martes, 9 de febrero de 2016

Aquí lo dejo

Siempre he sentido interés por la política. Crecí escuchando a diario tertulias de radio; y ese sonido, que inicialmente fue un murmullo, se convirtió en un compañero imprescindible cada mañana. Entendí desde bien joven que la política preside nuestras vidas, y nunca he comprendido el desinterés por las decisiones que toman nuestros representantes; aunque sí la desafección. Han sido demasiados los escándalos, los mismos que nos llevaron a sentir aversión por todo lo que se cocina en las altas estancias, nos empujaron a tomar partido y recobrar el interés.
 
Me congratula ver cómo los ciudadanos nos hemos vuelto a implicar. Antes, los muros de Facebook se poblaban de asuntos banales. Ahora están cargados de noticias que implican a unos o a otros en función de nuestros colores políticos. Igual pasa en los bares, al fin y al cabo, las redes sociales no dejan de ser lo mismo, aunque sin derecho a consumición. El problema reside en que hemos hecho de los partidos políticos equipos de fútbol. En gran medida, nos hemos convertido en forofos subjetivos sin bufanda. Aunque tenemos por costumbre alardear de lo contrario. Se comprueba en la denostación constante que sufren los que están por venir, cuando los que ya han estado, y se lo han llevado crudo y a manos llenas, nos siguen dando lecciones de ética y sentido de estado. Y es ahí cuando unos cientos de miles de bufandas imaginarias hondean hasta que falta el aliento y el aire no llega al cerebro. Algo de eso debe haber, porque si no es imposible concebirlo.
 
Llegados a este punto, observo con perplejidad lo que ocurre. Más de cuarenta días después de las elecciones, concluyo que nuestros políticos no han entendido nada. Enredados en cargar con la responsabilidad a los otros y situados en un tancredismo e incapacidad exasperantes. Y seguramente no comprenda nada porque las cosas son mucho más complejas de lo que parecen. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para cuestionar comportamientos y asuntos para los que no estoy preparado? ¿Qué puede saber de estrategias geopolíticas y de cinismo socioeconómico un simple entrenador de baloncesto?
 
Así es, las cosas nunca son tan fáciles como parecen. Y siempre resulta más sencillo opinar cuando las decisiones las toman los demás y desconocemos lo que subyace en el fondo de las mismas. Como ha ocurrido con la reciente visita del presidente de Irán a Italia, donde cubrieron las estatuas desnudas para que el ínclito no se sintiera ofendido ante tanta exuberancia. Nos llenamos la boca exigiendo, y con razón, a los inmigrantes que se adapten a nuestras sociedades, y no al revés. Pero cuando llega un fulano cargado de millones de euros, nos pasamos por el arco del triunfo todo lo anterior. Que para eso la guita no entiende de historia ni libertad de expresión.
 
Como no me entero de nada, aquí lo dejo.
Publicado en La Nueva Crónica el 4 de febrero de 2016.
Nota: Después de meditarlo detenidamente, hoy publico mi última columna en La Nueva Crónica. Quiero dar las gracias a David Rubio y a Jesús Coca por la oportunidad. Ha sido una gran experiencia.

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