miércoles, 16 de diciembre de 2015

BA-LON-CES-TO


Ayer anduve apurado terminando de preparar la estrategia que vamos a utilizar el sábado contra el Porto de mi amigo Moncho López. El baloncesto, como siempre, será comprensivo y entenderá que estas líneas se las dedique el día después de cumplir 124 años.
Cuando de pequeño no acudía a la llamada de mi madre, la cual salía con frecuencia a la ventana del salón gritando mi nombre, terminaba por ir a buscarme al patio del colegio San Claudio. Aquel que marcó mi infancia y probablemente mi vida. En él solo había canastas, ya fueran de baloncesto o mini básquet. Las únicas porterías que recuerdo eran aquellas que estaban dibujadas con tiza en las paredes del patio cubierto. Pasé mi infancia y buena parte de mi adolescencia en aquel patio que hoy está protegido por una valla que lo hace parecer un presidio. No solía frecuentar los recreativos que tan de moda estaban entonces, prefería imaginar que era Fernando Martín (bendita inocencia) y machacar en las de mini porque las grandes me acercaban a mi verdadera realidad.
Allí siempre había gente, con frío y lluvia, poco nos importaba aquello. Tampoco nos incomodaba que los balones estuvieran desgastados o ahuevados debido a las patadas que liberaban la frustración de nuestro gen competitivo. Era lo que había, y con ello disfrutábamos.
Quise ser jugador profesional, pero el sentido común me advirtió de que aquel sueño era imposible. Y como casi siempre ocurre en la vida, una cosa lleva a la otra. El desengaño me condujo a encontrar mi vocación, aunque no siempre haya sido fiel a la misma.
El baloncesto me ha hecho como soy y al le debo lo que tengo. Y no hablo de lo material, estoy muy lejos de haberme hecho millonario con ello. Me enseñó la pasión, aquella que Paramio nos transmitía en el colegio. El sentido de la responsabilidad, del trabajo en equipo, del esfuerzo por superarte a ti mismo con el objetivo de vencer al rival. Me mostró la disciplina, la ética, la estrategia, el miedo a perder y la enseñanza de la derrota. Me dijo que de ganar no se cansa uno pero que se aprende menos que de caer vencido. Me inculcó la nobleza del vestuario, la obligación de mirar a los ojos para decir las cosas como crees que son a la espera de que alguien te muestre que estás equivocado. Me explicó que la autocrítica es imprescindible y que la crítica es necesaria aunque casi siempre duela.
Me ha llevado a ciudades que jamás imaginé conocer y me ha proporcionado la posibilidad de vivir en lugares increíbles. Me ha enseñado culturas, costumbres y gastronomía de la buena. Porque la gente del básquet sentimos aprecio por la buena mesa que viene acompañada de una excelente charla. Esa que te ofrecen los amigos que has hecho a lo largo de tantos años, que son los mismos que te han permitido conocer todas esas ciudades y aprender la importancia de todos esos valores.
El baloncesto es inmensamente grande en sí mismo, pero parte de esa grandeza reside en todas las personas que lo componen. Gracias, profesor Naismith.
NOTA: Obviamente, ni el baloncesto ni quienes lo formamos somos perfectos. ¿Y quién lo es?

Motadelo y Gollum

“¡Mortadelo!”. “Sí, tú, no te hagas el loco”. A pesar del momento de tensión que vivía durante el partido, terminé por girarme hacia la grada ante tanta insistencia, no pude menos que reírme. El tipo tenía su gracia, además de la ingeniosa (acertada o no) comparación, el acento canario dotaba al símil de mayor agudeza. Me pasó siempre que dirigí un partido en el Santiago Martín de La Laguna. Igual que le ocurría, no sé en la actualidad, a Moncho Fernández, al cual llamaban Harry Potter con repetido empecinamiento.
En un campo de baloncesto me han llamado de todo menos bonito, pero nunca me dijeron Mortadelo. Tal gracia me hizo el mote que, al final del partido, terminé por ir a saludar al sujeto en cuestión. Tardó poco en reaccionar, el tipo era rápido. Casi vino a decirme que él hacía su trabajo, no pude menos que estar de acuerdo. En las sucesivas ocasiones que allí me presenté, cuando me giraba al oírle, el hombre arqueaba las cejas, encogía los hombros y esbozaba una pícara sonrisa. Si alguna vez regresará a aquel campo, no oírle gritar Mortadelo me resultaría extraño.
Por lo visto, a Erdogan, presidente de Turquía, no deben hacerle tanta gracia como a mí las comparaciones. Recientemente, un médico turco realizó un montaje en el que le comparaba con Gollum, aquel hobbit del El señor de los anillos que en su versión más amable era conocido por Smeagol. Ahora, Bilgin ÇiftÇi, que es como se llama el doctor, está suspendido para ejercer su profesión y se enfrenta a una pena de dos años de cárcel. En Turquía insultar a una figura pública está considerado delito; y tal es la transcendencia del asunto que el juez ha decidido crear una comisión de expertos para dilucidar si el citado Gollum es bueno o malo. Al parecer, su señoría no ha visto toda la saga y no se ve facultado para tomar una decisión al respecto. El grupo de versados lo componen académicos, especialistas de cine y psicólogos. Antología del disparate.
Es tal el absurdo que hasta el propio Peter Jackson, responsable de la adaptación de los libros de Tolkien al cine, se ha visto obligado a emitir un comunicado firmado junto a los guionistas de la historia tratando de exonerar al médico. También Elijah Wood, el actor que protagoniza a Frodo, se ha pronunciado calificando de horrible la situación a la que se enfrenta ÇiftÇi.
Tengo la certeza de que Turquía tiene cosas mucho más importantes de las que ocuparse, y no son pocas. Indudablemente, estoy muy lejos de tener la talla de personaje público. En cualquier caso, a mí no me hizo falta llamar a Ibáñez. Mejor nos iría si nos riéramos con más frecuencia de nosotros mismos.
Publicado en La Nueva Crónica el 10 de diciembre de 2015

De estudio

Esta columna no le va a gustar nada a mi amigo el del burladero, me acusa de una subjetivad que únicamente le resulta objetivaba cuando escribo algo con lo que coincide. En cualquier caso, siempre resulta más divertido discutir con él, lo contrario se convierte en previsible y un poco ñoño. Me cuesta pensar que hoy no vaya a estar de acuerdo, aunque cada uno de nosotros es tan objetivo como nos permite nuestra subjetividad.
 
