domingo, 12 de julio de 2015

Gracias, portero


Solo, como cuando se enfrentó en infinitos mano a mano, así estuvo en la sala de prensa. No le debió resultar especialmente extraño; su profesión le acostumbró a ello. Mucho más cerca de la crítica que del halago, porque siempre ha tenido mayor repercusión marcar un gol que evitarlo, o encajarlo que fallarlo.
16 años después, y con 19 títulos a sus espaldas; se despidió, de la manera más triste posible, un mito del madridismo y un icono del deporte español.
Somos un país particular, acostumbramos a encumbrar a nuestros deportistas con la misma facilidad que los humillamos. A glorificarlos y llevarlos al infierno con un minuto de distancia. Casi siempre adocenados por "pesebreros".
Casillas ha sido el más grande de los porteros que ha dado este país, y aunque sus últimos años disten de sus mejores épocas, el acoso y desprecio al que ha sido sometido durante los últimos años resulta intolerable. Se le ha faltado al respeto, se le llamó topo y chivato, como si toda esa fauna que se volvió en su contra estuviera a diario dentro del vestuario del Real Madrid. Se le llamó pesetero, como si todos esos apasionados madridistas fueran a renunciar al finiquito, o al contrato firmado que tuvieran en su empresa, si esta quisiera despedirlos. Es lo que tiene ser el país de los chismes.
Ni un gesto a reprochar ni una palabra fuera de lugar, errores unos cuantos, porque los años pesan y porque el acecho se convirtió en persecución. Y, seguramente, porque resulta imposible mantener el nivel al que nos acostumbró.
Llegó un momento en el que eras de Casillas o estabas contra él. Y a mí, que no me gusta el fútbol más que media docena de partidos al año, me resultó repelente tanta fobia.
No conozco a Casillas, nunca me fui a cenar con él ni me contó ningún cotilleo, pero he tenido la suerte de estar en unos cuantos vestuarios, y muchos de los de fuera creen saber más de lo que ocurre.