jueves, 30 de abril de 2015

El forjador de sueños


Conozco a José Enrique Villacorta desde hace muchos años, tantos que no soy capaz de recordar la primera vez que nos vimos. Me he hecho un desmemoriado para los detalles insustanciales, pero no para los importantes. Ahí voy.
Siento un gran afecto por él, seguramente debido a esa personalidad tan próxima y agradable que posee. Es de esas personas que se hacen querer con facilidad.
Como adolescentes, coincidíamos con frecuencia en los lugares típicos de nuestra época. Charlábamos y nos reíamos después de algún chascarrillo, con él presente nunca ha faltado el buen humor. Posteriormente trabajamos en el mismo colegio como monitores del Ayuntamiento de León, él como entrenador de atletismo y yo de baloncesto. Nuestras respectivas pasiones. Esas que nos han convertido en lo que hoy somos.
Después nos seguimos en la distancia, fuimos testigos mutuos de los pasos de cada uno. Yo fui tan infiel que abandoné el baloncesto por una época, algo que jamás hizo él con el atletismo.
Villacorta siempre ha convivido con su pasión, desde que corría de bien joven en las pistas del Hispánico. Constantemente persiguió su sueño. Nunca cedió en su empeño y, desde ese tesón, construyó un club de la nada y moldeó a unos atletas que fueron arrastrados por su contagiosa pasión.
Villa es un luchador, un soñador, un enamorado de la vida, de su gente y del atletismo. Un tipo sano, honesto e integro. Un buen compañero de viaje independientemente de cuál sea el destino. Alguien de fiar y en quien confiar. Alguien al que nadie le ha regalado nada, una persona hecha a sí misma, que siempre ha competido noblemente y ha aborrecido a quien ha hecho uso de las trampas.
Mucho se ha dicho y escrito a lo largo de estos días, cientos de especulaciones, el caldo de cultivo de la sociedad actual. Hubo quien se apresuró inmediatamente a juzgarle, sin respetar la presunción de inocencia. Aunque fuimos muchos más los que nos pusimos inmediatamente de su parte. A ciegas, sin tener constancia de quién y por qué había presentado una denuncia contra él y algunos de sus atletas.
Saltamos a ciegas porque ha sido un derecho que se ha ganado en cada zancada, con cada gota de sudor que ha recorrido su frente. Porque sabemos que el tiempo será el que le dé la razón y refuerce nuestra opinión sobre él.
Villa es un forjador de sueños, de los propios y de los ajenos. No cambies nunca, los que te apreciamos nos sentimos muy orgullosos de cómo eres. Puedes contar con todos y cada uno de nosotros, somos muchos.

lunes, 27 de abril de 2015

Despreciablemente inmunes

La sociedad actual afronta diariamente retos extraordinarios, muchos de ellos de difícil remedio, ya sea por la complejidad de la cuestión en sí misma o por la falta de voluntad de nuestros gobiernos para encontrar una solución.

La inmigración es uno de esos terribles conflictos; dramático y desgarrador. La tragedia sucedida en aguas libias, donde han muerto más de 700 inmigrantes que buscaban desesperadamente la costa italiana esperando encontrar una vida mejor, ha situado este drama en el centro del debate europeo.

La conjunción cantidad y ubicación nos ha hecho tomar conciencia de la tragedia. Si en lugar de morir más de 700 personas hubieran fallecido siete, la prensa no hablaría del mismo modo y las instituciones europeas no se movilizarían. Sencillamente hubiera sido una tragedia más, como las muchas que suceden casi a diario en las costas del sur español. Tan habituados estamos a ello que la cotidianidad nos ha hecho despreciablemente inmunes.

Si hubieran muerto más de 700 personas cerca de las playas de Dakar o en el mar Rojo, aunque la motivación que les hubiese impulsado a escapar de sus países de origen fuera la misma, nos cogería tan lejos y nos veríamos tan poco vulnerables que apenas prestaríamos atención.

Oyendo a algunos iluminados, uno tiene la impresión de que estas personas se arrojan en brazos de la incertidumbre por mero afán aventurero. Cuando realmente existen pocos dramas equiparables a tener que dejar tu tierra y a los tuyos porque la guerra, el hambre y la certeza de la muerte te empujan a ello.

La angustia y la desesperación hacen al ser humano capaz de todo. Capaz de invertir mucho más de lo que tiene en busca de un futuro mejor, como si al llegar a las costas europeas fuéramos a recibirlos con fanfarrias y tambores. Y partir de ahí todo fuesen días de vino y rosas.

