miércoles, 29 de junio de 2016

New Mexico (3ª Parte. Punto y seguido)


Fuimos tratados con extraordinaria hospitalidad. Cada día allí se convirtió en una experiencia. Cuando ya teníamos tomadas las medidas al Chevrolet nos lo cambiaron por un Ford Taurus del 96, me he tomado la molestia de buscarlo. También nos mudaron del apartahotel a un hotel que tenía uno de aquellos desayunos que te los comes porque la inanición no entra en tus planes de futuro.

Fraschilla era un fenómeno, un tipo cercano y afable. Presumía de la sangre italiana que corría por sus venas, se le notaba en el temperamento y en los trajes que vestía, bastante alejados de la habitual y hortera moda de algunos de sus colegas. Nos preguntaba con cierta frecuencia sobre qué nos parecían determinadas situaciones, y nos recordó más de una vez cómo le impactó Manel Comas, con el que coincidió en un Clínic en Palma de Mallorca. Sus entrenamientos eran puro ritmo e intensidad, había espacio para el detalle, aunque lo fundamental era la agresividad y la velocidad de ejecución.

Lo recuerdo entrar en el vestuario al descanso del partido, desde la entrada había un pequeño pasillo que daba acceso a la parte donde estaban los jugadores, estos no le veían llegar. Yo solía situarme al final de aquel corredor, apoyado en la pared que estaba al lado de la pizarra. Cuando las cosas no corrían como estaba previsto, sonriendo, me guiñaba un ojo antes de entrar en cólera y tirar el bidón de Gatorade por los aires. Los gritos se oían desde el downtown. Cuando aquello terminaba, se ajustaba la corbata, se atusaba un poco el pelo y terminaba de colocarse el pañuelo que llevaba en el bolso frontal del traje. 
El playbook era una cosa descomunal, muchas series que conducían a más de 120 movimientos. Aún lo guardo en el trastero, quizás debería subirlo y ponerlo en una vitrina. Me vienen a la memoria las noches antes del partido, nos citábamos en el Hilton, sobre la moqueta de una sala dibujaban una zona con tape, y con un balón los jugadores iban haciendo los movimientos del otro equipo. Después llegaban unas pizzas híper gigantes, probablemente del tamaño de la que Walter White lanzó sobre el tejado de su casa (perdón por el spoiler), y nos poníamos como el tenazas de pepperoni. No sé quiénes eran los marcianos, si ellos o nosotros.  

En aquel equipo había buenos jugadores aunque, si exceptuamos a R.T. Guinn que ha tenido una decente carrera en Europa, ninguno llegó a ser profesional. La figura era Lamont Long, un escolta muy inteligente, castigado por sus tobillos pero con muchos puntos en sus manos. Aquel año Rubén Douglas era "red shirt", anda que, casi no le pasé balones en su series de tiro. Por entonces ya se veía el potencial que tenía; extraordinarias fueron sus temporadas con el Pamesa.

El mismo potencial que demostrábamos Antonio y yo aquellos miércoles en las noches de karaoke. Él se arrancaba con Julio Iglesias y yo lo hacía con Nino Bravo, siempre hemos sido unos clásicos. Tampoco había mucho más donde escoger.
NOTA: Lo aparco aquí, debo asistir otras obligaciones. Prometo volver.

martes, 28 de junio de 2016

New Mexico Lobos (2ª Parte)


La primera mañana no se me ocurrió otra cosa que buscar una cafetería en la que pudieran darme leche con Cola Cao. Me tendrían que haber dado otra cosa, por idiota. Como en el lejano oeste aquello resultaba misión imposible, en su defecto, desayuné una tortilla francesa con frijoles. Entendí que no sabía nada sobre el picante hasta que probé aquello, durante tres meses tuve los morros como el moro Muza.

