martes, 29 de noviembre de 2016

El error

Diariamente convivimos con el error, nos equivocamos con frecuencia. Seguramente más de lo que creemos y de lo que nos gustaría. Parecemos no entender que la imperfección está escrita en nuestro ADN. El error no es el problema en sí mismo, sino la ausencia de tolerancia, en algunos casos, y la falta de aprendizaje en otros.

El deporte no es una excepción, y mucho menos el baloncesto. Este es un juego de errores: tiros fallados, pases que no llegan a su destino, descoordinación defensiva que permite al ataque anotar. Existen decenas de ejemplos.

La frustración es la reacción ante el error y la expresamos de muy diferentes modos. Unos nos enfadamos, ya sea gritando o mostrando una actitud pasiva. Otros se hunden, perdiendo la confianza en ellos mismos. Y no son pocos los que acusan a los demás de todos los males que les acontecen. La teoría de las excusas, esa que provoca una espiral de reproches que solo nos llevan a la calle del fango.

El primer paso para llegar a la excelencia es aprender a convivir con el error como parte del proceso de mejora. Aceptar que errar es algo normal y que, en muchas ocasiones, una mala reacción provoca un desastre aún mayor que el inicial.

Una mala defensa lleva a la precipitación en ataque. Un balón perdido nos frustra y provoca falta de concentración en la siguiente defensa. Y así cuantas combinaciones queramos establecer.

Como entrenadores tenemos la obligación de hacer ver a nuestros jugadores que fallar no es un drama. Tampoco lo es perder aunque siempre duela, y mucho. Y nosotros debemos ser los primeros en dar ejemplo con nuestras reacciones. Ahora bien, lo que nunca le puede faltar a un equipo es compromiso, espíritu competitivo y concentración. Es ahí cuando las reacciones del entrenador sí que resultan imprevisibles. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La democracia

Por lo general, tenemos una visión muy particular de lo que significa la democracia. Nos gustan los resultados siempre y cuando la opción elegida por la mayoría sea la que nosotros defendemos. Si ocurre lo contrario, tendemos a utilizar unos cuantos calificativos despectivos sobre los votantes del signo contrario.
 
Las reacciones a la victoria de Donald Trump no nos son ajenas en España. El PP perdió prácticamente tres millones de votos entre las elecciones de 2011 y 2015, pero a muchos no nos pareció suficiente. Quizás pensamos que nadie debía votarles. E incluso nos atrevimos a meter a todos sus votantes en el mismo saco, aquel en el que habitan los diferentes dirigentes corruptos que ha tenido ese partido. “En España somos gilipollas”, “tenemos lo que nos merecemos”, “¿cómo es posible que estos tíos vuelvan a ganar con lo que han hecho en estos cuatro años?, recortes en sanidad y educación, recortes sociales y recortes en las libertades de los ciudadanos, magníficamente representados por la ley mordaza”. “Me exilio”.
 
Ahora llegan las reacciones de la gran mayoría del mundo ante la victoria de Trump. “Estos americanos, además de gilipollas, son unos analfabetos”. “¿Cómo es posible que gane un fulano que es un demagogo, un xenófobo, un homófobo, un misógino y un narcisista ególatra y grotesco?”.
 
Y así podría continuar con un sinfín de sentencias.
 
Nadie daba un penique por Trump, pero no solo como posible presidente, sino como candidato republicano. Dentro de su partido fueron muchos los que le menospreciaron y dieron la espalda: Ted Cruz, Ryan, Rubio y los Bush. Además ha tenido que superar todos los apoyos que recibió Hillary Clinton: Barack y Michelle Obama, Bill Clinton, Jay C y Beyoncé, Bruce Springsteen, LeBron James y todo Hollywood. Además de todos los medios estadounidenses y Wall Street. Clinton gastó en la campaña 600 millones de dólares provenientes de donaciones. Trump 200 milones, todos de su bolsillo. Como dice mi hermano el de Miami, era una lancha contra un portaviones.  
 