A un lado la guerra y la miseria, al otro la indiferencia de los países europeos que bastante tienen con sus problemas cotidianos, que no son pocos, dicho sea de paso. Y entre medias las mafias, que trafican con el tormento, el miedo y el dolor. Repugnante y detestable.

Europa debe dar una solución conjunta a un problema global, pero por lo que supone el drama en sí mismo; no simplemente por ver amenazada su zona de confort o sus recursos.

No soy especialista en la materia, pero de lo que estoy seguro es que la solución no la vamos a encontrar subiendo las vallas, poniendo concertinas en las mismas o lanzando pelotas de goma. Nada detiene a un ser humano desesperado.


Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de abril de 2015

jueves, 23 de abril de 2015

La Liga Ibérica


Que el nivel de las ligas españolas ha bajado considerablemente no es ningún secreto.  Que la ACB no es la de hace media docena de temporadas lo sabe todo el mundo; y que la LEB Oro es una liga que languidece irremediablemente es algo que unos cuantos no quieren ver; aunque sea cierto.
Aquí, en Portugal, ha pasado más de lo mismo, con la diferencia de que el nivel competitivo ya era inferior al que existía en España. En la búsqueda de potenciar el producto nacional, se restringió la contratación de jugadores extranjeros. Únicamente se pueden tener tres por equipo, independientemente de la nacionalidad de los mismos. Es decir, un europeo tiene el mismo status que un estadounidense. La única diferencia se sitúa en el precio de la licencia. Al final, se taparon la cabeza y descubrieron los pies.
En el caso de ambos países se ha producido una disminución de asistencia a los campos, especialmente en la LEB. En este apartado, sobre Portugal cubriremos un tupido velo.
Conocer de primera mano la realidad de ambos países me ha conducido a una descabellada idea: construir una competición Ibérica entre la LEB Oro y la LPB (Liga Portuguesa de Baloncesto). Al estilo de la liga Adriática, que está compuesta por equipos de Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Montenegro, Serbia, Hungría, Macedonia y Bulgaria. La liga Báltica, con clubes de Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia y Rusia. La Balcánica compuesta por equipos de Albania, Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Montenegro, Rumanía, Serbia e Israel. O la VTB: Bielorrusia, Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania, Polonia, Rusia, Ucrania, República Checa y Kazajistán.
Sería una competición que conviviría con las competiciones domésticas, daría un mayor aliciente a los equipos y aficionados, y podría estirar un poco la duración de la temporada. Además, provocaría una mayor visibilidad para los clubes y sus patrocinadores. Podría servir como reclamo para reclutar jugadores de mayor calidad. Y, dada la proximidad de ambos países, los desplazamientos no serían el principal problema. Por poner un ejemplo, desde Lugo a Ovar hay 343 kilómetros, la tercera parte que hasta El Prat de Llobregat. En este caso, sería peor para los portugueses, acostumbrados a desplazamientos más cortos.
Podría estar compuesta por los cuatro primeros equipos de la LEB Oro y de la LPB. Se establecería un sistema de liga regular que desembocaría en una Final Four o en un cruce a eliminatoria directa, como ha ocurrido en la liga Adriática las últimas temporadas.
A su vez, los enfrentamientos directos entre los equipos del mismo país podrían tener una incidencia directa en sus respectivas ligas. Habría que estudiar el modo de articularlo.
Otra fórmula sería que comprendiera a 14 equipos de LEB Oro más 4 o 6 de la LPB. Y que, para los equipos españoles tuviera una doble clasificación, la de la LEB con los resultados que tuviesen entre ellos y la de la liga Ibérica con el total de ambos países.
Es sólo un tiro al aire dentro del propósito de proponer ideas diferentes que puedan sacarnos de este pesimismo en el que andamos instalados.

viernes, 17 de abril de 2015

Volver a ser niños



La memoria es caprichosamente selectiva, además de frágil. Las experiencias traumáticas se atenúan con el paso del tiempo y cualquier recuerdo sufre modificaciones irreversibles. Es un proceso inevitable pero, obligatoriamente, deberíamos tener evocaciones que permanecieran en nuestra retentiva de modo indeleble. Especialmente las relacionadas con nuestra niñez.
 
