martes, 9 de febrero de 2016

El ventanuco


Si reflexionabas por un segundo, te sentías observado desde los pisos de las plantas altas que se situaban enfrente. A pesar de ello, tenías una sensación de libertad difícil de explicar; seguramente porque aquella edad no estaba preparada para la reflexión y sí para la inconsciencia. Esa de la que ahora renegamos cuando observamos a nuestros hijos y sobrinos; y únicamente sacamos a pasear en las conversaciones que tenemos con nuestros viejos amigos.
En aquel patio, además de la ausencia de porterías, llamaba la atención una pequeña ventana que se situaba en una gran pared y apenas tenía un palmo por cada lado. Estaba enrejada y daba a un tugurio oscuro, lleno de máquinas recreativas y humo. Nunca hubo mejor lugar para establecer un negocio de semejantes características que no fuera al lado de un colegio. Antitéticos y complementarios, esas paradojas.
 
Únicamente con el paso de los años tenías el valor de mirar por aquel ventanuco para saber quién estaba en “El Jefe”, que era como se conocía el antro en cuestión. Queda todo dicho. Con menos edad te exponías a que alguien soltara un exabrupto por aquella indiscreción. A fin de cuentas, nosotros estábamos desprotegidos ante el raso, pero quien allí entraba buscaba el refugio e intimidad que suelen proporcionar ese tipo de locales.
 
La edad suele otorgar determinados estatus únicamente por el hecho de cumplir años, sin ningún otro mérito. Aquel era un buen ejemplo. Seguramente porque los que pasaban a estar en ese tugurio eran los que, no hacía tanto, habían compartido interminables horas de patio con los que allí habían decidido quedarse.
 
Dos mundos que comenzaban a divergir separados por un ventanuco. Solamente había un momento en el que aquellos dos universos volvían a reunirse, siempre coincidía con la necesidad de refuerzos en el patio. Resulta paradójico que nunca fuera al revés. Algún partido que se había complicado o un intruso con ganas de quebrar la paz que allí residía, eran motivos más que suficientes para que alguien asomara la cabeza por aquel hueco y gritara: “pelea, pelea”. No había que dar más explicaciones. Si se hubieran tomado los tiempos de los 150 metros que nos separaban, alguno hubiese sido medallista olímpico. El asunto se resolvía rápidamente y cada uno regresaba a sus quehaceres. El problema era del que había dejado el Mario Bros en la pantalla 53 a punto de batir su marca personal; cinco duros perdidos.
 
Todos sobrevivimos a aquello, incluso los intrusos que quisieron perturbar nuestra paz. Nunca fue tan grave como pareció ni resulta tan idealizado como lo recordamos, pero la memoria tiene estas cosas.

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