lunes, 16 de noviembre de 2015

Ni una menos


Voy a andar con pocos rodeos. Será una columna dura, sin miramientos ni contemplaciones, intuyo que a ratos desagradable. Considero que el asunto lo requiere. Leía hace unos días la siguiente sentencia: “El orden de los factores, a veces, altera el producto. Suicídate primero y después, si puedes, la matas”. La podría hacer propia. Sin embargo, lo que sucede es que muchos de esos “hombres”, tras asesinar, no tienen el suficiente valor como para quitarse la vida, su cobardía prefiere dejarlos malheridos.
Siento un profundo deprecio por esta calaña, porque no existe nada, no que justifique algo semejante, sino que ayude a comprender la mente de este tipo de animales. Despreciables, faltos de nobleza, para los que no se encuentra castigo suficiente ni penas que consigan redimir sus repugnantes actos.
Seguramente sientan que la mujer es una más de sus propiedades. Entenderán que nunca se puede aceptar un no por respuesta, que las decisiones no se comparten, que el respeto lo infunde el miedo y no el cariño, y que es mejor ser temido que amado. 2.000 años de evolución para comportarse como cavernícolas.
Podemos tener la certeza de que no se emplean los suficientes medios para evitar estos asesinatos. Y que por más que se utilizaran todos los recursos disponibles, siempre puede haber un eslabón de la cadena que se rompa. Aunque ello no puede suponer nunca una disculpa para no desplegarlos. De todos modos, esta jamás será la solución al problema. La cuestión es mucho más compleja.
Aún vivimos en una sociedad cargada de estereotipos, ausente de la educación que impediría que estos sucesos ocurrieran. Si todos fuéramos formados desde bien pequeños dentro de unos valores que ponderaran la igualdad, el respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Si recibiéramos una cultura, casi siempre vivida en nuestras casas, que nos llevara a entender que las mujeres tienen derecho a dejarnos o a decir que no. A olvidarnos porque dejaron de querernos, a decidir, a trabajar o a tener vida social. Si esto fuera así, sin duda alguna, hoy no hablaríamos de ello.
Ni una menos. Ni una vez más: “La maté porque era mía”. Ni tan siquiera en la canción de Platero y Tú.
Publicado en La Nueva crónica de León el 12 de noviembre de 2015

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