jueves, 17 de septiembre de 2015

Descansa en paz, Pepelu


Los obituarios, con frecuencia, tienden a magnificar la talla del personaje en cuestión. Quizás estén afectados por una épica que no siempre se ajusta a la realidad. Posiblemente por esa debilidad que tiene el ser humano de elogiar a los que nos dejan. Como si las hazañas que esos llevaron a cabo fuesen aún más loables y los errores cometidos se vieran minimizados por el hecho de morir. De tal manera que la realidad siempre queda distorsionada. Este no va a ser el caso.
Escribo con la tristeza de quien le conoció, aunque no con la suficiente profundidad, pero sí con muchos lazos comunes. También lo hago con la prudencia y consideración que se debe mostrar por quienes fallecen.
De José Luis Pérez Canca siempre me llamaron poderosamente la atención tres cosas: su capacidad competitiva, su sonrisa y su naturalidad. La primera de ellas, me consta con absoluta certeza, la trasladó de la cancha de balonmano a las consultas oncológicas. A diario convencido de ganar esa desigual lucha, hasta el último momento seguro de que saldría adelante como muchas veces antes lo había hecho sobre un campo. Sin apenas queja y con la actitud del que no está acostumbrado a perder.
Sonreía en el campo con la misma sencillez que tenía fuera de él. Como si la confianza en sí mismo le permitiera ese pequeño privilegio que sólo está destinado a los elegidos. Cuando Andrés Montes narraba baloncesto siempre decía gritando: “¿Por qué todos los “jugones” sonríen igual?”. Canca era un “jugón” de la pelota pequeña.
Pero lo que más me gustaba era su naturalidad, y no hablo sobre su estilo de juego. Me refiero a su comportamiento fuera de la pista. Sencillo, siempre cercano, nada afectado, cariñoso, alejado de la soberbia que tienen muchas estrellas, y él era una de ellas. De diez.
Seguramente morirse nunca sea justo. Leí en algún sitio, a propósito de su fallecimiento, que debería estar prohibido por ley morirse teniendo hijos pequeños. No puedo estar más de acuerdo. Pero también tendría que estarlo cuando tienes casi otro tanto por vivir y mucho por hacer. Descansa en paz, Pepelu.
Publicado en La Nueva Crónica el 17 de septiembre de 2015

El ser humano


Hemos fracasado, y con estrépito. Nos hemos convertido en el animal más despiadado que habita sobre la tierra. Nos decimos racionales y demostramos a diario una crueldad pavorosa. El ser humano es una decepción en sí mismo. Tan triste como real.
La insoportable fotografía de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que encontró la muerte a orillas de la playa turca de Bodrum, ha conmocionado al mundo. Consiguió que se nos removieran la conciencia y las tripas. Una vez más, ha tenido que suceder una catástrofe en Europa para abrir los ojos ante una guerra que lleva más de cuatro años desangrando Siria.
A buen seguro, ha habido cientos de fotografías no tomadas que hubieran reflejado la tragedia que se vive en ese país y en otros muchos asediados por la muerte; la que provoca la guerra y el hambre. Imágenes esas que nunca veremos y ni tan siquiera llegaremos a imaginar. Mejor así, nuestras conciencias podrán descansar tranquilas.
Guerras alentadas y patrocinadas por occidente, intereses geopolíticos que superan el límite de la decencia. Todo vale mientras se gane dinero al precio que sea y la cosa pille lejos, no vaya a salpicarnos.  
Dirigentes políticos que se reparten a refugiados como si fueran piezas de un juego de mesa. Incapaces, inútiles y egoístas, siguen empeñados en la idea de poner puertas al campo. Solo hay que recordar las palabras de David Cameron en referencia a los refugiados: “ese enjambre”. Como si los cientos de miles de desplazados recorrieran a pie por simple antojo los 3.500 kilómetros que separan Siria de Centroeuropa. Los 240 mil muertos no tuvieron tanta “suerte”.
Los políticos piensan que la solución se encuentra aquí y no en sus lugares de origen. Cada día resulta más evidente que no somos iguales. Nacer a un lado u otro de la alambrada determina buena parte de nuestro futuro.
Después está la gente, los ciudadanos de a pie. Los que queman los centros de acogida y los que agreden brutalmente. También están los otros, los que se prestan a dar cobijo en sus casas.
A esta última esperanza toca agarrarse, es la única oportunidad de salvarnos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 10 de septiembre de 2015