martes, 29 de noviembre de 2016

El error

Diariamente convivimos con el error, nos equivocamos con frecuencia. Seguramente más de lo que creemos y de lo que nos gustaría. Parecemos no entender que la imperfección está escrita en nuestro ADN. El error no es el problema en sí mismo, sino la ausencia de tolerancia, en algunos casos, y la falta de aprendizaje en otros.

El deporte no es una excepción, y mucho menos el baloncesto. Este es un juego de errores: tiros fallados, pases que no llegan a su destino, descoordinación defensiva que permite al ataque anotar. Existen decenas de ejemplos.

La frustración es la reacción ante el error y la expresamos de muy diferentes modos. Unos nos enfadamos, ya sea gritando o mostrando una actitud pasiva. Otros se hunden, perdiendo la confianza en ellos mismos. Y no son pocos los que acusan a los demás de todos los males que les acontecen. La teoría de las excusas, esa que provoca una espiral de reproches que solo nos llevan a la calle del fango.

El primer paso para llegar a la excelencia es aprender a convivir con el error como parte del proceso de mejora. Aceptar que errar es algo normal y que, en muchas ocasiones, una mala reacción provoca un desastre aún mayor que el inicial.

Una mala defensa lleva a la precipitación en ataque. Un balón perdido nos frustra y provoca falta de concentración en la siguiente defensa. Y así cuantas combinaciones queramos establecer.

Como entrenadores tenemos la obligación de hacer ver a nuestros jugadores que fallar no es un drama. Tampoco lo es perder aunque siempre duela, y mucho. Y nosotros debemos ser los primeros en dar ejemplo con nuestras reacciones. Ahora bien, lo que nunca le puede faltar a un equipo es compromiso, espíritu competitivo y concentración. Es ahí cuando las reacciones del entrenador sí que resultan imprevisibles. 

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