El otro día observaba detenidamente a una de mis sobrinas en el momento en que llegaba al salón su tarta de cumpleaños. Di dos pasos atrás mientras los demás sacaban fotos y aplaudían. Examiné su expresión, cómo abría los ojos y sonreía avergonzada y orgullosa a la vez.
Reparé por un segundo en los globos que adornaban la sala, eso fue antes de que llegaran los regalos. Aunque el más importante estaba desde el día anterior en la terraza, era una bicicleta.
No le gustó que sus primos se sentaran junto a ella en el momento de soplar las velas e hicieran que estas se apagaran con un soplido conjunto. Cómo cambia el cuento, cuando te cansas de soplarlas, pones a tus hijos, sobrinos o nietos en tu regazo para que te ayuden a apagar la llama.
La comprendí en cierto modo y me intuí a mi mismo muchos años atrás, escarbé en mi memoria cuanto pude hasta que la frustración venció al deseo. Y en ese momento llegué a la conclusión de que esos recuerdos deberían permanecer por siempre en nuestra memoria, para entender a nuestros pequeños y para, de vez en cuando, volver a ser niños.

Ni lo que nos cuentan

Solo sabemos lo que nos cuentan, y desconocemos si cuanto nos dicen es cierto. Con frecuencia, puesto que nos han convertido en unos descreídos, desconfiamos de todo lo que oímos.

En los últimos años se han producido muchas series sobre política pero, a mi juicio, ninguna como “House of cards”, protagonizada de modo magistral por Kevin Spacey.

Recientemente he terminado de ver la tercera temporada y, como en las dos anteriores, cada capítulo me ha llevado a una constante reflexión sobre la democracia actual y los seres humanos.

Si no ha visto la serie y prefiere sacar sus propias conclusiones, deje de leer en este momento. Contiene spoiler.

Frank Underwood es un político astuto y sin escrúpulos que llega a ser presidente de los Estados Unidos sin ni tan siquiera presentarse a las elecciones. La evolución del personaje a lo largo de la trama es notable, aunque no deja de formar parte de un proceso lógico.

Extraordinario manipulador gracias a su inteligencia, y a las ansias de poder que tienen sus víctimas; anticipa un par de jugadas todo lo que va a suceder. Provoca desastres controlados que repercuten en su beneficio y camela con falsas promesas a cuantos puedan servirle en el recorrido hacia su propósito. Después no tiene reparos en destruirlos o asesinarlos, si llega el caso. Como él mismo asegura: “el camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía”. Maquiavelo debió ser un personaje parecido.

Curiosamente, cuando llega a la Casa Blanca se vuelve más predecible y se ve sorprendido con una frecuencia inusual hasta entonces. Por el contrario, su poder de seducción queda aparcado, pierde toda la gracia, y muestra su lado autoritario y despiadado. Es un tipo despreciable que ni buscando la palabra honestidad en el diccionario sería capaz de entender su significado.

Aquí una de las sentencias que le retratan: "¡Qué desperdicio de talento! Él eligió el dinero en vez del poder, un error que casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos. No puedo respetar a alguien que no entienda la diferencia".

Tiene frases lapidarias, pero me quedo con este diálogo con Claire, su mujer, la cual merece capítulo aparte.

“Hemos mentido durante mucho tiempo, Francis”, dice ella. “Por supuesto, imagínate lo que pensarían los votantes si ahora empezáramos a decirles la verdad”.

Podemos apostar que la ficción no difiere en absoluto de la realidad.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de abril de 2015



domingo, 12 de abril de 2015

La jerarquía de la muerte

Somos unos cínicos. Se nos llena la boca hablando de que todos los seres humanos somos iguales. Decimos que no existen diferencias en cuanto a religión, raza, sexo o lugar de procedencia. Verbalizamos todo ello a sabiendas de que es mentira.
 
La vida no vale igual en todas las partes del mundo, incluso existen muchos lugares en los que la vida no vale nada. Los sueños son los mismos en París que en Garissa, la despiadada crueldad de los asesinos es idéntica, pero nuestra sensibilidad está separada por un abismo dependiendo de dónde se produzca el suceso y cuál sea la categoría que le otorguemos a las víctimas.
 
A principios de año, tres terroristas asesinaron en París a 12 personas en la sede de la revista satírica francesa Charlie Hebdo. Las reacciones no se hicieron esperar. La comunidad internacional se movilizó inmediatamente, la prensa de todo el mundo dio cobertura al suceso y decenas de líderes internacionales se manifestaron por las calles de París. Unos cuantos tuvieron la desfachatez de presentarse allí a pesar de ser firmes detractores de cualquier comportamiento que proteja los derechos humanos.
 