A Trump le han votado más de 59 millones de estadounidenses, demasiada América profunda, demasiado analfabetismo. ¿Cómo es posible que haya ganado con las barbaridades que ha dicho? ¿Cómo es posible que un patán, con tan poca formación, se convierta en presidente de los Estados Unidos?
 
Las preguntas están mal formuladas, algunas deberían ser estas: ¿Qué ha llevado a 59 millones de personas a votar a un tipo semejante? ¿Qué futuro ambiciona esa gente cuando elige a alguien así? ¿Qué propuestas ha presentado Clinton para que medio país las rechazara?
 
Dentro de esos 59 millones tiene que haber de todo: tipos que no sepan hacer la o con un canuto, racistas y especímenes de complicada calificación. Pero seguro que también hay personas que están cansadas de casi todo y sin apenas esperanza. La alternativa tiene la responsabilidad de que gran parte de ese voto se produzca.
 
Marine Le Pen se frota las manos, como otros muchos. Y antes de que llegue ese fatídico día y comencemos a echar la culpa a sus millones de votantes, se deberían construir propuestas alternativas que verdaderamente aborden las necesidades reales de la época en la que vivimos.
 
Nos guste o no, esto es la democracia. Aunque a muchos a veces nos joda.  

viernes, 15 de julio de 2016

Gracias por todo y hasta siempre



Despedirse no es tarea sencilla, suele dejar un poso amargo, aunque en ocasiones no quede otro remedio. En eso estoy hoy, escribiendo con pesar y tristeza. 

Apenas ha sido año y medio, pero corrió tan intenso que cundió como un lustro. Pasamos por malos momentos. En ocasiones transitamos por la liga con la incertidumbre del que desconoce a dónde le va a llevar el siguiente paso. Sin embargo, siempre lo hicimos llenos de compromiso y pasión.

Ovar y Ovarense han significado mucho para mí, más de lo que cualquiera de vosotros pueda imaginar. Volví a disfrutar como hacía tiempo no recordaba y de nuevo me sentí repleto de energía. Atravesé por momentos difíciles, sin ellos no hay premio, pero siempre encontré un hombro en el que apoyarme y un consejo del que aprender.

Disfruté de la hospitalidad de una ciudad acogedora, de sus generosas y entrañables gentes. Me sentí uno más, como en casa. Jamás me consideré un extraño, el mérito de ello no reside en mí, sino en vosotros. Me enorgullece hablar de Ovar como algo propio, perdón por el atrevimiento: de las playas, del clima, de la gastronomía, de sus habitantes, del carnaval y hasta de los azulejos.

Disfruté de cada entrenamiento y de cada partido, de ese Dolce Vita lleno de energía y de un orgullo vareiro que nunca abandonaré. Me hubiera gustado que hubiésemos llegado más lejos, que hubiéramos volado más alto. Mi deseo siempre fue ayudar a que el equipo regresara a donde la tradición y la historia de ese club merecen. Lo tocamos con la yema de los dedos pero no terminamos de agarrarlo.

No quiero despedirme sin dar las gracias: a Pedro Braga Da Cruz, un presidente ejemplar. Bien podrían aprender muchos de su comportamiento, educación y saber estar. A Joao Candeias, de director deportivo pasó a ser amigo sin obviar cuál era su sitio y dónde debía estar el mío. Esa virtud solo la poseen las personas inteligentes. A José Eduardo, que compartió conmigo su mucha experiencia y me nutrió de consejos sin pedírselos y sin él saberlo. A Paulo, la nobleza hecha persona, todo corazón. A To Zé, persona discreta y considerada donde las haya. De aquella sala de fisioterapia únicamente salía lo imprescindible. A Álvaro, de mayor quiero ser como él. Con eso queda todo dicho. Al otro Joao, siempre con una sonrisa y dispuesto para lo que hiciera falta. A Moaris padre, muy buena gente. A Miguel Sousa, que aunque fuera solo al principio, formó parte de todo aquello. A todos y cada uno de mis jugadores: Zé, Nick, Rodrigo, Jaime, Morais, Casas, Soras, Nando, Jo, Manu, André, Miguel, Cris y Raven. También a los que estuvieron el año anterior: Julio, Sergi y Masine. Y, por supuesto, a Nuno Manarte, mi ayudante. Pocas veces se ha cruzado en mi vida alguien con tanta calidad humana; la historia de Ovarense no se entendería sin él.

