domingo, 23 de agosto de 2015

Los que se quedaron atrás


Me he ido dejando algunas cosas a lo largo del camino. Fui prescindiendo de otras que, con el paso del tiempo, entendí que no me hacían falta. Los años han acrecentado exponencialmente mi sentido práctico de la vida, ha sido tal el aprendizaje que hace mucho tiempo que no echo en falta mi tan preciada cabellera, casi el mismo que hace que me río de su ausencia.

Tenemos una obsesiva tendencia a acumular, resulta compulsivo en muchos casos. Apilamos ropa, decenas de aparatos que no precisamos o televisores que repartimos por casa como si fuéramos a montar un Hard Rock. Tenemos más de lo que nos hace falta y mucho menos de lo que necesitamos. Vivimos más pendientes de lo que puedan pensar los demás sobre nosotros, que de nuestra propia opinión.

No recuerdo desde cuando, pero a mí únicamente me enriquece acumular experiencias. Disfruto mucho más con las buenas, pero la vida te muestra que las malas son imprescindibles. Al fin y al cabo, son las que te enseñan a apreciar los pequeños momentos que te brinda la vida.

Tuve amigos que imaginé infinitos, de esos a los que siempre se puede recurrir cuando vienen mal dadas. Alguno de ellos se quedó atrás, quizás porque aceleré el paso o simplemente porque se cansaron de caminar a mi lado. En estos casos, nunca uno yerra al completo ni se ve asistido incondicionalmente por la razón. Esto también te lo enseñan los años, enorme tragedia la de no "descumplir" para minimizar los errores.

Todos cambiamos, las circunstancias nos modifican, nada permanece eternamente. El éxito reside en aceptarlo y amoldarse a esa transformación. Erramos más de lo que acertamos, aunque nos empeñemos en asegurar lo contrario.  Y casi siempre queda un poso de orgullo que evita apagar los rescoldos. Lo queramos o no, nunca vuelve a ser como antes; si acaso diferente.

Por aquellos que ya no caminan a mi lado y por las confidencias que desde hace tiempo no nos contamos. Aún, de vez en cuando, me acuerdo de ellos.