jueves, 21 de enero de 2016

Garantía de nada

Los rastas son unos guarros que no se lavan ni la cara, por el contrario, los “hipster molan” mucho. Es subcultura contemporánea, jóvenes de clase media-alta que, por lo general, se establecen en barrios de transformación urbana. Donde la población original, de menor clase social, se ve desplazada por una de mayor poder adquisitivo. El fenómeno es conocido por gentrificación. Ahí lo llevas. Dada la sensibilidad con la que se están afrontando estos temas, habrá que apuntar aquello de: nótese la ironía en la comparación.  
 
No me gustan las rastas. Seguramente sea por complejo, no por una simple cuestión estética. Pero no me incomodan, cada uno lleva el pelo como quiere o como puede, como es mi caso. A mí me da igual si un tipo lleva rastas, si se deja la barba más allá del ombligo o si se tatúa hasta las pestañas. Cada uno hace con su cuerpo lo que quiere y viste del modo que considera oportuno en función de aquello que le hace sentir más confortable. Yo, si fuera diputado del congreso, probablemente iría vestido con traje y corbata, víctima de algún complejo que aún no he podido superar; en ello estoy. Pero no miraría como las vacas al tren a quien no vistiera del mismo modo, ni haría la obscena y asquerosa alusión a los posibles piojos de las personas con rastas. Sea como fuere, estoy seguro de que muchos de los nuevos diputados ya presentaban esa imagen antes de tomar posesión de su cargo; lo cual, deduzco, no sorprende a sus votantes. Al fin y al cabo, esa imagen no deja de ser el reflejo de la pluralidad de nuestra sociedad, aunque a muchos les desagrade.
 
Andamos cargados de estereotipos, prejuicios que nos ciegan y reducen nuestra capacidad para separar lo importante de lo accesorio. El debate se centra en las rastas o en si la camisa está remangada por debajo de los codos. Entre tanto, lo sustancial queda escondido en el barullo. Después nos extrañamos de las audiencias de Gran Hermano y de que al pequeño Nicolás le paguen 3.000 euros al día en la versión VIP del citado programa.
 
Hasta ahora los que nos han estado robando vestían traje y corbata, lo que deja de manifiesto que la indumentaria no es garantía de nada. Con rastas o con corbata, lo que debería interesar a los españoles es que los diputados trabajan denodada y honestamente siendo fieles a lo que cada uno de ellos representa para sus votantes.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 21 de enero de 2016

Huecos por cubrir


El lunes se apagó la vida de David Bowie, como tiempo atrás ocurrió con la de otros muchos cantantes, actores, escritores, deportistas, directores de cine o artistas. Cuando esto ocurre, resulta curioso el modo que tenemos de reaccionar: sorpresa, tristeza y un penoso sentimiento de vacío. Como si a partir de entonces aquel espacio que queda por cubrir no pudiera ser remplazado por nadie más.
Repasamos la discografía de aquel cantante escuchando, una vez tras otra, canciones que permanecían latentes en nuestra cabeza. Releemos algún libro, visionamos por enésima vez una de nuestras películas favoritas o intentamos encontrar en internet aspectos de una biografía que nos resultaba incompleta. Hablamos con nuestros amigos de la lástima que supone tal pérdida. Y nos manifestamos en las redes sociales buscando la comprensión y el consuelo de esos que, como nosotros, se ven abrumados por esos sentimientos.
Dicha reacción presenta un aspecto incomprensible, son personas a las que no conocemos, con las que jamás hemos cruzado una mirada y con las que, sin embargo, hemos establecido un inquebrantable nexo de unión. A pesar de ello, esta circunstancia no significa que no formen parte de nuestras vidas, muy al contrario. Aquella canción que marcó nuestro amor de adolescencia o el de toda la vida. Ese disco que no dejamos de escuchar aquel verano perfecto que deseamos que no tuviera fin. El libro que cayó en nuestras manos e inundó de sentimientos y emociones las frías noches de aquel invierno en el que faltaban ganas para casi todo. La película que nos marcó para siempre, la que nos hizo reír a carcajadas o la que provocó tal desconsuelo que aún nos asusta recordarla. La hazaña de aquel deportista que sentimos como propia porque dimos con él cada zancada y compartimos cada gota de sudor. O el cuadro que consiguió que, únicamente con mirarlo, nos fugáramos a un lugar hasta entonces desconocido.
Emociones para las que faltan las palabras y llega con los gestos. Obras que contribuyeron a que cada uno de nosotros sea de un modo. Huecos que su ausencia dejará por cubrir. Los mismos huecos que dejan todos aquellos que marcaron nuestras vidas para siempre.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 14 de enero de 2016