viernes, 2 de octubre de 2015

Francés por un día

Ayer estuvo a punto de convertirse en el peor día de mi vida. Al despertarme, tuve la sensación de haber dormido profundamente, por el contrario, sentí un fuerte dolor de cabeza y una zozobra de origen desconocido. No tardé demasiado en averiguar la procedencia de la misma. Como siempre cuando me levanto, conecté la radio para informarme de lo que pasa en el mundo, pero mi sorpresa llegó cuando no comprendía absolutamente nada de lo que allí se decía. Hablaban un idioma raro el cual pude identificar a duras penas, era español. Cuando de mi boca salió: “Putain de sort”, se me vino el mundo encima.
 
Lo primero que pensé fue, lo voy a escribir en español para que os enteréis todos: “Menuda putada, un español entrenando en Portugal y que solo habla francés”. Podéis imaginaros el drama. Sonreí cuando pensé que comunicarse en francés tiene su encanto, sin embargo, se me torció la mueca cuando reflexioné sobre el nivel deportivo de mi nuevo país con respecto a España.
 
Nuestro último Roland Garros lo ganó Noah en 1983, mis vecinos del sur llevan 14 desde entonces. Pensé en el Tour, y me di cuenta que Hinault fue campeón en el ’85 y a partir de entonces los españoles han ganado 10. Reflexioné sobre el fútbol de selecciones, observé con júbilo que habíamos sido campeones del mundo, pero los hispanos también. Además llevaban 3 Eurocopas por 2 nosotros. Me entró la depresión cuando a nivel de clubes vi que España había ganado 15 veces la Champions (Copa de Europa), y la última y única de Francia la consiguió el Olympique en la temporada 92/93.
 
Abrí una botella de Perrier para pasar el trago y recapacité sobre el baloncesto; desolador. A nivel de selecciones España ha sido campeona del mundo, nosotros no. 3 veces campeones de Europa, nosotros sólo una. Busqué información (aún en francés) sobre los títulos de clubes en la máxima competición, España 12, Francia 1. Aquella que ganó el Limoges en el ´93, encima jugaba feo, feo, feo. No había suficiente Prozac en casa.
 
Me dio el subidón al pensar en balonmano y ver que habíamos ganado 5 títulos mundiales por sólo dos de los fulanos esos del flamenco y los toros. Ahora bien, cuando cavilé sobre hockey patines, 16 títulos mundiales España, imaginé que a Francia no había llegado tal disciplina. El momento en el que decidí hacerme español e ir a dormir la siesta fue cuando vi que no les cabían los títulos en motociclismo.
 
Ayer me desperté con un fuerte dolor de cabeza, pero tras unos minutos desorientado, comprendí que todo había sido una pesadilla. La cual me ha hecho ser más comprensivo con nuestros “amigos” franceses. No se lo tendré en cuenta la próxima vez que saquen a pasear a los guiñoles o suelten alguna falacia sobre dopaje. Es algo muy duro, por mucho que la Marsellesa tenga letra y la Marcha Real no.

Cuando todos perdemos

A tenor de cómo interpretan los políticos los resultados de las elecciones, los números son absolutamente subjetivos. Según los intereses de cada cual, se traducen en conclusiones difícilmente comprensibles para el resto de los humanos. Los análisis son extraordinarios, nadie pierde. De un modo u otro, todos ganan. “Hemos superado con creces los pronósticos que nos daban las encuestas”. “No hemos conseguido la victoria pero se ha demostrado que somos lo que los votantes necesitan para el cambio”. “No tenemos mayoría absoluta en votos pero nos vale en escaños. Aunque sea sumando los de otros grupos políticos independentistas”.
 
La campaña electoral en Cataluña ha sido un esperpento. Polarizada de un modo atroz por parte de los nacionalismos (el español y el catalán), sin soluciones de ningún tipo e instalados en el inmovilismo los unos. Y sin un proyecto que aporte algo más que la secesión los otros. El resto naufragando en la ambigüedad de la tercera vía sin plasmar propuestas concretas. Ninguna proposición que aclare un panorama complicado.
 