Cuatro meses después, la organización islamista somalí Al Shabaab asesinaba en la universidad keniata de Garissa a 147 estudiantes. La noticia apenas ocupó durante dos días las portadas de los principales medios. Ningún líder internacional decidió ir a allí a manifestarse, incluso alguno llegó a confundir Kenia con Nigeria.
 
Todas las víctimas merecen el mismo respeto, pero parece que no es lo mismo defender la libertad de expresión en Europa que el derecho a estudiar en África. Seguramente sea un argumento demagógico y oportunista.
 
Dicen los expertos que existen dos aspectos fundamentales para explicar porqué nuestra sensibilidad es diferente: la proximidad y la facilidad para acceder a la información.
 
Nos interesa lo que pasa en nuestro país y en los de nuestro entorno. Y esa proximidad provoca mayor empatía. Quizás también nos preocupe que si pasa en París, Madrid o Londres algún día nos pueda tocar a nosotros. Kenia, Nigeria o Siria quedan muy lejos. Seguimos sin entender que un ataque yihadista, al margen de dónde se produzca, es una ataque a todos. 
 
Nuestra solidaridad está revestida de una asquerosa doble moral, la que marca el poder y nuestro miedo a sentirnos frágiles. Según afirman los medios anglosajones, es la jerarquía de la muerte. Tal cual.

Como decía el otro día una viñeta:

Ha habido un atentado con 150 muertos

¿Dónde?

En Kenia

Ah, ¡qué susto!

Publicado en La Nueva Crónica de León el 7 de abril de 2015

miércoles, 1 de abril de 2015

Que nunca se apaguen las luces

 
No entrené a Lalo ni fui su amigo. Hablé con él un par de veces, las mismas que Juan Manuel Bobis lo llevó, junto a su hermana Cuca, al bar de copas que yo tenía por entonces. Yo aún no era entrenador profesional y Lalo estaba en la recta final de su carrera.
 
Me impresionó, como antes lo había hecho sobre la pista. Allí me había deslumbrado su entrega, su coraje, los huevos que siempre le echó a cada pelota que disputó, a cada partido que jugó. Un ejemplo de que el talento no lo es todo.
 
Aquellas dos conversaciones, en las que el dueño de un local de copas le cuenta a la estrella su sueño de ser entrenador profesional, me ganó. Comprensivo, cercano y contundente. “Si es lo que quieres, vete a buscarlo”, me dijo. Lo mismo que hacía él cada día de partido, ir a buscarlo.
 
La vida, cuando las luces del Pisuerga se apagaron definitivamente, le dio la espalda. Como a otros muchos, aunque a él le golpeó con mucha más fuerza.
 
Muchas veces he reflexionado con dos amigos, un ex árbitro -Miguel Ángel Palenzuela- y un ex jugador -Sergi Grimau-, sobre cómo el baloncesto (y el deporte en general) te abandona abruptamente cuando guardas definitivamente las zapatillas en la bolsa de deporte.
 
Como entrenador, el baloncesto y yo nos hemos abandonado mutuamente. Hubo un tiempo en el que no quise saber nada de él, y cuando volvió a interesarme fue él quien me dejó de lado. Finalmente nos reencontramos, fue una casualidad que no siempre sucede. Pero al menos los entrenadores tenemos esa oportunidad. Puedes ser mayor pero nunca eres demasiado viejo.
 
Los jugadores no tienen esa suerte, su carrera es corta, pueden tener la suerte de estirarla si el cuerpo y la cabeza aguantan, pero no es fácil prolongarla. El deporte te lo da todo durante esos años, después se olvida de uno. Como aquellos que animaban cada tarde de partido en el pabellón y, con el paso del tiempo, te tienen presente como un recuerdo borroso y lejano.
 
No todos están preparados para cuando llega el final, no todos son estrellas que ganan cientos de miles o millones de euros a lo largo de su carrera. Muchos de ellos no saben qué hacer con sus vidas cuando llega ese crucial mes de agosto y se dan cuenta de que nunca más habrá un vestuario en el que compartir secretos. Que la adrenalina de la competición será una vaga reminiscencia y que el público no volverá jamás a corear su nombre.
 
Nunca lo experimenté, pero hablé con muchos que sí lo sintieron. Que pasaron del todo a la nada, que se sintieron vacíos y no tuvieron un motivo ni un objetivo especial por el que luchar al día siguiente. Entre todos nosotros, debemos lograr que, cuando se apaguen definitivamente las luces de un pabellón, se enciendan las de la vida.