La vida no siempre es como a uno le gustaría; al menos me queda la satisfacción de haber vivido dos años en un país absolutamente extraordinario. Gracias por todo y hasta siempre.

martes, 5 de julio de 2016

Cuestión de necesidad


Imagina una liga en la que jugaron: Llull, Mirotic, Nocioni, Prigioni, Calderón, Scola, Splitter, Ibaka, Abrines, Oleson, Albert Oliver, Lawal, Lima, Faverani, Antelo, Rafa Martínez, Savané y Hamilton (menuda pareja), Lou Roe, Roger Grimau, Perasovic, Larry Lewis, Nacho Romero, Bernard Hopkins y Andy Panko (otra parejita), Darrell Lockhart, Devin Davis o Linton Townes (aquí he querido darme el gustazo).  

Imagina esa misma liga en la que hubo entrenadores como: Xavi Pascual, Laso, Pedro Martínez, Txus Vidorreta, Casadevall, Casimiro, Maldonado, Peñarroya, Moncho Férnandez, Ponsarnau, Fisac, Ricard Casas, Paco Olmos, Aranzana, Paco García, Luis Guil, Moncho López, Curro Segura, Oscar Quintana, Julio Lamas o Manel Comas.

Todos ellos jugaron o entrenaron en la LEB. Me dejo a unos cuantos, a muchos. Podría escribir, al menos, un par de decenas más y seguiría manteniendo el nivel.  

Hoy la LEB no es lo que era, ni de lejos, y da la impresión de que a muchos les va bien así. Ascender hace tiempo que dejó de ser un sueño para convertirse en una pesadilla cargada de frustración e impotencia. Equipos que se lo ganan en la cancha, aficiones a las cuales la ilusión les dura el mismo tiempo que tarda en llegar la zozobra y directivas que buscan recursos donde saben que jamás los van a encontrar. Mientras tanto, otros descienden y se mantienen. El retrato de este país.

Ahora se proponen ascensos en diferido, lo que nos avocaría a una temporada absolutamente intrascendente.

Las reglas no se ajustan a la realidad actual, mientras que en el fútbol te cae una pasta al ascender, aquí tienes que empeñar hasta los ojos. La FEB ha dejado abandonadas todas esas ligas, que son las suyas, no se nos olvide. Veranos eternos, ampliaciones de plazos y cada vez más precariedad. Dicen que soplan nuevos vientos, que llegan nuevas ideas y que los candidatos a presidente vienen cargados de buenas propuestas. Ojalá sea así, por el bien de todos.

La LEB fue la última parada de alguno de los citados; aunque, en su gran mayoría, se convirtió en la estación de partida. No es una cuestión de romanticismo, que tan bien, sino de necesidad.

miércoles, 29 de junio de 2016

New Mexico (3ª Parte. Punto y seguido)


Fuimos tratados con extraordinaria hospitalidad. Cada día allí se convirtió en una experiencia. Cuando ya teníamos tomadas las medidas al Chevrolet nos lo cambiaron por un Ford Taurus del 96, me he tomado la molestia de buscarlo. También nos mudaron del apartahotel a un hotel que tenía uno de aquellos desayunos que te los comes porque la inanición no entra en tus planes de futuro.

Fraschilla era un fenómeno, un tipo cercano y afable. Presumía de la sangre italiana que corría por sus venas, se le notaba en el temperamento y en los trajes que vestía, bastante alejados de la habitual y hortera moda de algunos de sus colegas. Nos preguntaba con cierta frecuencia sobre qué nos parecían determinadas situaciones, y nos recordó más de una vez cómo le impactó Manel Comas, con el que coincidió en un Clínic en Palma de Mallorca. Sus entrenamientos eran puro ritmo e intensidad, había espacio para el detalle, aunque lo fundamental era la agresividad y la velocidad de ejecución.