Ahí voy. No tengo la menor duda de que Mariano Rajoy será personaje de estudio en las mejores universidades. No hay ni un ápice de cinismo e ironía en lo que digo, me explico: decidió incumplir la gran mayoría de sus promesas electorales. Subieron el IVA, el IRPF, redujeron el poder adquisitivo de los pensionistas, hicieron recortes en educación y en sanidad, e implantaron el Copago. No subieron la ayuda a la dependencia, al contrario. Abarataron el despido, quitaron la deducción por vivienda y subieron la luz. Rescataron a la banca cuando habían asegurado no hacerlo, tiraron de eufemismo para disfrazar la amnistía fiscal que dijeron que jamás llevarían a cabo, prometieron descender el paro a la mitad y nunca quejarse de la herencia recibida. En cada una de ellas, justo todo lo contrario a la palabra dada.
 
En 2012 decidió que no se celebrara el debate sobre el estado de la nación. Dio ruedas de prensa a través de plasma para “explicar” los graves casos de corrupción que afectan de manera sistemática a su partido. Nos amordazó con la nueva ley de seguridad ciudadana y ahora rechaza debatir con el resto de candidatos porque “objetivamente es el político que más veces ha debatido en este país” y “porque va a hacer lo que se ha hecho toda la vida en España. Debatir con el PSOE”. Además dice que él tiene que estar en otras cosas, en la tarea de gobernar, que eso lleva su tiempo. El mismo que no le falta para ir a una emisora de radio a comentar un partido del Real Madrid en la Champions, jugar al dominó con unos jubilados en Olmedo o comerse unos mejillones al vapor en casa de Bertín Osborne después de echar una partida al futbolín.
 
En cualquier país con una cierta higiene democrática, el gobierno, a pesar de su aplastante mayoría, no hubiera agotado la legislatura. Por el contrario, ha sido la más larga de la democracia. Gana los debates sin asistir a ellos y  las encuestas, aun acusando un importante descenso, le vuelven a situar como ganador en las próximas elecciones generales.
 
Rajoy, al igual que ocurrirá en el debate que organiza Antena 3, brilló por su ausencia en el que realizó El País el pasado lunes. Quizás era el único modo que tenía de hacerlo, o quizás no. El 20 de diciembre saldremos de dudas; las universidades se frotan las manos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 3 de diciembre de 2015

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Donde nos corresponde



Fue el 5 de julio de 2012 pero parece que ha pasado un siglo. Languidecía lentamente sin que apenas fuéramos conscientes de ello, quizá porque pensábamos que nunca protagonizaríamos el cuento del lobo. Probablemente fue demasiado tarde cuando poco más de 1.000 aficionados salimos a la calle reclamando que Baloncesto León continuara vivo. Con absoluta seguridad, la solución nunca estuvo en nuestras manos.
Agosto de aquel año fue extraño, poco o nada se habló de baloncesto en nuestra ciudad. No hubo rumores ni fichajes ni campañas de abonados. Septiembre fue duro, muy duro. Era pasar por delante del Palacio y recordar decenas de tardes gloriosas que jamás se volverían a vivir, al menos bajo la denominación que conocimos durante 30 años. La memoria no recordaba la última vez que Baloncesto León no estuvo en un calendario de la LEB Oro o de la ACB.
Aquel club forma parte de nuestros recuerdos colectivos, los mismos que se agolpan en nuestras mentes: épicas victorias, descensos, ascensos, el Palacio a rebosar, invasiones de pista, dulces destierros, nombres de mitos que los tomamos como propios, gestos de felicidad y más de una lágrima.
Siempre fue especial pisar la pista del Municipal como visitante, era una semana diferente, llena de reminiscencias, de sentimientos encontrados. Con la sensación de sentirte un extraño en tu propia casa, aunque había algo agradable en todo aquello. Reconocía rostros e intercambia cómplices sonrisas, escrutaba la cancha donde jugué como júnior de Elosúa y sentía una cierta nostalgia antes de abandonar aquel pabellón.
El próximo será el cuarto verano sin baloncesto de élite en nuestra ciudad, demasiado tiempo para un lugar con enorme tradición y hambre de canastas. Entrenar profesionalmente siempre fuera de León me ha proporcionado una perspectiva que me aleja de los recelos que pueden existir entre unos y otros; esos mismos que no me fueron ajenos en el pasado. Es momento de dar un paso al frente y asumir que una ciudad como la nuestra no puede prescindir de un deporte que nos ha dado tanto.
No soy nadie para exigir nada, y menos aún cuando lo vivo desde el extranjero, pero los aficionados merecemos que la gente del baloncesto leonés vuelque sus esfuerzos en devolvernos al lugar que jamás debimos abandonar.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de noviembre de 2015

martes, 24 de noviembre de 2015

Manifiesto pesimista

Quienes me conocen saben de mi optimismo, me gusta rodearme de personas que desprenden energía positiva. Huyo despavoridamente de la gente tóxica, de aquella a la que le gusta complicar la vida a los demás. Esa que circula por ahí jodiendo al prójimo con el único propósito de convertir todo en drama y conflicto. Me gusta la armonía, las personas que se ríen de sí mismas y con los demás, el gusto por lo sencillo. Nada de estridencias, puesto que no las considero necesarias para disfrutar de la vida.
 
Digo esto para contextualizar el asunto, hace mucho tiempo que soy profundamente pesimista con respecto al futuro del ser humano. No soy antropólogo, y más de uno podrá argumentar que nos hemos intentando aniquilar a lo largo de nuestra historia. Y, a pesar de ello, aquí estamos miles de años después. Matándonos de modo diferente, pero sobreviviendo al fin y al cabo.
 
