sábado, 28 de febrero de 2015

Los 16 años y la Tropi

La música afecta de modo extraordinario al cerebro: aumenta el razonamiento espacial, puede lograr que alguien recupere la memoria, prevenir convulsiones, mejorar el sistema inmune o reparar el daño cerebral. Ayer, a mí, me transporto 25 años atrás.

Fue escuchar “Do you remember rock and roll radio?” de Ramones y verme en la pista de baile de la Tropicana dando saltos como un poseso. Empujando a mis amigos, y a los no tan amigos, mientras intentaba mantener el equilibrio a duras penas. Víctima de la gravedad y de aquel asqueroso vaso de Licor 43 a palo seco que bebía nada más llegar, haciendo uso de aquella entrada que daba derecho a una consumición mínima. Hay que ser imbécil para beberse eso con 16 años.

Antes de aquel momento habíamos hecho acopio de mercancía en Continente, aquí, en Portugal, son unos románticos y no le han cambiado el nombre. Unas “litronas”, unas bolsas de patatas sabor jamón y unos pastelitos de la tía Mildred era cuanto precisábamos. Nos servía cualquier obra que tuviera una valla que franquear para darnos cobijo. La risa venía cuando debíamos emprender el camino inverso. Parecía que a aquello le hubiesen puesto ruedas.

Después nos aburguesamos un poco, proceso natural, por otra parte. Abandonamos la calle y comenzamos a frecuentar tugurios de la talla de “La parra” y “Los porrones”, resulta difícil encontrar dos nombres más ilustrativos para imaginar lo que allí se dispensaba.

La Tropi era el sumun, los que teníamos cierta influencia en la entrada lo aprovechábamos para no hacer cola. A veces para no pagar, lo cual te privaba de los efectos del Licor 43, lo que era de agradecer.

Allí bailabas, merodeabas alrededor de la pista buscando a la chica que te gustaba, cotilleabas por el reservado para ver quién había triunfado. Vigilabas con quién te metías, no fuera a ser más malo que tú o anduviera Don Pimpón por allí cerca y te sacara a patadas de la sala.

Cuando parecía que nadie podía ponerle freno a aquello, se atenuaban las luces y llegaban los lentos, sonaba “Through the barricades” de Spandau Ballet y recuperabas de un golpe toda la vergüenza que no habías tenido minutos antes haciendo el ridículo sobre la pista.


Lo que siempre me asombró no fue nuestra capacidad de disimulo al llegar a casa, sino la de nuestros padres para hacerse los despistados.

viernes, 13 de febrero de 2015

El partido de mañana


El de mañana no es un partido cualquiera. La lógica dice que debería presentarme en Ovar como visitante, y no sentándome en el banquillo local, como así ocurrirá. Pero a uno la vida, que ya le ha dado unos cuantos revolcones (y que sean muchos los que queden), ya le ha ido enseñando que casi todo es transitorio y susceptible de cambiar.

Será un partido especial, diferente, lleno de sentimientos encontrados. Plagado de afecto en la bienvenida, abrazos y alguna que otra broma acerca de lo que pasará minutos después sobre la cancha.

Únicamente me he enfrentado a un ex equipo, fueron varias las ocasiones, y siempre con ganas de revancha inmisericorde. Dientes apretados hasta hacer doler la mandíbula, pocos abrazos y menos bromas.

Mañana no. Mañana veré a directivos que siempre intentaron que me sintiera como en casa y me hablaron con franqueza. Habrá un amigo-colega en el banco de enfrente con el que compartí momentos, risas, confidencias y un poco de running, todo el que permitía mí deteriorado estado de forma.

Y, por supuesto, estarán ellos. Diez tipos vestidos con pantalón corto y camiseta de tirantes a los que arrastré a la aventura de San Paio de Gramaços. A los que tengo aprecio y con los que me siento en deuda por dejarles a mitad del camino
.
Será extraño, muy extraño. Hasta hace mes y medio les estaba dando indicaciones sobre cómo debían hacer según qué cosa y mañana estaré dando instrucciones a otros para que se lo impidan.


El Barbas nunca me permitiría ni un segundo de flaqueza, así me educó en esto. Mañana desearé ganar con toda mi alma, como cualquier otro día, y para ello hemos trabajado. Pero si perdemos estaré un poco menos jodido que de costumbre. Solo un poco menos, tanto como el afecto me permita.