lunes, 25 de enero de 2016

60 horas despues, dos partidos en la buchaca y 4.000 kilómetros a las espaldas (2ª parte)


Como buenamente pudimos, ajustamos rutinas, alimentación, y salimos hacia el pabellón. Otra circunstancia que nos tenía preocupados era saber si el piso se encontraba en buen estado para jugar. Es mucha la humedad que allí hay y no sería la primera vez que se suspende un partido o este se juega en condiciones absolutamente desaconsejables. Estaba lejos de querer vivir una experiencia como la sucedida en Barcelos semanas atrás; donde tuvimos que cambiar de campo una vez finalizado el primer cuarto. Aunque suene delirante, me estoy acostumbrado a mirar el tiempo los días de partido y el grado de humedad que hay en el lugar en el que jugamos. Llamadme maniático.
La foto que encabeza este post ilustra el surrealismo de la situación. Al llegar al pabellón nos encontramos con ocho estufas de gas distribuidas estratégicamente por el campo. No se puede negar que el equipo local estaba haciendo todo cuanto estaba en su mano para que el suelo presentara las condiciones necesarias. Aún así, la cara de perplejidad de uno de mis americanos me llamó tanto la atención como la situación que estábamos viviendo. Preocupado por cómo podía afectarle aquella odisea, me acerqué a él y le dije: “Jo, no te preocupes, todo esto lo quitan para que podamos jugar”. Me tranquilizó oír sus carcajadas.
Una hora y cuarto antes de empezar me comunican que los árbitros no van a llegar a tiempo, por lo que tendríamos que jugar con árbitros locales. Negarse supondría la pérdida del partido por incomparecencia y aceptar la sanción que esto acarrease. Es difícil expresar lo que se siente ante una situación semejante. Decidí poner tal circunstancia en conocimiento de mis jugadores; mantener el nivel de concentración en situaciones semejantes no resulta tarea fácil.
Cuando 20 minutos antes de empezar no ponen la cuenta atrás en el marcador, me acerco a ver qué sucede, en ese momento me dicen que se ha decidido esperar hasta las 22h para dar tiempo a que los árbitros de la liga aterricen. Admito que en ese instante fue la primera vez que sentí que podía estar fuera de control. Para evitarlo, nada como respirar hondo cuatro o cinco veces mientras aprietas los dientes. Se te queda una cara rara, pero alivia.
A partir de ahí, se dieron cita los momentos más complicados del día. Mientras los jugadores calentaban, ambas partes empezamos a debatir sobre la conveniencia o no de jugar un partido en esas condiciones. Conversaciones con la Federación, con los responsables de mi club y vuelta al corro. Entre bandeja y tiro de tres puntos, los jugadores de ambos equipos observaban atónitos. A falta de 9 minutos y 11 segundos para las 22h, esa cifra señalaba el marcador, decidimos jugar. La consideración de nuestra decisión queda guardada en la intimidad.
Dadas las circunstancias, los tres árbitros que pitaron tuvieron una buena actuación, creo que ambas partes tuvimos esa opinión. Al final ganamos por 78-94 haciendo un gran partido, especialmente en ataque. Mis jugadores tuvieron una actitud encomiable a lo largo de todo el fin de semana. Finalmente, los árbitros de la liga y mi ayudante llegaron a tres minutos del final del partido. El cual  terminó llegada la media noche, cenamos en el hotel, nos acostamos a eso de las 2 de la mañana, tocaron diana a las 6.30 y a las 9.20 cogimos un vuelo para Lisboa. Dieciocho horas más tarde, jugamos en Estoril los dieciseisavos de la Taça de Portugal, ganamos por 48-72.
60 horas después, con dos partidos en la buchaca y 4.000 kilómetros a las espaldas, llegamos a Ovar. Cada vez suena con más fuerza en mi cabeza la frase que Nacho Romero me decía en situaciones “similares”: “Tranquilo, Alonso, ganamos fijo”. Nunca fallaba el jodío, esta vez tampoco.

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