Los atentados del 14 de noviembre en París son un claro ejemplo de ello. Pero también los del día 12 del mismo mes en Beirut. El del 31 de octubre que derribó un avión ruso y reclama el grupo terrorista Wilayat Sina. Los del 10 de octubre en Ankara, los de junio en Susa (Túnez), Somalia o Kuwait, el de abril en la Universidad de Garissa (Kenia), los de marzo en Saná (Yemen). Por citar solo algunos ocurridos este año y sin sumar el número de víctimas. Para no pasar del pesimismo a la depresión, he decidido obviar las guerras que asolan el mundo.  
 
Soy un simple entrenador de baloncesto, intuyo alguna de las causas de todo esto que nos ocurre pero ignoro el verdadero intríngulis. Y como profano en estrategia geopolítica, desconozco por completo cuál puede ser la solución, si es que esta existe.  Se me escapa la motivación de esos que se suman a la causa yihadista. No puede existir paraíso que justifique tanta barbarie. Como no alcanzo a comprender el razonamiento de las guerras y los oscuros intereses que muchas de ellas ocultan.
 
Sobre lo único que tengo certeza es a dónde nos lleva la violencia y las consecuencias de la misma. El terror, el horror, el drama, la sangre, las víctimas y la venganza. Más violencia, más muerte, menos esperanza y más oscuridad.
 
Como dice Love of Lesbian en su canción Manifiesto delirista: “Aún manifiesto fe en mis semejantes”. A mí me ocurre lo mismo, será debido a mi empedernido optimismo. Quizás aún estemos a tiempo, a ello me agarro.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de noviembre de 2015

martes, 17 de noviembre de 2015

El baloncesto, esa gran mentira

El titular es capcioso, tiene toda la intención de atraer la atención y generar debate. Aún así, y aunque de un modo menos literario, hay muchas veces en las que he pronunciado una frase parecida: “El baloncesto es una mentira”. Normalmente después de perder, y cuando crees que los otros son peores o trabajan menos que tú. Generalmente esconde presuntuosidad, muy propia en nuestra profesión. Aunque hace unas semanas la pronuncié con diferente intención.
 
Habíamos hecho una gran semana de entrenamientos, las sensaciones eran inmejorables y el grado de confianza en el trabajo realizado respondía a las expectativas. Volábamos el viernes por la noche con destino Madeira, el plan de viaje era bueno: llegábamos para cenar, dormir, desayunar, ver el vídeo, comer, jugar a las 14.30 y regresar a media tarde. Todo cambió cuando el vuelo quedó cancelado por el viento que hacía en la isla. Una vez más, la vida te enseña que, lo importante no es lo que te pasa, sino cómo afrontas eso que te sucede.
 
Dormimos menos de cuatro horas en un hotel cercano al aeropuerto de Porto, eran las 4.25 cuando sonó el despertador, el vuelo de las 7 de la mañana salió con 45 minutos de retraso, tuvimos que ver el vídeo de modo improvisado en el restaurante en el que íbamos a comer. Aquello parecía un tablao flamenco, sólo faltaba una guitarra y unas castañuelas. Después del almuerzo, llegamos al campo y confirmamos que uno de nuestros jugadores más importantes no podría jugar debido a la lesión que arrastraba desde el inicio de la semana. Todo iba sobre ruedas. Así que, decidimos evitar caer en el victimismo que justificara una derrota antes de empezar el partido. Jugamos, a ratos considerablemente bien, ganamos, y mientras merendábamos en el aeropuerto de Madeira dije: el baloncesto es una mentira.
 
Tratas toda la semana de cuidar el más mínimo detalle, te preocupas del ángulo de cada de bloqueo, del timing de cada sistema, de las trampas que preparas para el rival en algunos de sus movimientos o de ajustar alguno de los tuyos para atacar mejor su defensa. A tal tiempo, sopla un poco de viento y se te va todo a tomar por el culo. La LEB está jalonada de sucesos de ese tipo y aún peores, como aquel año en el que INCA (Mallorca) viajaba siempre el mismo día de partido, no vieron ni un duro en todo el año y se inflaron a ganar partidos. Un ejemplo más de que en la mente radica la fuerza.
 
En momentos como estos me acuerdo mucho de Nacho Romero, en Melilla, que había hábito de que nos sucedieran cosas de este tipo con frecuencia, siempre decía: “Tranquilo, Alonso, que ganamos fijo”. El jodío nunca fallaba.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Ni una menos


Voy a andar con pocos rodeos. Será una columna dura, sin miramientos ni contemplaciones, intuyo que a ratos desagradable. Considero que el asunto lo requiere. Leía hace unos días la siguiente sentencia: “El orden de los factores, a veces, altera el producto. Suicídate primero y después, si puedes, la matas”. La podría hacer propia. Sin embargo, lo que sucede es que muchos de esos “hombres”, tras asesinar, no tienen el suficiente valor como para quitarse la vida, su cobardía prefiere dejarlos malheridos.
Siento un profundo deprecio por esta calaña, porque no existe nada, no que justifique algo semejante, sino que ayude a comprender la mente de este tipo de animales. Despreciables, faltos de nobleza, para los que no se encuentra castigo suficiente ni penas que consigan redimir sus repugnantes actos.
Seguramente sientan que la mujer es una más de sus propiedades. Entenderán que nunca se puede aceptar un no por respuesta, que las decisiones no se comparten, que el respeto lo infunde el miedo y no el cariño, y que es mejor ser temido que amado. 2.000 años de evolución para comportarse como cavernícolas.
Podemos tener la certeza de que no se emplean los suficientes medios para evitar estos asesinatos. Y que por más que se utilizaran todos los recursos disponibles, siempre puede haber un eslabón de la cadena que se rompa. Aunque ello no puede suponer nunca una disculpa para no desplegarlos. De todos modos, esta jamás será la solución al problema. La cuestión es mucho más compleja.
Aún vivimos en una sociedad cargada de estereotipos, ausente de la educación que impediría que estos sucesos ocurrieran. Si todos fuéramos formados desde bien pequeños dentro de unos valores que ponderaran la igualdad, el respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Si recibiéramos una cultura, casi siempre vivida en nuestras casas, que nos llevara a entender que las mujeres tienen derecho a dejarnos o a decir que no. A olvidarnos porque dejaron de querernos, a decidir, a trabajar o a tener vida social. Si esto fuera así, sin duda alguna, hoy no hablaríamos de ello.
Ni una menos. Ni una vez más: “La maté porque era mía”. Ni tan siquiera en la canción de Platero y Tú.
Publicado en La Nueva crónica de León el 12 de noviembre de 2015

Ni respirar podremos

Cada día estamos más perdidos, vamos siguiendo con escrupulosa disciplina las pautas que se nos marcan, pero va a llegar el día en el que respirar también resulte nocivo. Inspire pequeñas dosis de oxígeno, por favor. No lo vaya a hacer con ansia desmedida y dé la equívoca impresión de parecer que disfruta en exceso de la vida.
 
Durante las tres temporadas que entrené en Los Barrios (Cádiz), me acostumbré desproporcionadamente al jamón ibérico. Lo traían desde Huelva, no necesariamente tenía que ser de Jabugo, bien cerca está Repilado, el pueblo de mi amigo Manolo, que se precia de tener piezas de idéntica calidad. Tal fue el grado de adición que llegué a consumirlo casi a diario, el paladar lo agradeció más que el bolsillo.
 
En un reciente estudio, dice la Organización Mundial de la Salud (OMS) que cada porción de 50 gramos de carne procesada consumida diariamente aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%. Miedo me da echar las cuentas.
 
Bajo el punto de mira queda el jamón, las salchichas, la carne en conserva, la cecina de nuestros amores, así como carne en lata, y las preparaciones y salsas a base de carne. Del mismo modo, el citado análisis señala el consumo de la carne roja como otro de los motivos que incrementan el riesgo de este tipo de cáncer, se refiere a todas las clases de carne muscular de mamíferos, tales como la carne de res, ternera, cerdo, cordero, caballo o cabra 
 
Ni se me ocurre poner en cuestión el citado estudio, pero llego a la conclusión de que, no tardando, van a tener que darnos un libro de instrucciones. Cada día son más los productos que provocan en nuestro organismo efectos adversos. Otro día habría que hablar sobre los pastos atestados de insecticidas, los diversos productos químicos, las semillas transgénicas; o las hormonas y antibióticos que suministran a los animales.
 
Como si de una premonición se tratara, mi madre constantemente me decía durante mi adolescencia: “Como no comas verdura, te vas a quedar calvo”. Dicho y hecho, no hay quién le lleve la contraria a las madres, ni tan siquiera la genética; aunque esta haya dispuesto lo contrario. Es probable que, de haber nacido 50 años más tarde, ni las verduras hubiesen salvado mi añorado cabello. A pesar de que mi madre opine lo contrario.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 5 de noviembre de 2015

martes, 3 de noviembre de 2015

Barra libre

Partiendo del hecho utópico de que pudiéramos saltarnos a la torera todas aquellas leyes que considerásemos injustas, queda abierta la barra libre, se levanta la veda.
 
Aquel al que no le guste el tipo impositivo con el que gravan sus ingresos, que pague menos. O que no pague, que es mejor para él. Al que le apetezca fumar en los bares y restaurantes, pues que fume. Ya puestos, por qué no en los hospitales. Como cuando los médicos pasaban consulta cigarro en mano, qué tiempos aquellos. Que te va darle zapatilla al coche, venga, pie a fondo hasta que te salga por debajo como en el “tronco-móvil” de Los Picapiedra. Y si te dan el alto, tira, que ya se cansarán de perseguirte. Son solo unos ejemplos, ando sobrado de imaginación y rebeldía para seguir saltándome leyes. Pero me falta espacio para continuar con ello.
 
Imaginemos por un momento que a todos nosotros nos la trajera al pairo la constitución y la legislación vigente. Iba a estar divertida la cosa, sería un absoluto desgobierno, aunque al menos estaría entretenida esperando a ver quién la prepara más gorda.
 
Básicamente, esto es lo que ha hecho Artur Mas. Alguno podrá pensar que la comparación es simplista y demagógica, nada más lejos de la realidad. Lo suyo es aún peor, puesto que ocupa un cargo de responsabilidad pública y lo ejerce de cualquier modo menos responsable. Al margen de los espurios motivos que le han llevado a ser independentista de la noche a la mañana, Mas ha decidido tirar por la calle del medio, asumiendo, por otro lado, un papel de víctima que otros han tenido la torpeza de adjudicarle.
 
El punto seguido lo marca el 3% y la caza mayor. Partiendo de la presunción de inocencia, resulta repugnante escuchar cómo se pone en solfa la actuación de la policía y la justicia. Manifestando que la corrupción en su partido no existe y que todas las actuaciones y adjudicaciones que han llevado a cabo son escrupulosamente legales y que su soflama independentista es el único motivo de esta incriminación. Tan peligroso resulta el hecho de que eso fuera cierto como el argumento en sí mismo.
 
Nadie que tenga dos dedos de frente puede negar la realidad catalana, como nadie en su sano juicio puede admitir que la posición inmovilista del actual gobierno es el único camino. Pero lo que no resulta menos evidente es que, si todos hiciéramos lo que se nos antojara en contra de lo que consideramos injusto, esto sería un sindiós.
 
El otro día mi sobrina se quitó el gorro en la piscina y se mojó el pelo en repetidas ocasiones. Llamé su atención para advertirle que eso no se podía hacer. Ella respondió: “¡Qué más da! No hay nadie”. “Da igual, las normas están para cumplirlas siempre, aunque nadie te vea”, repliqué. Yo no respeto el 100% de nuestras leyes, ni mucho menos, pero no me pongo farruco cuando me las salto y me trincan.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de octubre de 2015

Los que importan

Iba a volver a perder el tiempo del mismo modo que lo hice la semana pasada con Willy Toledo. Esta vez estaba dispuesto a “atizarle” a uno del otro extremo, el cardenal obispo de Valencia. No he renunciado porque más tarde decidiera retractarse, sino porque he considerado mostrar la caridad cristiana que él niega al prójimo.
 
