jueves, 16 de junio de 2016

El patio y Paramio (3ª Parte y última)


Entrenaba algún equipo mientras jugaba, el Elosúa cada vez tenía más fuerza y se iba nutriendo de los buenos jugadores que Paramio sacaba. Ya había perdido a algunos por el camino, Josines González y Javi De Grado se habían ido a Maristas, que tenía un acuerdo de vinculación con el equipo aceitero. Allí había opciones reales de llegar a jugar la fase final del campeonato de España.

Siendo cadetes vinieron a buscarnos a casi todos. La tentación era grande, el primer equipo de la ciudad y un espejo en el que mirarse. Realizamos unos cuantos entrenamientos con ellos, pero Escapa y yo decidimos quedarnos con Paramio. No recuerdo si lo hicimos por lealtad o porque pensamos que allí íbamos a jugar menos minutos.

Continuamos disfrutando, al Leonés se le sumaban el Elosúa, Maristas y Jesuitas. Como nos habíamos quedado diezmados, tuvimos que unir las generaciones del ´72 y ´73 para sacar equipo en juveniles. Estábamos lejos de ser los mejores, pero en el patio seguíamos marcando el territorio.  Otros ya jugaban en pabellones con tableros de cristal y balones de cuero. Nosotros nunca dejamos el cemento y los balones de goma ahuevados. Mañanas de domingo recibiendo los pellizcos de Oscar Piñán al poste bajo, codazos, zancadillas, aquellos duelos con Jesuitas fueron auténticas batallas; parece mentira que hoy nos llamemos para tomar unas cañas. Mario Serrano le daba a todo lo que se movía, nunca cupo tanta raza en un metro setenta, escaso, y alcanzado ya en edad alevín.

No éramos malos chicos, un poco chulos y bravucones. No rehuíamos la bronca; es más, la buscábamos de vez en cuando. Era otro recurso a sumar, endurecer los partidos para obtener beneficio. Sin lugar a dudas, es lo único que aborrezco de aquella etapa. Amedrentábamos a los árbitros y a los rivales; si aquel día hubieran cronometrado al provocador de Pablo Campos, hoy Bolt no sería plusmarquista mundial. Menos mal que Vaquera, el base que le acompañaba, era persona de talante más comedido. Hoy nos une una excelente amistad a los tres, el baloncesto otorga privilegios imposibles de encontrar en otros deportes.

Durante mi etapa juvenil entrené a cadetes, primero en provincial, al año siguiente en autonómico. Eran puro ADN San Claudio: listos, sin miedo, espabilados y llenos de intuición. Nos quedamos cerca de jugar el sector que daba paso al Campeonato de España.

Mi generación y la anterior se fueron diluyendo, unos siguieron jugando en otros equipos, el resto lo fue dejando. En mi primer y único año júnior (después aquella categoría desapareció) jugué con el Elosúa. Lo que parecía que iba a ser un sueño, terminó convirtiéndose en la peor pesadilla de mi vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario