miércoles, 16 de diciembre de 2015

BA-LON-CES-TO


Ayer anduve apurado terminando de preparar la estrategia que vamos a utilizar el sábado contra el Porto de mi amigo Moncho López. El baloncesto, como siempre, será comprensivo y entenderá que estas líneas se las dedique el día después de cumplir 124 años.
Cuando de pequeño no acudía a la llamada de mi madre, la cual salía con frecuencia a la ventana del salón gritando mi nombre, terminaba por ir a buscarme al patio del colegio San Claudio. Aquel que marcó mi infancia y probablemente mi vida. En él solo había canastas, ya fueran de baloncesto o mini básquet. Las únicas porterías que recuerdo eran aquellas que estaban dibujadas con tiza en las paredes del patio cubierto. Pasé mi infancia y buena parte de mi adolescencia en aquel patio que hoy está protegido por una valla que lo hace parecer un presidio. No solía frecuentar los recreativos que tan de moda estaban entonces, prefería imaginar que era Fernando Martín (bendita inocencia) y machacar en las de mini porque las grandes me acercaban a mi verdadera realidad.
Allí siempre había gente, con frío y lluvia, poco nos importaba aquello. Tampoco nos incomodaba que los balones estuvieran desgastados o ahuevados debido a las patadas que liberaban la frustración de nuestro gen competitivo. Era lo que había, y con ello disfrutábamos.
Quise ser jugador profesional, pero el sentido común me advirtió de que aquel sueño era imposible. Y como casi siempre ocurre en la vida, una cosa lleva a la otra. El desengaño me condujo a encontrar mi vocación, aunque no siempre haya sido fiel a la misma.
El baloncesto me ha hecho como soy y al le debo lo que tengo. Y no hablo de lo material, estoy muy lejos de haberme hecho millonario con ello. Me enseñó la pasión, aquella que Paramio nos transmitía en el colegio. El sentido de la responsabilidad, del trabajo en equipo, del esfuerzo por superarte a ti mismo con el objetivo de vencer al rival. Me mostró la disciplina, la ética, la estrategia, el miedo a perder y la enseñanza de la derrota. Me dijo que de ganar no se cansa uno pero que se aprende menos que de caer vencido. Me inculcó la nobleza del vestuario, la obligación de mirar a los ojos para decir las cosas como crees que son a la espera de que alguien te muestre que estás equivocado. Me explicó que la autocrítica es imprescindible y que la crítica es necesaria aunque casi siempre duela.
Me ha llevado a ciudades que jamás imaginé conocer y me ha proporcionado la posibilidad de vivir en lugares increíbles. Me ha enseñado culturas, costumbres y gastronomía de la buena. Porque la gente del básquet sentimos aprecio por la buena mesa que viene acompañada de una excelente charla. Esa que te ofrecen los amigos que has hecho a lo largo de tantos años, que son los mismos que te han permitido conocer todas esas ciudades y aprender la importancia de todos esos valores.
El baloncesto es inmensamente grande en sí mismo, pero parte de esa grandeza reside en todas las personas que lo componen. Gracias, profesor Naismith.
NOTA: Obviamente, ni el baloncesto ni quienes lo formamos somos perfectos. ¿Y quién lo es?

Motadelo y Gollum

“¡Mortadelo!”. “Sí, tú, no te hagas el loco”. A pesar del momento de tensión que vivía durante el partido, terminé por girarme hacia la grada ante tanta insistencia, no pude menos que reírme. El tipo tenía su gracia, además de la ingeniosa (acertada o no) comparación, el acento canario dotaba al símil de mayor agudeza. Me pasó siempre que dirigí un partido en el Santiago Martín de La Laguna. Igual que le ocurría, no sé en la actualidad, a Moncho Fernández, al cual llamaban Harry Potter con repetido empecinamiento.
En un campo de baloncesto me han llamado de todo menos bonito, pero nunca me dijeron Mortadelo. Tal gracia me hizo el mote que, al final del partido, terminé por ir a saludar al sujeto en cuestión. Tardó poco en reaccionar, el tipo era rápido. Casi vino a decirme que él hacía su trabajo, no pude menos que estar de acuerdo. En las sucesivas ocasiones que allí me presenté, cuando me giraba al oírle, el hombre arqueaba las cejas, encogía los hombros y esbozaba una pícara sonrisa. Si alguna vez regresará a aquel campo, no oírle gritar Mortadelo me resultaría extraño.
Por lo visto, a Erdogan, presidente de Turquía, no deben hacerle tanta gracia como a mí las comparaciones. Recientemente, un médico turco realizó un montaje en el que le comparaba con Gollum, aquel hobbit del El señor de los anillos que en su versión más amable era conocido por Smeagol. Ahora, Bilgin ÇiftÇi, que es como se llama el doctor, está suspendido para ejercer su profesión y se enfrenta a una pena de dos años de cárcel. En Turquía insultar a una figura pública está considerado delito; y tal es la transcendencia del asunto que el juez ha decidido crear una comisión de expertos para dilucidar si el citado Gollum es bueno o malo. Al parecer, su señoría no ha visto toda la saga y no se ve facultado para tomar una decisión al respecto. El grupo de versados lo componen académicos, especialistas de cine y psicólogos. Antología del disparate.
Es tal el absurdo que hasta el propio Peter Jackson, responsable de la adaptación de los libros de Tolkien al cine, se ha visto obligado a emitir un comunicado firmado junto a los guionistas de la historia tratando de exonerar al médico. También Elijah Wood, el actor que protagoniza a Frodo, se ha pronunciado calificando de horrible la situación a la que se enfrenta ÇiftÇi.
Tengo la certeza de que Turquía tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse, y no son pocas. Indudablemente, estoy muy lejos de tener la talla de personaje público. En cualquier caso, a mí no me hizo falta llamar a Ibáñez. Mejor nos iría si nos riéramos con más frecuencia de nosotros mismos.
Publicado en La Nueva Crónica el 10 de diciembre de 2015