Estas absurdas polémicas abren los informativos y llenan las principales páginas de los periódicos. Sandeces de tipos con acceso a los medios pero con nula influencia en nuestras vidas. Nos indignamos con ello, aunque unos se enfadan más que otros, la medida del cabreo la proporciona la afinidad ideología que se tenga con el sujeto en cuestión. Ocupamos tertulias de bar escupiendo sapos y culebras. Nos gusta la polémica y el barullo. Entre tanto, pasamos de puntillas por lo importante. Por aquello que realmente puede cambiar nuestras vidas, eso me va a ocupar hoy.
 
El martes se presentó un medicamento contra el cáncer patentado por la Universidad de Granada. Los ensayos clínicos demuestran que el fármaco reduce los tumores de colon, mama y melanoma en un 50 por ciento con tan solo 40 días de tratamiento. A partir de ahora se abren nuevas líneas para comprobar su eficacia en tumores más agresivos como son los de pulmón y páncreas. Además, ataca las células madre tumorales, a las cuales la quimioterapia ni tan siquiera se acerca. A ello se suma el hecho de que es barato y fácil de producir. Esta investigación estuvo a punto de fracasar por falta de financiación, estas son las cuestiones que de verdad deberían ocupar nuestra indignación.
 
El bioquímico oscense Carlos López-Otín, catedrático en la Universidad de Oviedo, ha descubierto el modo de alargar la vida del ser humano. Hasta el punto de poder llegar a duplicarla, se asegura que habrá personas que alcancen los 135 años. Lo ha conseguido a través del estudio de la progeria, enfermedad de la infancia extremadamente extraña que presenta envejecimiento brusco y prematuro en niños entre su primer y segundo año de vida. Nature Cell Biology, una de las biblias de la ciencia, ha tratado el estudio de revolucionario. Encontraron el secreto en los tumores cancerígenos y las pruebas en ratones no han podido resultar más satisfactorias. Ahora toca el paso definitivo, aplicarlo a pacientes víctimas de esa enfermedad. Ninguno de nosotros llegará a verlo, el hombre alcanzará límites inimaginables hoy en día.
 
Muchos habrán dejado de leer cuando han visto que no pensaba “sacudir” a Antonio Cañizares, ahí podemos encontrar la explicación de la audiencias de Tele 5. Más tiempo, apoyo y energía a las personas que están dispuestas a cambiar nuestras vidas de forma positiva. Y nada para el resto.

Publicado en La Nueva Crónica el 22 de octubre de 2015

martes, 20 de octubre de 2015

Las mujeres de mi vida

Josefina, según constaba en su partida de nacimiento. La señora Jose, como era conocida en todo el barrio, era una mujer de armas tomar, de esas a las que nunca se les pone nada por delante. Administró una casa con siete hijos, superó el fallecimiento de otros cinco apenas nada más nacer y jamás descuidó a sus 22 nietos ni a su marido. Hospitalaria, como buena vasca, siempre abrió la puerta a quien allí quiso entrar. Nunca faltó un plato de comida caliente ni una propina. Aglutinadora, desprendida y sin complejos. Hizo su vida y nunca gastó energía ni salud en criticar a los demás.
 
Joaquina, la abuelita Oliva, era todo lo contrario en apariencia. Discreta, reservada, de gesto curtido y poco amiga de manifestar sus emociones. Dura como una roca, crió a tres hijos mientras mi abuelo estuvo en la cárcel por pensar diferente y, con dos de ellos, recorrió caminando la distancia que separa Gijón de Cangas de Onís. Se fue enterneciendo con el paso del tiempo, la edad la hizo más cercana y se agarró a la vida durante 97 años gracias a la inquietud y las ganas que siempre tuvo. Solo el cansancio pudo con ella.
 
Begoña es una gladiadora, nunca le ha virado el rostro a las adversidades, siempre las ha mirado de frente. Trabajó mientras nos crió, estudió una carrera mientras nos siguió criando y aprobó unas oposiciones cuando nos estaba terminando de criar. Luchó y aniquiló al cáncer, superó intervenciones quirúrgicas y las pocas veces que se quejó fue porque aquello resultó insoportable. Es sensible y firme, de carácter rebelde e idealista, honesta e inteligente. Siempre me ha empujado a perseguir mis sueños, incluso, los idealizó más que yo.
 
Begoña es inquieta, ávida lectora, más sensible de lo que muestra, perspicaz, tozuda como su madre y sus dos abuelas, sincera y buena. Aplicada, trabajadora y constante. Un poco impaciente, pero eso se cura con los años. La madre de dos de mis sobrinas y alguien en quien poder confiar.
 
Pilar es la otra mitad de los sueños que persigo, quien me hace ser yo mismo. Generosa, dulce, incansable en el esfuerzo, leal, temperamental y férrea aunque su imagen pueda indicar lo contrario. Soñadora infatigable, disciplinada, inocente y sencilla. Imprescindible y cumplidora, de las que nunca falla.
 
Mis abuelas, mi madre, mi hermana y mi mujer. Ya habrá tiempo para mis sobrinas. Las mujeres de mi vida, las que me han ayudado a crecer, a ser, a querer y a creer. Sin ellas hoy mi mundo sería un  lugar diferente, seguramente un paraje sórdido y lúgubre. ¿Quién no tiene a estas mujeres con otros nombres, con similares historias y parecidas vivencias? Sin su presencia el mundo no existiría. Y de poder hacerlo sería un lugar peor, mucho peor.

jueves, 15 de octubre de 2015

El oficio de entrenador (la clase media)