Lo recuerdo entrar en el vestuario al descanso del partido, desde la entrada había un pequeño pasillo que daba acceso a la parte donde estaban los jugadores, estos no le veían llegar. Yo solía situarme al final de aquel corredor, apoyado en la pared que estaba al lado de la pizarra. Cuando las cosas no corrían como estaba previsto, sonriendo, me guiñaba un ojo antes de entrar en cólera y tirar el bidón de Gatorade por los aires. Los gritos se oían desde el downtown. Cuando aquello terminaba, se ajustaba la corbata, se atusaba un poco el pelo y terminaba de colocarse el pañuelo que llevaba en el bolso frontal del traje. 
El playbook era una cosa descomunal, muchas series que conducían a más de 120 movimientos. Aún lo guardo en el trastero, quizás debería subirlo y ponerlo en una vitrina. Me vienen a la memoria las noches antes del partido, nos citábamos en el Hilton, sobre la moqueta de una sala dibujaban una zona con tape, y con un balón los jugadores iban haciendo los movimientos del otro equipo. Después llegaban unas pizzas híper gigantes, probablemente del tamaño de la que Walter White lanzó sobre el tejado de su casa (perdón por el spoiler), y nos poníamos como el tenazas de pepperoni. No sé quiénes eran los marcianos, si ellos o nosotros.  

En aquel equipo había buenos jugadores aunque, si exceptuamos a R.T. Guinn que ha tenido una decente carrera en Europa, ninguno llegó a ser profesional. La figura era Lamont Long, un escolta muy inteligente, castigado por sus tobillos pero con muchos puntos en sus manos. Aquel año Rubén Douglas era "red shirt", anda que, casi no le pasé balones en su series de tiro. Por entonces ya se veía el potencial que tenía; extraordinarias fueron sus temporadas con el Pamesa.

El mismo potencial que demostrábamos Antonio y yo aquellos miércoles en las noches de karaoke. Él se arrancaba con Julio Iglesias y yo lo hacía con Nino Bravo, siempre hemos sido unos clásicos. Tampoco había mucho más donde escoger.
NOTA: Lo aparco aquí, debo asistir otras obligaciones. Prometo volver.

martes, 28 de junio de 2016

New Mexico Lobos (2ª Parte)


La primera mañana no se me ocurrió otra cosa que buscar una cafetería en la que pudieran darme leche con Cola Cao. Me tendrían que haber dado otra cosa, por idiota. Como en el lejano oeste aquello resultaba misión imposible, en su defecto, desayuné una tortilla francesa con frijoles. Entendí que no sabía nada sobre el picante hasta que probé aquello, durante tres meses tuve los morros como el moro Muza.

Entre resoplido y resoplido, Antonio y yo nos íbamos poniendo al día de quién era cada cual. Travis vino a buscarnos, nos dio un garbeo por la ciudad para que nos ubicáramos y después fuimos al pabellón. Allí conocimos a Fran Fraschilla, a Darren Savino (hoy ayudante en Cincinnati), a Joe Dooley (entrenador jefe en la actualidad en Florida Gulf Coast University) y a Troy Weaver (hoy scout de Oklahoma City Thunder y futuro General Manager de un equipo NBA; al tiempo)

The Pit (el pozo, el hoyo), que es como se llama el pabellón, apenas decía gran cosa visto desde el exterior, el edificio tenía una altura de escasamente ocho metros  y nada hacía pensar que su capacidad fuera tan grande. Como allí dicen: "una milla de altura pero 37 pies bajo tierra". Desde la calle se accedía directamente a las oficinas, a la sala de trofeos y reuniones, a los despachos de los entrenadores y al cuarto de edición y montaje de vídeo.  Los vestuarios estaban ubicados en ese mismo nivel y para acceder a la pista debías bajar un rampa larga y pronunciada. Nunca olvidaré cuando por allí me crucé a solas con Kaspars Kambala (podéis buscar su foto si no os acordáis de él, no la pongo porque este post me está quedando muy elegante), me arrimé a la pared cuanto pude y traté de hacerme invisible.