Únicamente los independentistas querían que estas elecciones se plantearan como un plebiscito, los demás grupos políticos rechazaban este planteamiento pero todos terminaron jugando a lo mismo. Una consulta plebiscitaria nunca se puede analizar en número de escaños y sí en número totales de votos. Porque, por ejemplo, cuesta el doble conseguir un concejal en Barcelona que hacerlo en Lleida. Por lo tanto, los secesionistas ganaron las elecciones pero no el referéndum encubierto que ellos quisieron llevar a cabo aprovechando las elecciones autonómicas.
 
Dicho lo cual, tal resultado no justifica el tancredismo que muestra permanentemente el Presidente del Gobierno. Ni tan siquiera a un miope se le escapa que existe una realidad en Cataluña que no debe ser afrontada de perfil o con la postura que ha presentado hasta el día de hoy el Partido Popular.
 
Es evidente que Artur Mas utilizó el argumento separatista para tapar su mala gestión, ahí están las cifras, recortes en Sanidad o Educación. Aumento de la pobreza, el paro y las desigualdades sociales. Pero no es menos obvio que existe una parte sustancial de la sociedad catalana que no quiere seguir viviendo dentro del modelo actual. Yo no llego a comprenderlo, sencillamente porque no alcanzo a entender el sentido de los nacionalismos, sean estos cuales fueren.  No obstante, soy consciente de que la solución nunca se encontrará en los polos.
 
Estamos abocados a una negociación ante la cual los políticos deberán tener la capacidad y la altura de miras que no han tenido hasta el día de hoy. Ambas partes se verán en la obligación de hacer concesiones, seguramente donde más duela. Puesto que, al día de hoy, estamos en lugar en el que todos perdemos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 1 de octubre de 2015

El oro de la fe


Yo no creía, podría decir lo contrario, aprovechar la oportunidad y jugar con el ventajismo que veo ahora en algunos. Esos que hoy nos llaman agoreros y demás calificativos parecidos. Como si creer que España no iba a ser campeona de Europa supusiera por mi parte (así como por la de aquellos que pensaban como yo y lo siguen admitiendo) un acto de deslealtad o el deseo oculto de un descalabro. Siempre piensa el ladrón que todos son de su misma condición.

A la vista del resultado final, no sé tanto de esto como imagino; pero, inicialmente, analizando hechos objetivos, nada hacía pensar que España ganaría la medalla de oro. Por delante había dos o tres selecciones con mayores recursos. No vi al equipo nacional más allá de los cuartos de final que nos enfrentaron contra Grecia, rival que llegaba invicto a la cita. Si bien es cierto que este equipo suele crecer jornada a jornada en los grandes campeonatos, la primera fase dejaba poco lugar a la esperanza. Aún más teniendo en cuenta, a diferencia de otras ocasiones, las notables ausencias de Ricky Rubio, Calderón, Navarro o Marc Gasol. Algo también habrán tenido que ver Sergio Scariolo y su cuerpo técnico en este éxito.

Este ha sido el oro de la fe. De la fe de once jugadores que decidieron seguir sin condiciones al mejor jugador español de todos los tiempos. Un tipo que ha adquirido una dimensión hasta ahora desconocida en un evento de estas características. Nunca resulta fácil individualizar en un deporte de conjunto, suele menospreciar el trabajo del resto. Pero la transcendía que ha tenido Pau Gasol en este campeonato supera cualquier precedente en la historia reciente del baloncesto.

Se echó el equipo a las espaldas como si tuviera la capacidad física de hace 10 años, se cargó de la responsabilidad a la que nunca ha virado la cara y su ejemplo fue más allá de los puntos, rebotes y tapones. Pero no fue sólo eso, fueron sus gestos de rabia y furia. Sus golpeos en el pecho reivindicando, no su figura, sino el respeto que se ha ganado la selección española a lo largo de todos estos años y que parecía estar en entredicho. Jamás se puede subestimar el corazón y el talento de un equipo campeón. Y más si en él juega alguien como Pau Gasol.

Andrés Montes le llamaba “E.T.”, nunca un humano se pareció tanto a un extraterrestre.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de septiembre de 2015