viernes, 20 de marzo de 2015

Que no suban más las tapias

Aunque las puertas estuvieran cerradas con una cadena y su correspondiente candado, el metro y medio de altura que tenía el vallado era una invitación a entrar.

Era habitual que en aquel patio se organizaran buenas pachangas de baloncesto, y eso que los aros eran prehistóricos, Lorenzo ajusticiaba sin compasión los meses de verano y el piso estaba próximo a ser cemento pulido.

En lugar de huir de aquel patio de instituto, hastiados de tanto análisis sintáctico, logaritmo neperiano y lógica matemática, regresábamos casi todas las tardes buscando a alguien que hubiera llevado un balón, por muy ahuevado que este estuviera.

En la pista de arriba, la de “futbito”, también era frecuente encontrar a una docena de chavales dando patadas a un balón.  

El patio del instituto era un patio como el del colegio, construido con idéntico propósito, aunque los habitantes fueran bien distintos. Únicamente se precisaba del primer trimestre de bachillerato para adaptarse al medio.

Resulta curioso, allí todo y todos estábamos a la vista, pero escondía muchas miradas furtivas y sonrisas de complicidad. Infinidad de secretos habrán quedados allí guardados, como los que se llevó Marne una maldita noche de invierno.

El patio representaba la libertad, la tentación de no regresar a clase, ante la que sucumben con frecuencia los débiles de espíritu, como yo. También era el lugar en el cual los macarras se movían libremente, donde los amores incipientes se perseguían con disimulo o donde se forjaron amistades inquebrantables.

Soy muy de patios, son el inicio de muchas cosas. Que no suban más las tapias, que nos hemos hecho muy mayores para saltarlas. 

Estamos de atar

Póngase en situación, aunque le advierto que no le va a resultar fácil. Usted tiene una casa de planta baja en la que vive tranquilamente desde hace más de 40 años y, de buenas a primeras, ve como, con cierta frecuencia, le arrojan pizzas sobre el tejado de su morada mientras inmortalizan el momento.

Esto, tal cual suena, le está ocurriendo a los propietarios de la casa que habitaba Walter White durante la serie Breaking Bad. En el segundo episodio de la tercera temporada, el protagonista, acompañado de una pizza gigante, llega a su casa con el propósito de reconciliarse con su mujer. Esta se niega a dejarle entrar, y él, en un ataque de furia, decide lanzar la pizza sobre el tejado de la casa.

Albuquerque, ciudad de Estados Unidos donde se desarrolla la serie y en la que tuve la suerte de vivir durante los primeros meses del año 2000, se ha convertido en lugar de peregrinación para muchos de los seguidores de White y Pinkman.

Acuden allí con la intención de visitar lugares emblemáticos de la trama. La ciudad recibe de buen grado al visitante, puesto que el turismo se ha disparado gracias a la repercusión que ha tenido la que muchos consideran la mejor serie de la historia, me incluyo entre ellos. Ahora bien, lo de la pizza ya nos les hace tanta gracia. Y a los dueños de la casa menos.

Es acongojante lo mal que está el personal. Te gastas un dinero en coger un avión para viajar a Albuquerque, alojarte allí y alquilar un coche. Decides contextualizar personalmente lo ocurrido durante la serie y, en un alarde de ingenio, te acercas a la pizzería más próxima a comprar la pizza más grande que hay y, en lugar de comértela, la arrojas sobre el tejado de una casa. Hay que ser imbécil. Espero que al menos caiga boca arriba, como en la serie.

Esto no se le pudo ocurrir a varios lumbreras a la vez, me niego a pensar que más de uno, según estaba viendo el capítulo, dijera: “Cómo me gustaría lanzar una pizza sobre el tejado de esa casa”.

Después de escribir esto, hasta me parece normal que el pijama que usa Belén Esteban en la casa de Gran Hermano se agotara. Estamos de atar.


Publicado en La Nueva Crónica de León el 18 de marzo de 2015