El campo antes de la remodelación (2008) tenía capacidad para 18 mil espectadores. En la actualidad el aforo es de 14.500 y se llena siempre que hay partido. Durante los últimos 49 años siempre han estado en el top 25 de asistencia en la NCAA. Cada aficionado va vestido con su prenda roja de los Lobos, lo cual proporciona un colorido espectacular. El ambiente que allí se vive es extraordinario, aquí os dejo un enlace para que podáis comprobar la atmósfera que se genera. https://www.youtube.com/watch?v=ywRTSc5JNX8

Costaba mucho no cerrar la boca durante los primeros días. Al poco de llegar nos dieron un Chevrolet Monte Carlo, podría inventarme el año, pero bastante que me acuerdo del modelo. Menudo barco, con aquel cambio automático situado donde debería estar el limpiaparabrisas. Imagino que algún día de lluvia cambiamos de marcha por tocar donde no debíamos.
El apartahotel en el que vivíamos era un lujo, habitaciones amplias con una pequeña cocina y una sala de estar. Tenía pinta de que aquello se iba a convertir en una experiencia interesante, algo vital, como así fue.

lunes, 27 de junio de 2016

New Mexico Lobos (1ª Parte)


Se presentaba la temporada 99/00 sin ningún proyecto en el horizonte, yo quería dar un paso más en mi carrera, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Pensé que la figura del agente podía abrirme alguna puerta, y entré en contacto con Miquel Solá, agente de jugadores, Juan Carlos Navarro entre otros.

Obviamente, mi currículum no resultaba especialmente atractivo como para que alguien pudiera confiar en mí. Miquel llamó a unas cuantas puertas, hizo varias gestiones pero no fructificaron. Cuando parecía que me iba a quedar toda la temporada en blanco, surgió la oportunidad de ir a Estados Unidos. Me comentó que por mediación de Miguel Ángel Paniagua, un pionero en el mundo de la representación de jugadores y amigo de varios entrenadores estadounidenses, se podía explorar esa posibilidad.

Inicialmente la cosa parecía mucho más sencilla de lo que luego resultó ser. En un principio mi destino iba a ser Boston College, todo estaba preparado pero un giro de última hora dio con mis huesos en Albuquerque, New Mexico. Dios, si hubiera conocido a Walter White y a Saul Goodman en aquel momento, la que hubiéramos liado.

El entrenador de los Lobos de New Mexico era el mítico Fran Fraschilla, antes había estado en Manhattan College (donde entrenó a Jerónimo Bucero) y St. John´s University. Hoy es un reputado analista de la ESPN.

Albuquerque tiene una población que ronda el medio millón de habitantes, a pesar de ser la ciudad más grande del estado, la capital es Santa Fe. Su origen nace en el pueblo español de Arbuque y se remonta a 1706. Su clima es semiárido frío. Por allí pasa la Ruta 66 y su calle principal (Central Avenue) tiene 28 kilómetros de largo; no lo consideréis un hecho menor.

En mis primeros días allí bien pude rodar una secuela de Paco Martínez Soria, menudo nivel de "paletismo boquiabierto". Todo me llamaba la atención, iba con los poros tan dilatados que por allí entraba cuanta información fuera cayendo.

A mi llegada al aeropuerto de Sunport, después de hacer escala en Londres y Dallas, me esperaba Travis Lions. Un tipo encantador de dos por dos que pertenecía al cuerpo técnico y que, como jugador, había estado unas semanas bajo las órdenes de Andreu Casadevall en Alicante. Horas más tarde llegaría Antonio Rodríguez Rabadán, mi compañero en esta historia.