viernes, 17 de abril de 2015

Volver a ser niños



La memoria es caprichosamente selectiva, además de frágil. Las experiencias traumáticas se atenúan con el paso del tiempo y cualquier recuerdo sufre modificaciones irreversibles. Es un proceso inevitable pero, obligatoriamente, deberíamos tener evocaciones que permanecieran en nuestra retentiva de modo indeleble. Especialmente las relacionadas con nuestra niñez.
 
El otro día observaba detenidamente a una de mis sobrinas en el momento en que llegaba al salón su tarta de cumpleaños. Di dos pasos atrás mientras los demás sacaban fotos y aplaudían. Examiné su expresión, cómo abría los ojos y sonreía avergonzada y orgullosa a la vez.
Reparé por un segundo en los globos que adornaban la sala, eso fue antes de que llegaran los regalos. Aunque el más importante estaba desde el día anterior en la terraza, era una bicicleta.
No le gustó que sus primos se sentaran junto a ella en el momento de soplar las velas e hicieran que estas se apagaran con un soplido conjunto. Cómo cambia el cuento, cuando te cansas de soplarlas, pones a tus hijos, sobrinos o nietos en tu regazo para que te ayuden a apagar la llama.
La comprendí en cierto modo y me intuí a mi mismo muchos años atrás, escarbé en mi memoria cuanto pude hasta que la frustración venció al deseo. Y en ese momento llegué a la conclusión de que esos recuerdos deberían permanecer por siempre en nuestra memoria, para entender a nuestros pequeños y para, de vez en cuando, volver a ser niños.

Ni lo que nos cuentan

Solo sabemos lo que nos cuentan, y desconocemos si cuanto nos dicen es cierto. Con frecuencia, puesto que nos han convertido en unos descreídos, desconfiamos de todo lo que oímos.

En los últimos años se han producido muchas series sobre política pero, a mi juicio, ninguna como “House of cards”, protagonizada de modo magistral por Kevin Spacey.

Recientemente he terminado de ver la tercera temporada y, como en las dos anteriores, cada capítulo me ha llevado a una constante reflexión sobre la democracia actual y los seres humanos.

Si no ha visto la serie y prefiere sacar sus propias conclusiones, deje de leer en este momento. Contiene spoiler.

Frank Underwood es un político astuto y sin escrúpulos que llega a ser presidente de los Estados Unidos sin ni tan siquiera presentarse a las elecciones. La evolución del personaje a lo largo de la trama es notable, aunque no deja de formar parte de un proceso lógico.

Extraordinario manipulador gracias a su inteligencia, y a las ansias de poder que tienen sus víctimas; anticipa un par de jugadas todo lo que va a suceder. Provoca desastres controlados que repercuten en su beneficio y camela con falsas promesas a cuantos puedan servirle en el recorrido hacia su propósito. Después no tiene reparos en destruirlos o asesinarlos, si llega el caso. Como él mismo asegura: “el camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía”. Maquiavelo debió ser un personaje parecido.

Curiosamente, cuando llega a la Casa Blanca se vuelve más predecible y se ve sorprendido con una frecuencia inusual hasta entonces. Por el contrario, su poder de seducción queda aparcado, pierde toda la gracia, y muestra su lado autoritario y despiadado. Es un tipo despreciable que ni buscando la palabra honestidad en el diccionario sería capaz de entender su significado.

Aquí una de las sentencias que le retratan: "¡Qué desperdicio de talento! Él eligió el dinero en vez del poder, un error que casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia".

Tiene frases lapidarias, pero me quedo con este diálogo con Claire, su mujer, la cual merece capítulo aparte.

“Hemos mentido durante mucho tiempo, Francis”, dice ella. “Por supuesto, imagínate lo que pensarían los votantes si ahora empezáramos a decirles la verdad”.

Podemos apostar que la ficción no difiere en absoluto de la realidad.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de abril de 2015