Los entrenadores elegimos nuestra profesión voluntariamente, es simple vocación. Tenemos ese privilegio, aunque no todos tenemos la fortuna de trabajar. Nadie nos obliga a estar tan locos, a coger la maleta y llenarla con lo más imprescindible, dejándolo todo atrás. Perseguimos sueños dibujados en pizarras, idealizamos equipos, ganamos campeonatos en nuestras mentes (algunos tienen el honor de conseguirlos), intentamos transmitir nuestra pasión tanto como nuestros conocimientos. A veces gritamos hasta no reconocernos, gesticulamos como si casi todos fuésemos italianos, sonreímos cuando creemos que nadie nos observa y, al final del día, volvemos a soñar como lo hicimos al levantarnos.
A menudo nos creemos especiales y pensamos que somos más transcendentales de lo que muestra la realidad. Habrá excepciones, como en todas las profesiones, pero este sería el boceto de la mayoría. No pretendo quedarme aquí, ya escribí un día sobre ello, me gustaría llegar más lejos.
Los hay mediáticos y millonarios, los menos. Después estamos los demás, la clase media, los que no hemos tenido esa suerte o capacidad. Dado nuestro ego, seguramente pensemos que se trata de lo primero. De estos últimos quiero hablar, de los tipos como yo. De esos a los que llaman desde cualquier lugar del mundo donde hay dos canastas y deciden saltar al vacío sin apenas medir las consecuencias. De esos a los que se les exige lo mismo que a cualquier otro: ganar.
Aquellos que se tienen que ir solos porque las condiciones familiares no permiten otra cosa. Renunciando a convivir con su mujer, que deja de ser tal para convertirse en su novia. Con la que se acuerdan citas fugaces tras arrancar unas cuantas hojas del calendario. Todo tiene su encanto, aunque a veces duela.  O renunciar a ver crecer a los hijos y sobrinos, teniendo que imaginar juegos en los parques y dando consejos que nunca llegan a tiempo.
Guardando para uno mismo las confidencias que la distancia no te permite contar a tus padres. Abdicando de las cañas y las risas con tus amigos, dejando de participar en las anécdotas que se contarán en el futuro. Recordando las calles y los colores de tu ciudad a la que observas desde la distancia como un extraño, hasta que, al regresar, vuelves a sentirte en casa.
Al final del día, lo resarce la hospitalidad con la que te tratan en tu nuevo hogar, la consideración con la que se dirigen a ti y el cariño que sientes. Pero, sin la menor duda, no existe mayor recompensa que la victoria del fin de semana. Entre tanto, con la perspectiva que te da la distancia y el paso de los años, observas el rostro de satisfacción de tus jugadores. El cual no deja de ser el reflejo del tuyo.
Habrá muchas otras profesiones a las que les ocurra algo parecido, pero hoy quería hablar de la mía, que es la de muchos otros. Bonita como pocas.
Nota: Algunos de los mediáticos antes fueron clase media, aunque no todos.

Willy Toledo

Ahora resultaría sencillo afirmar lo contrario, hubo un tiempo en el que Willy Toledo me hacía gracia. Me parecía uno de esos tipos que tienen facilidad para hacer reír con naturalidad, sin forzar la escena. Me sacó más de una carcajada con “El otro lado de la cama”, “Días de fútbol” o “Crimen ferpecto”. También en alguna serie como “7 vidas”.
 
Actualmente no me hace ni puta gracia. Su extrema y nada objetiva argumentación hace tiempo que dejó de ser ridícula para convertirse en ofensiva. Defiende a ultranza regímenes políticos como los de Venezuela o Cuba, y despotrica sin resuello contra países como Estados Unidos. Alabando sin la menor crítica lo que ocurre en los primeros y denunciando sistemáticamente a los segundos. Entiendo que no todo lo que ocurre en un país es perfecto ni al contrario. Cuando uno se ve controlado por la subjetividad pierde el criterio.
 
Ahora se caga en la bandera, en La Virgen del Pilar, en la Monarquía y los Monarcas, en el “descubrimiento” y en los “conquistadores”. También en la “conquista” genocida de América.
 
A mí no me gusta el uso que muchas personas hacen de las banderas, soy agnóstico y republicano. Y después de leer “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, me queda muy claro lo que hicieron los “conquistadores”. Los de este lado del Atlántico y los del otro. Pero no por ello me voy cagando en todo lo que no me gusta o en todo aquello que no comparto. Sencillamente porque respeto a quien cree en dios y se siente monárquico. Igual que tomo en consideración al que ondea una bandera española el día de la Hispanidad. Yo no me siento menos español por no hacerlo.
 
No me gustan algunos de los políticos que tenemos y no por ello les voy insultando en cuanto se me presenta la menor oportunidad. Sencillamente, admito la decisión de la mayoría, trato de implicarme en la medida de mis posibilidades, expreso mi opinión sin menospreciar a nadie y obro en consecuencia cuando toca.
 
Tenemos el privilegio de vivir en un país en el cual se puede opinar libremente. Incluso, en ocasiones, se puede faltar al respeto sin que haya consecuencias. No puede decir lo mismo Willy Toledo sobre alguna de las democracias que defiende.
 
Dicho esto, y tras haberle nombrado enemigo público número uno, tenemos asuntos más importantes de los que preocuparnos en este país como para dedicarle más tiempo a un tipo que tiene nula influencia en nuestras vidas, el cual perdió el juicio hace años.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de octubre de 2015

Morir dignamente

Supongo que decidir concluir con tu propia vida produzca una angustia absolutamente insoportable. Por la irreversibilidad de la decisión y, seguramente, por la percepción de una vida incompleta y fracasada.
 
Siempre ha existido un debate sobre si suicidarse es un acto de valentía o de cobardía; se encuentran fácilmente argumentos que defienden ambas posturas. Mi instinto de supervivencia y las circunstancias por las que he pasado me impiden comprender tal hecho, pero no me atrevo a enjuiciar a quien toma una decisión de ese tipo. Intuyo que “resolver” los problemas de ese modo venga provocado por largas reflexiones que siempre sitúan a uno en el mismo punto; sin ninguna luz a la vista que permita encontrar una salida. 
 
Existen varias causas que incitan a una persona al suicidio, así lo aseguran los expertos, confirmando que es una decisión multifactorial. La última estadística registrada en España es del año 2013, en ella se refleja que durante ese periodo se quitaron la vida en nuestro país 3.870 personas. La cifra más alta de los últimos 25 años y la primera causa de muerte no natural, por delante de los accidentes de tráfico.
 
