jueves, 14 de abril de 2016

El proceso y el resultado

Los años nos van despojando de algunas cosas al mismo ritmo que nos proporcionan otras. De joven me vistió de una cierta arrogancia; la cual, por fortuna, se ha ido desgastando a medida que el camino me iba repartiendo hostias. En mis primeros años como entrenador creía saberlo prácticamente todo, hasta el punto de considerarme capacitado para juzgar el trabajo de los demás. Ahora creo saber menos que entonces, me hago preguntas con denodada insistencia e intento evitar juzgar lo que otros hacen porque ya llevo suficiente carga con los errores que cometo.
 
El tiempo me ha enseñado que el camino es largo, que el proceso forma parte del éxito, aunque no siempre esos caminos converjan, o que existen imponderables que se escapan con demasiada frecuencia a nuestro control. Quizás, más que el tiempo, eso me lo enseñaron las derrotas.
 
Últimamente me interrogo constantemente sobre la relación proceso-resultado. Sobre si ambos aspectos están íntimamente ligados, sobre si las victorias sólo se producen cuando el proceso es bueno. Me pregunto hasta dónde debe llegar la intervención de un entrenador, la capacidad que tenemos para ayudar a que todo fluya o si nuestra esquizofrenia por el control y el orden destruye más que contribuye. 
 
Concluyo que el baloncesto es de los jugadores y que no hay nada que justifique la soberbia de un entrenador. Somos fundamentales en muchos aspectos, pero cualquiera que sea el deporte, este les pertenece.  He aprendido que son muchos los condicionantes que afectan al proceso, y este siempre se encuentra supeditado ante el resultado. Se da por hecho que el proceso no es bueno cuando los resultados positivos no llegan, y esto no tiene porqué ser así. Ni al contrario. Somos juzgados por eso: por las derrotas o por las victorias. Somos tan buenos o tan malos como nuestro último resultado, así es este negocio. El público llega al campo, te juzga por lo que ve durante hora y tres cuartos y, con las mismas, se vuelve a su casa. Y si no te gusta, busca otro oficio.
 
Por otro lado, resulta especialmente pretencioso pensar que nuestro trabajo es mejor que el del resto; lo cual, además de no ser siempre cierto, nos puede llevar a una frustración que nos impida progresar. Cada día hay mejores equipos, los entrenadores estamos mejor preparados y el margen de error se estrecha hasta casi ser imperceptible.
 
El trabajo bien hecho no siempre se traduce en victorias, y aunque todos trabajamos con ese objetivo, debemos disfrutar mucho más del camino que transitamos hasta llegar a conseguirlas.

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