martes, 24 de noviembre de 2015

Manifiesto pesimista

Quienes me conocen saben de mi optimismo, me gusta rodearme de personas que desprenden energía positiva. Huyo despavoridamente de la gente tóxica, de aquella a la que le gusta complicar la vida a los demás. Esa que circula por ahí jodiendo al prójimo con el único propósito de convertir todo en drama y conflicto. Me gusta la armonía, las personas que se ríen de sí mismas y con los demás, el gusto por lo sencillo. Nada de estridencias, puesto que no las considero necesarias para disfrutar de la vida.
 
Digo esto para contextualizar el asunto, hace mucho tiempo que soy profundamente pesimista con respecto al futuro del ser humano. No soy antropólogo, y más de uno podrá argumentar que nos hemos intentando aniquilar a lo largo de nuestra historia. Y, a pesar de ello, aquí estamos miles de años después. Matándonos de modo diferente, pero sobreviviendo al fin y al cabo.
 
Los atentados del 14 de noviembre en París son un claro ejemplo de ello. Pero también los del día 12 del mismo mes en Beirut. El del 31 de octubre que derribó un avión ruso y reclama el grupo terrorista Wilayat Sina. Los del 10 de octubre en Ankara, los de junio en Susa (Túnez), Somalia o Kuwait, el de abril en la Universidad de Garissa (Kenia), los de marzo en Saná (Yemen). Por citar solo algunos ocurridos este año y sin sumar el número de víctimas. Para no pasar del pesimismo a la depresión, he decidido obviar las guerras que asolan el mundo.  
 
Soy un simple entrenador de baloncesto, intuyo alguna de las causas de todo esto que nos ocurre pero ignoro el verdadero intríngulis. Y como profano en estrategia geopolítica, desconozco por completo cuál puede ser la solución, si es que esta existe.  Se me escapa la motivación de esos que se suman a la causa yihadista. No puede existir paraíso que justifique tanta barbarie. Como no alcanzo a comprender el razonamiento de las guerras y los oscuros intereses que muchas de ellas ocultan.
 
Sobre lo único que tengo certeza es a dónde nos lleva la violencia y las consecuencias de la misma. El terror, el horror, el drama, la sangre, las víctimas y la venganza. Más violencia, más muerte, menos esperanza y más oscuridad.
 
Como dice Love of Lesbian en su canción Manifiesto delirista: “Aún manifiesto fe en mis semejantes”. A mí me ocurre lo mismo, será debido a mi empedernido optimismo. Quizás aún estemos a tiempo, a ello me agarro.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de noviembre de 2015