No pretendo realizar una tesis para la que no estoy capacitado, ni valorar situaciones que desconozco por completo. Sencillamente quiero reflexionar sobre el hecho de que esas personas tomaron la decisión de quitarse la vida porque disponían de la capacidad para hacerlo. 
 
Ahora bien, existen personas que no quieren prolongar su vida y, por sus limitaciones, no tienen capacidad para acabar con ella. Del mismo modo, otras, en situación degenerativa o terminal, ni tan siquiera son conscientes del sufrimiento que padecen. El mismo respeto se debe mostrar por quienes han expresado su voluntad de continuar “viviendo” independientemente de cuál sea su estado, que por los que deciden que sean otros los que pongan fin a su sufrimiento.
 
Cada uno de nosotros deberíamos tener un testamento vital en el que expresáramos nuestras voluntades anticipadas. Tal documento evitaría la infinidad de interpretaciones que pueden darse, tanto por el personal médico como por los familiares, haciendo prevalecer el deseo del firmante.
 
En cuanto a los menores de edad, como hemos visto recientemente en el caso de Andrea, la niña gallega de 12 años en situación terminal. El Estado tendría que legislar debidamente para evitar que se produzcan situaciones similares, previniendo así el sufrimiento de los menores y sus familias. Después, que cada uno obre en consecuencia ante la que, probablemente, supone la decisión más difícil frente a la que se puede encontrar una persona.
 
Todos los seres humanos tenemos derecho a vivir dignamente, pero no es menos legítimo querer morir del mismo modo.
 
Publicado en La Nueva Crónica de León el 8 de octubre de 2015

domingo, 4 de octubre de 2015

La vida que nos toca vivir


Ayer leía la estremecedora carta de Pau Donés, acongojante. Ese tipo de reflexiones que, a partir de una terrible enfermedad como el cáncer, te sitúan de frente a la realidad y te abofetean sin apenas misericordia.
Hace tiempo que concluí dos afirmaciones: por más sucesos negativos que ocurran a nuestro alrededor, no aprendemos. He escrito antes sobre ello, sobre nuestra complejidad, nuestra permanente insatisfacción ante gran parte de lo que nos rodea, sobre no poseer tal o cual cosa y la consecuente frustración. Sobre no disfrutar del presente esperando un futuro que casi nunca llega del modo que lo vestimos. A propósito de engullir el aire, en lugar de respirarlo a mordiscos. Acerca de lo egoístas que somos con nosotros mismos sin apenas darnos cuenta, y el daño que eso nos provoca.
La otra conclusión se ubica en la fragilidad de nuestra felicidad. En la cantidad de factores que influyen en su contra. En cómo nuestra dicha no depende únicamente de lo que a nosotros nos sucede, y sí en el modo en el que nuestros seres queridos se ven afectados por diferentes circunstancias. La manera en que nuestra vida se siente condicionada y la influencia que ello tiene en nuestro estado de ánimo.
Por más que lo intentemos, no hay absolutamente nada bajo control, todo cambia en un segundo, sin apenas darnos cuenta dejamos de ser quienes creíamos para convertirnos en otros. Hasta ese lugar te lleva la crudeza de la vida, la posibilidad de volver a ser el de antes reside en nuestra capacidad para superar las adversidades, evitando las cicatrices incurables. Las otras nunca sobran.
Pisemos la nieve mientras estemos a tiempo, disfrutemos de los días de lluvia y viento, de las calurosas, y a veces insoportables tardes de verano. De la risa y el llanto, que también sana. De ver crecer a nuestros pequeños, de envejecer porque ello nos muestra que fuimos jóvenes. De la familia, de los amigos que están y de los que viven presentes en nuestro recuerdo.
Dejemos de ver inconvenientes donde no existen y sobrepongámonos a los que la realidad nos presente. Simplemente, disfrutemos de la vida que nos toca vivir.
NOTA: Si tenéis oportunidad, leed la carta de Pau Donés, os hará reflexionar. Aquí el enlace:
 http://www.jarabedepalo.com/la_maleta/hoy-no-tengo-un-buen-d%C3%AD

viernes, 2 de octubre de 2015

Francés por un día

Ayer estuvo a punto de convertirse en el peor día de mi vida. Al despertarme, tuve la sensación de haber dormido profundamente, por el contrario, sentí un fuerte dolor de cabeza y una zozobra de origen desconocido. No tardé demasiado en averiguar la procedencia de la misma. Como siempre cuando me levanto, conecté la radio para informarme de lo que pasa en el mundo, pero mi sorpresa llegó cuando no comprendía absolutamente nada de lo que allí se decía. Hablaban un idioma raro el cual pude identificar a duras penas, era español. Cuando de mi boca salió: “Putain de sort”, se me vino el mundo encima.
 
Lo primero que pensé fue, lo voy a escribir en español para que os enteréis todos: “Menuda putada, un español entrenando en Portugal y que solo habla francés”. Podéis imaginaros el drama. Sonreí cuando pensé que comunicarse en francés tiene su encanto, sin embargo, se me torció la mueca cuando reflexioné sobre el nivel deportivo de mi nuevo país con respecto a España.
 
Nuestro último Roland Garros lo ganó Noah en 1983, mis vecinos del sur llevan 14 desde entonces. Pensé en el Tour, y me di cuenta que Hinault fue campeón en el ’85 y a partir de entonces los españoles han ganado 10. Reflexioné sobre el fútbol de selecciones, observé con júbilo que habíamos sido campeones del mundo, pero los hispanos también. Además llevaban 3 Eurocopas por 2 nosotros. Me entró la depresión cuando a nivel de clubes vi que España había ganado 15 veces la Champions (Copa de Europa), y la última y única de Francia la consiguió el Olympique en la temporada 92/93.
 
Abrí una botella de Perrier para pasar el trago y recapacité sobre el baloncesto; desolador. A nivel de selecciones España ha sido campeona del mundo, nosotros no. 3 veces campeones de Europa, nosotros sólo una. Busqué información (aún en francés) sobre los títulos de clubes en la máxima competición, España 12, Francia 1. Aquella que ganó el Limoges en el ´93, encima jugaba feo, feo, feo. No había suficiente Prozac en casa.
 