Entre resoplido y resoplido, Antonio y yo nos íbamos poniendo al día de quién era cada cual. Travis vino a buscarnos, nos dio un garbeo por la ciudad para que nos ubicáramos y después fuimos al pabellón. Allí conocimos a Fran Fraschilla, a Darren Savino (hoy ayudante en Cincinnati), a Joe Dooley (entrenador jefe en la actualidad en Florida Gulf Coast University) y a Troy Weaver (hoy scout de Oklahoma City Thunder y futuro General Manager de un equipo NBA; al tiempo)

The Pit (el pozo, el hoyo), que es como se llama el pabellón, apenas decía gran cosa visto desde el exterior, el edificio tenía una altura de escasamente ocho metros  y nada hacía pensar que su capacidad fuera tan grande. Como allí dicen: "una milla de altura pero 37 pies bajo tierra". Desde la calle se accedía directamente a las oficinas, a la sala de trofeos y reuniones, a los despachos de los entrenadores y al cuarto de edición y montaje de vídeo.  Los vestuarios estaban ubicados en ese mismo nivel y para acceder a la pista debías bajar un rampa larga y pronunciada. Nunca olvidaré cuando por allí me crucé a solas con Kaspars Kambala (podéis buscar su foto si no os acordáis de él, no la pongo porque este post me está quedando muy elegante), me arrimé a la pared cuanto pude y traté de hacerme invisible.

El campo antes de la remodelación (2008) tenía capacidad para 18 mil espectadores. En la actualidad el aforo es de 14.500 y se llena siempre que hay partido. Durante los últimos 49 años siempre han estado en el top 25 de asistencia en la NCAA. Cada aficionado va vestido con su prenda roja de los Lobos, lo cual proporciona un colorido espectacular. El ambiente que allí se vive es extraordinario, aquí os dejo un enlace para que podáis comprobar la atmósfera que se genera. https://www.youtube.com/watch?v=ywRTSc5JNX8

Costaba mucho no cerrar la boca durante los primeros días. Al poco de llegar nos dieron un Chevrolet Monte Carlo, podría inventarme el año, pero bastante que me acuerdo del modelo. Menudo barco, con aquel cambio automático situado donde debería estar el limpiaparabrisas. Imagino que algún día de lluvia cambiamos de marcha por tocar donde no debíamos.
El apartahotel en el que vivíamos era un lujo, habitaciones amplias con una pequeña cocina y una sala de estar. Tenía pinta de que aquello se iba a convertir en una experiencia interesante, algo vital, como así fue.

lunes, 27 de junio de 2016

New Mexico Lobos (1ª Parte)


Se presentaba la temporada 99/00 sin ningún proyecto en el horizonte, yo quería dar un paso más en mi carrera, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Pensé que la figura del agente podía abrirme alguna puerta, y entré en contacto con Miquel Solá, agente de jugadores, Juan Carlos Navarro entre otros.

Obviamente, mi currículum no resultaba especialmente atractivo como para que alguien pudiera confiar en mí. Miquel llamó a unas cuantas puertas, hizo varias gestiones pero no fructificaron. Cuando parecía que me iba a quedar toda la temporada en blanco, surgió la oportunidad de ir a Estados Unidos. Me comentó que por mediación de Miguel Ángel Paniagua, un pionero en el mundo de la representación de jugadores y amigo de varios entrenadores estadounidenses, se podía explorar esa posibilidad.

Inicialmente la cosa parecía mucho más sencilla de lo que luego resultó ser. En un principio mi destino iba a ser Boston College, todo estaba preparado pero un giro de última hora dio con mis huesos en Albuquerque, New Mexico. Dios, si hubiera conocido a Walter White y a Saul Goodman en aquel momento, la que hubiéramos liado.

El entrenador de los Lobos de New Mexico era el mítico Fran Fraschilla, antes había estado en Manhattan College (donde entrenó a Jerónimo Bucero) y St. John´s University. Hoy es un reputado analista de la ESPN.

Albuquerque tiene una población que ronda el medio millón de habitantes, a pesar de ser la ciudad más grande del estado, la capital es Santa Fe. Su origen nace en el pueblo español de Arbuque y se remonta a 1706. Su clima es semiárido frío. Por allí pasa la Ruta 66 y su calle principal (Central Avenue) tiene 28 kilómetros de largo; no lo consideréis un hecho menor.

En mis primeros días allí bien pude rodar una secuela de Paco Martínez Soria, menudo nivel de "paletismo boquiabierto". Todo me llamaba la atención, iba con los poros tan dilatados que por allí entraba cuanta información fuera cayendo.

A mi llegada al aeropuerto de Sunport, después de hacer escala en Londres y Dallas, me esperaba Travis Lions. Un tipo encantador de dos por dos que pertenecía al cuerpo técnico y que, como jugador, había estado unas semanas bajo las órdenes de Andreu Casadevall en Alicante. Horas más tarde llegaría Antonio Rodríguez Rabadán, mi compañero en esta historia.