lunes, 27 de abril de 2015

Despreciablemente inmunes

La sociedad actual afronta diariamente retos extraordinarios, muchos de ellos de difícil remedio, ya sea por la complejidad de la cuestión en sí misma o por la falta de voluntad de nuestros gobiernos para encontrar una solución.

La inmigración es uno de esos terribles conflictos; dramático y desgarrador. La tragedia sucedida en aguas libias, donde han muerto más de 700 inmigrantes que buscaban desesperadamente la costa italiana esperando encontrar una vida mejor, ha situado este drama en el centro del debate europeo.

La conjunción cantidad y ubicación nos ha hecho tomar conciencia de la tragedia. Si en lugar de morir más de 700 personas hubieran fallecido siete, la prensa no hablaría del mismo modo y las instituciones europeas no se movilizarían. Sencillamente hubiera sido una tragedia más, como las muchas que suceden casi a diario en las costas del sur español. Tan habituados estamos a ello que la cotidianidad nos ha hecho despreciablemente inmunes.

Si hubieran muerto más de 700 personas cerca de las playas de Dakar o en el mar Rojo, aunque la motivación que les hubiese impulsado a escapar de sus países de origen fuera la misma, nos cogería tan lejos y nos veríamos tan poco vulnerables que apenas prestaríamos atención.

Oyendo a algunos iluminados, uno tiene la impresión de que estas personas se arrojan en brazos de la incertidumbre por mero afán aventurero. Cuando realmente existen pocos dramas equiparables a tener que dejar tu tierra y a los tuyos porque la guerra, el hambre y la certeza de la muerte te empujan a ello.

La angustia y la desesperación hacen al ser humano capaz de todo. Capaz de invertir mucho más de lo que tiene en busca de un futuro mejor, como si al llegar a las costas europeas fuéramos a recibirlos con fanfarrias y tambores. Y partir de ahí todo fuesen días de vino y rosas.

A un lado la guerra y la miseria, al otro la indiferencia de los países europeos que bastante tienen con sus problemas cotidianos, que no son pocos, dicho sea de paso. Y entre medias las mafias, que trafican con el tormento, el miedo y el dolor. Repugnante y detestable.

Europa debe dar una solución conjunta a un problema global, pero por lo que supone el drama en sí mismo; no simplemente por ver amenazada su zona de confort o sus recursos.

No soy especialista en la materia, pero de lo que estoy seguro es que la solución no la vamos a encontrar subiendo las vallas, poniendo concertinas en las mismas o lanzando pelotas de goma. Nada detiene a un ser humano desesperado.


Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de abril de 2015