sábado, 21 de marzo de 2015

Nunca es como nos cuentan

Nos hablaban del cambio casi de modo apocalíptico, nos ponían en situación, nos explicaban las muchas diferencias que había entre la sobreprotección del colegio, donde si cogías una gripe se enteraba hasta el conserje, y el “ya puedes espabilar” del instituto; donde podías tardar tres meses en regresar a clase tras ir a buscar un compás.

Se oían historias sobre “el matadero”, aquella aula enorme en la que nos examinaban en las grandes ocasiones. Lo describían de tal modo que, en lugar de contestar a unas preguntas, parecía que nos fueran a despellejar como a conejos. No era literal, pero alguna vez casi lo pareció.

En el instituto nació nuestro lado reivindicativo, algunas veces con argumentos y compromiso, otras con el pretexto de perder unas clases disfrazado de protesta. Nos valía la Guerra del Golfo o que no hubiera calefacción durante un par de días; teníamos una inusitada capacidad para equiparar conflictos.

También despertó la irreverencia que vivió aletargada durante el colegio. Como cuando María Antonia, aquella peculiar profesora de música, le dijo a Petete que cogiera la puerta y se largara de clase. A lo que este respondió de modo literal, la sacó de las bisagras y se fue caminando pasillo adelante con ella bajo el brazo mientas la profesora le gritaba desgañitada: “¿pero qué haces?, animal ¿qué haces?”. “Lo que usted me ha dicho”, respondió el bueno de Petete sin girarse, no fuera a ser que golpeara a alguien. No se podía decir que no tuviera razón.

Incluso, llegamos a tener nuestro particular modo de vengarnos. Como cuando votábamos el premio limón, este debería haber sido ex aequo en varias ediciones. Parecía que alguno empezaba el curso con el propósito de que nadie se lo quitara. De aquellas fiestas, y de sus consecuencias, habrá que hablar en otro momento.

Al final, cuando uno termina su periplo en el instituto se da cuenta de que nada fue como se lo contaron, simplemente fue como lo vivió.