miércoles, 1 de abril de 2015

Que nunca se apaguen las luces

 
No entrené a Lalo ni fui su amigo. Hablé con él un par de veces, las mismas que Juan Manuel Bobis lo llevó, junto a su hermana Cuca, al bar de copas que yo tenía por entonces. Yo aún no era entrenador profesional y Lalo estaba en la recta final de su carrera.
 
Me impresionó, como antes lo había hecho sobre la pista. Allí me había deslumbrado su entrega, su coraje, los huevos que siempre le echó a cada pelota que disputó, a cada partido que jugó. Un ejemplo de que el talento no lo es todo.
 
Aquellas dos conversaciones, en las que el dueño de un local de copas le cuenta a la estrella su sueño de ser entrenador profesional, me ganó. Comprensivo, cercano y contundente. “Si es lo que quieres, vete a buscarlo”, me dijo. Lo mismo que hacía él cada día de partido, ir a buscarlo.
 
La vida, cuando las luces del Pisuerga se apagaron definitivamente, le dio la espalda. Como a otros muchos, aunque a él le golpeó con mucha más fuerza.
 
Muchas veces he reflexionado con dos amigos, un ex árbitro -Miguel Ángel Palenzuela- y un ex jugador -Sergi Grimau-, sobre cómo el baloncesto (y el deporte en general) te abandona abruptamente cuando guardas definitivamente las zapatillas en la bolsa de deporte.
 
Como entrenador, el baloncesto y yo nos hemos abandonado mutuamente. Hubo un tiempo en el que no quise saber nada de él, y cuando volvió a interesarme fue él quien me dejó de lado. Finalmente nos reencontramos, fue una casualidad que no siempre sucede. Pero al menos los entrenadores tenemos esa oportunidad. Puedes ser mayor pero nunca eres demasiado viejo.
 
Los jugadores no tienen esa suerte, su carrera es corta, pueden tener la suerte de estirarla si el cuerpo y la cabeza aguantan, pero no es fácil prolongarla. El deporte te lo da todo durante esos años, después se olvida de uno. Como aquellos que animaban cada tarde de partido en el pabellón y, con el paso del tiempo, te tienen presente como un recuerdo borroso y lejano.
 
No todos están preparados para cuando llega el final, no todos son estrellas que ganan cientos de miles o millones de euros a lo largo de su carrera. Muchos de ellos no saben qué hacer con sus vidas cuando llega ese crucial mes de agosto y se dan cuenta de que nunca más habrá un vestuario en el que compartir secretos. Que la adrenalina de la competición será una vaga reminiscencia y que el público no volverá jamás a corear su nombre.
 
Nunca lo experimenté, pero hablé con muchos que sí lo sintieron. Que pasaron del todo a la nada, que se sintieron vacíos y no tuvieron un motivo ni un objetivo especial por el que luchar al día siguiente. Entre todos nosotros, debemos lograr que, cuando se apaguen definitivamente las luces de un pabellón, se enciendan las de la vida.

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