De estudio

Esta columna no le va a gustar nada a mi amigo el del burladero, me acusa de una subjetivad que únicamente le resulta objetivaba cuando escribo algo con lo que coincide. En cualquier caso, siempre resulta más divertido discutir con él, lo contrario se convierte en previsible y un poco ñoño. Me cuesta pensar que hoy no vaya a estar de acuerdo, aunque cada uno de nosotros es tan objetivo como nos permite nuestra subjetividad.
 
Ahí voy. No tengo la menor duda de que Mariano Rajoy será personaje de estudio en las mejores universidades. No hay ni un ápice de cinismo e ironía en lo que digo, me explico: decidió incumplir la gran mayoría de sus promesas electorales. Subieron el IVA, el IRPF, redujeron el poder adquisitivo de los pensionistas, hicieron recortes en educación y en sanidad, e implantaron el Copago. No subieron la ayuda a la dependencia, al contrario. Abarataron el despido, quitaron la deducción por vivienda y subieron la luz. Rescataron a la banca cuando habían asegurado no hacerlo, tiraron de eufemismo para disfrazar la amnistía fiscal que dijeron que jamás llevarían a cabo, prometieron descender el paro a la mitad y nunca quejarse de la herencia recibida. En cada una de ellas, justo todo lo contrario a la palabra dada.
 
En 2012 decidió que no se celebrara el debate sobre el estado de la nación. Dio ruedas de prensa a través de plasma para “explicar” los graves casos de corrupción que afectan de manera sistemática a su partido. Nos amordazó con la nueva ley de seguridad ciudadana y ahora rechaza debatir con el resto de candidatos porque “objetivamente es el político que más veces ha debatido en este país” y “porque va a hacer lo que se ha hecho toda la vida en España. Debatir con el PSOE”. Además dice que él tiene que estar en otras cosas, en la tarea de gobernar, que eso lleva su tiempo. El mismo que no le falta para ir a una emisora de radio a comentar un partido del Real Madrid en la Champions, jugar al dominó con unos jubilados en Olmedo o comerse unos mejillones al vapor en casa de Bertín Osborne después de echar una partida al futbolín.
 
En cualquier país con una cierta higiene democrática, el gobierno, a pesar de su aplastante mayoría, no hubiera agotado la legislatura. Por el contrario, ha sido la más larga de la democracia. Gana los debates sin asistir a ellos y  las encuestas, aun acusando un importante descenso, le vuelven a situar como ganador en las próximas elecciones generales.
 
Rajoy, al igual que ocurrirá en el debate que organiza Antena 3, brilló por su ausencia en el que realizó El País el pasado lunes. Quizás era el único modo que tenía de hacerlo, o quizás no. El 20 de diciembre saldremos de dudas; las universidades se frotan las manos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 3 de diciembre de 2015

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Donde nos corresponde



Fue el 5 de julio de 2012 pero parece que ha pasado un siglo. Languidecía lentamente sin que apenas fuéramos conscientes de ello, quizá porque pensábamos que nunca protagonizaríamos el cuento del lobo. Probablemente fue demasiado tarde cuando poco más de 1.000 aficionados salimos a la calle reclamando que Baloncesto León continuara vivo. Con absoluta seguridad, la solución nunca estuvo en nuestras manos.
Agosto de aquel año fue extraño, poco o nada se habló de baloncesto en nuestra ciudad. No hubo rumores ni fichajes ni campañas de abonados. Septiembre fue duro, muy duro. Era pasar por delante del Palacio y recordar decenas de tardes gloriosas que jamás se volverían a vivir, al menos bajo la denominación que conocimos durante 30 años. La memoria no recordaba la última vez que Baloncesto León no estuvo en un calendario de la LEB Oro o de la ACB.
Aquel club forma parte de nuestros recuerdos colectivos, los mismos que se agolpan en nuestras mentes: épicas victorias, descensos, ascensos, el Palacio a rebosar, invasiones de pista, dulces destierros, nombres de mitos que los tomamos como propios, gestos de felicidad y más de una lágrima.
Siempre fue especial pisar la pista del Municipal como visitante, era una semana diferente, llena de reminiscencias, de sentimientos encontrados. Con la sensación de sentirte un extraño en tu propia casa, aunque había algo agradable en todo aquello. Reconocía rostros e intercambia cómplices sonrisas, escrutaba la cancha donde jugué como júnior de Elosúa y sentía una cierta nostalgia antes de abandonar aquel pabellón.
El próximo será el cuarto verano sin baloncesto de élite en nuestra ciudad, demasiado tiempo para un lugar con enorme tradición y hambre de canastas. Entrenar profesionalmente siempre fuera de León me ha proporcionado una perspectiva que me aleja de los recelos que pueden existir entre unos y otros; esos mismos que no me fueron ajenos en el pasado. Es momento de dar un paso al frente y asumir que una ciudad como la nuestra no puede prescindir de un deporte que nos ha dado tanto.
No soy nadie para exigir nada, y menos aún cuando lo vivo desde el extranjero, pero los aficionados merecemos que la gente del baloncesto leonés vuelque sus esfuerzos en devolvernos al lugar que jamás debimos abandonar.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de noviembre de 2015