubén Arizmendi se quedó con el balón y ni tan siquiera hizo amago de tirar a canasta. Lo que terminó por corroborar las sospechas sobre mi mala intención. Nada más lejos de la realidad.
La temporada anterior habíamos quedado fuera del play-off por una canasta, y cuando Paco Olmos y yo hablamos sobre el nuevo curso, nos prometimos tener en cuenta cada punto. Seguramente me faltó la experiencia y la cintura necesaria para cancelar aquel tiempo y, aunque tengo mi conciencia tranquila, al día de hoy lo anularía. Lo que siguió a aquello fueron dos días permanentemente pegado al teléfono. Decenas de llamadas, recuerdo especialmente las de Jose Luis Oliete y Edu Torres. Periodistas que querían hurgar aún más en la polémica y amigos que se interesaban.
La semana previa al partido de vuelta sólo se habló de aquello, de si los entrenadores se saludarían y del feo gesto que yo había tenido hacia el club de mi ciudad. En la presentación hubo división de opiniones, aunque creo que fueron más los pitos. Finalmente ganamos 101-106 en un partido espectacular con prórroga incluida. Quino y yo no nos saludamos al final del encuentro. Desconozco si él tuvo intención de hacerlo, yo hice todo por evitarlo. Fue poco inteligente y aún menos deportivo.
A mediados de noviembre de la temporada siguiente, Los Barrios me cesó y fichó a Quino como mi sustituto. Parecía como si el destino se vengará de mí por aquello. No volvimos a cruzarnos en una pista hasta la temporada 2008/09. Él entrenaba en Cantabria y yo lo hacía en Alaior (Menorca), ese año me tocó a mí perder los dos partidos. Jugamos primero en Santander, cuando salí al campo se dirigió hacia mí. Ahí pensé: “ya verás cómo me engatilla una hostia”. Hablamos de esto y de aquello, nada particular pero muy cordial.
Volvimos a vernos en abril, esta vez en Menorca. Tomamos una caña en el bar del pabellón y ahí fue Quino en estado puro; el de la noche anterior a aquel día del tiempo muerto mientras tomábamos un café con Joaquín Rodríguez y Javi de Grado en una terraza de Algeciras. El mismo que me describían Cabral y Mateu. La risa fue inevitable, aunque no hubo ni una sola mención a aquel ocho de septiembre de 2002. Ojalá el destino me proporcione la suerte de recordar con él aquella anécdota que nos dejó marcados.
Suerte, Quino, que no te falte la fuerza que siempre has tenido.

Donald Trump

Vamos a contextualizar el asunto, imagínese a un político español, con aspiraciones a la presidencia, decir en un mitin mientras apunta con su dedo índice al público allí presente: “Podría disparar a gente en la Gran Vía y no perdería votos”. Me resulta imposible hacer tal elucubración y pensar en las consecuencias de dicha frase. Cambiando la Gran Vía por la Quinta Avenida, esa fue la sentencia pronunciada por Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos.
 
Uno no sabe qué es lo más grave: si decirlo. Que realmente tenga el convencimiento de que lo que dice es cierto o que, de llevarlo a cabo, fuera cierto que no perdiese votos. Pasando por alto el hecho de que, de disparar a todo quisque en la Quinta Avenida, terminaría en el talego. La suerte que tendría es que, en el estado de Nueva York, aunque la pena de muerte no está abolida, fue declarada anticonstitucional en el 2004 por el Tribunal Estatal de Apelaciones. Lo cual, a los efectos, viene a ser lo mismo que estar suprimida.
 
Trump, ex “showman” televisivo, es un fenómeno en sí mismo. Al inicio de su carrera por ser el candidato republicano a la Casa Blanca, nadie apostaba un solo dólar por él. Pero su discurso, apoyado en el miedo y la paranoia, ha ido allanando el camino hasta convertirle en el preferido en los sondeos. Su mensaje se centra en el peligro que suponen los inmigrantes latinoamericanos indocumentados, los terroristas islamistas (sobre esto no hay duda alguna, otra cosa es el uso demagógico del argumento) y los acuerdos de libre comercio con China, lo que conllevará, a su juicio, la pérdida de empleos estadounidenses. Hay decenas de episodios a lo largo de la historia estadounidense en los que el miedo se apoderó de sus ciudadanos de un modo casi incomprensible.
 
Trump le da a todo lo que se menea: a Obama, a Hillary Clinton, a los rivales de su partido, a los periodistas (a los que califica como los peores seres humanos que conoce), incluso a Wall Street, que para eso financia completamente su propia campaña sin permitir influencias de ningún tipo. En sus discursos no lleva guión en el que apoyarse y suelta lo primero que se le viene a la cabeza. Lo que hundiría la carrera de cualquier político, a él le refuerza. Muchos hombres blancos de la América profunda, trabajadores de entornos rurales (conocidos despectivamente con el sobrenombre de “redneck”, rojo era como se les quedaba el cuello), racistas y defensores a ultranza de la segunda enmienda (esa que otorga el derecho a portar armas), sienten que el país se les escapa de las manos.  Trump es el único que les comprende y habla de manera honesta.
 
Donald Trump, definido por el especialistas como un narcisista extremo, esos que carecen de empatía hacia los demás; cada día está más cerca de ser el hombre más poderoso del planeta. Muchos estadounidenses no entienden qué está sucediendo. A mí, a una escala más modesta, me pasa lo mismo con este país.
 
Publicado en La Nueva Crónica de León el 28 de enero de 2016