viernes, 17 de abril de 2015

Volver a ser niños



La memoria es caprichosamente selectiva, además de frágil. Las experiencias traumáticas se atenúan con el paso del tiempo y cualquier recuerdo sufre modificaciones irreversibles. Es un proceso inevitable pero, obligatoriamente, deberíamos tener evocaciones que permanecieran en nuestra retentiva de modo indeleble. Especialmente las relacionadas con nuestra niñez.
 
El otro día observaba detenidamente a una de mis sobrinas en el momento en que llegaba al salón su tarta de cumpleaños. Di dos pasos atrás mientras los demás sacaban fotos y aplaudían. Examiné su expresión, cómo abría los ojos y sonreía avergonzada y orgullosa a la vez.
Reparé por un segundo en los globos que adornaban la sala, eso fue antes de que llegaran los regalos. Aunque el más importante estaba desde el día anterior en la terraza, era una bicicleta.
No le gustó que sus primos se sentaran junto a ella en el momento de soplar las velas e hicieran que estas se apagaran con un soplido conjunto. Cómo cambia el cuento, cuando te cansas de soplarlas, pones a tus hijos, sobrinos o nietos en tu regazo para que te ayuden a apagar la llama.
La comprendí en cierto modo y me intuí a mi mismo muchos años atrás, escarbé en mi memoria cuanto pude hasta que la frustración venció al deseo. Y en ese momento llegué a la conclusión de que esos recuerdos deberían permanecer por siempre en nuestra memoria, para entender a nuestros pequeños y para, de vez en cuando, volver a ser niños.

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