Me dio el subidón al pensar en balonmano y ver que habíamos ganado 5 títulos mundiales por sólo dos de los fulanos esos del flamenco y los toros. Ahora bien, cuando cavilé sobre hockey patines, 16 títulos mundiales España, imaginé que a Francia no había llegado tal disciplina. El momento en el que decidí hacerme español e ir a dormir la siesta fue cuando vi que no les cabían los títulos en motociclismo.
 
Ayer me desperté con un fuerte dolor de cabeza, pero tras unos minutos desorientado, comprendí que todo había sido una pesadilla. La cual me ha hecho ser más comprensivo con nuestros “amigos” franceses. No se lo tendré en cuenta la próxima vez que saquen a pasear a los guiñoles o suelten alguna falacia sobre dopaje. Es algo muy duro, por mucho que la Marsellesa tenga letra y la Marcha Real no.

Cuando todos perdemos

A tenor de cómo interpretan los políticos los resultados de las elecciones, los números son absolutamente subjetivos. Según los intereses de cada cual, se traducen en conclusiones difícilmente comprensibles para el resto de los humanos. Los análisis son extraordinarios, nadie pierde. De un modo u otro, todos ganan. “Hemos superado con creces los pronósticos que nos daban las encuestas”. “No hemos conseguido la victoria pero se ha demostrado que somos lo que los votantes necesitan para el cambio”. “No tenemos mayoría absoluta en votos pero nos vale en escaños. Aunque sea sumando los de otros grupos políticos independentistas”.
 
La campaña electoral en Cataluña ha sido un esperpento. Polarizada de un modo atroz por parte de los nacionalismos (el español y el catalán), sin soluciones de ningún tipo e instalados en el inmovilismo los unos. Y sin un proyecto que aporte algo más que la secesión los otros. El resto naufragando en la ambigüedad de la tercera vía sin plasmar propuestas concretas. Ninguna proposición que aclare un panorama complicado.
 
Únicamente los independentistas querían que estas elecciones se plantearan como un plebiscito, los demás grupos políticos rechazaban este planteamiento pero todos terminaron jugando a lo mismo. Una consulta plebiscitaria nunca se puede analizar en número de escaños y sí en número totales de votos. Porque, por ejemplo, cuesta el doble conseguir un concejal en Barcelona que hacerlo en Lleida. Por lo tanto, los secesionistas ganaron las elecciones pero no el referéndum encubierto que ellos quisieron llevar a cabo aprovechando las elecciones autonómicas.
 
Dicho lo cual, tal resultado no justifica el tancredismo que muestra permanentemente el Presidente del Gobierno. Ni tan siquiera a un miope se le escapa que existe una realidad en Cataluña que no debe ser afrontada de perfil o con la postura que ha presentado hasta el día de hoy el Partido Popular.
 
Es evidente que Artur Mas utilizó el argumento separatista para tapar su mala gestión, ahí están las cifras, recortes en Sanidad o Educación. Aumento de la pobreza, el paro y las desigualdades sociales. Pero no es menos obvio que existe una parte sustancial de la sociedad catalana que no quiere seguir viviendo dentro del modelo actual. Yo no llego a comprenderlo, sencillamente porque no alcanzo a entender el sentido de los nacionalismos, sean estos cuales fueren.  No obstante, soy consciente de que la solución nunca se encontrará en los polos.
 
Estamos abocados a una negociación ante la cual los políticos deberán tener la capacidad y la altura de miras que no han tenido hasta el día de hoy. Ambas partes se verán en la obligación de hacer concesiones, seguramente donde más duela. Puesto que, al día de hoy, estamos en lugar en el que todos perdemos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 1 de octubre de 2015

El oro de la fe


Yo no creía, podría decir lo contrario, aprovechar la oportunidad y jugar con el ventajismo que veo ahora en algunos. Esos que hoy nos llaman agoreros y demás calificativos parecidos. Como si creer que España no iba a ser campeona de Europa supusiera por mi parte (así como por la de aquellos que pensaban como yo y lo siguen admitiendo) un acto de deslealtad o el deseo oculto de un descalabro. Siempre piensa el ladrón que todos son de su misma condición.

A la vista del resultado final, no sé tanto de esto como imagino; pero, inicialmente, analizando hechos objetivos, nada hacía pensar que España ganaría la medalla de oro. Por delante había dos o tres selecciones con mayores recursos. No vi al equipo nacional más allá de los cuartos de final que nos enfrentaron contra Grecia, rival que llegaba invicto a la cita. Si bien es cierto que este equipo suele crecer jornada a jornada en los grandes campeonatos, la primera fase dejaba poco lugar a la esperanza. Aún más teniendo en cuenta, a diferencia de otras ocasiones, las notables ausencias de Ricky Rubio, Calderón, Navarro o Marc Gasol. Algo también habrán tenido que ver Sergio Scariolo y su cuerpo técnico en este éxito.

Este ha sido el oro de la fe. De la fe de once jugadores que decidieron seguir sin condiciones al mejor jugador español de todos los tiempos. Un tipo que ha adquirido una dimensión hasta ahora desconocida en un evento de estas características. Nunca resulta fácil individualizar en un deporte de conjunto, suele menospreciar el trabajo del resto. Pero la transcendía que ha tenido Pau Gasol en este campeonato supera cualquier precedente en la historia reciente del baloncesto.

Se echó el equipo a las espaldas como si tuviera la capacidad física de hace 10 años, se cargó de la responsabilidad a la que nunca ha virado la cara y su ejemplo fue más allá de los puntos, rebotes y tapones. Pero no fue sólo eso, fueron sus gestos de rabia y furia. Sus golpeos en el pecho reivindicando, no su figura, sino el respeto que se ha ganado la selección española a lo largo de todos estos años y que parecía estar en entredicho. Jamás se puede subestimar el corazón y el talento de un equipo campeón. Y más si en él juega alguien como Pau Gasol.

Andrés Montes le llamaba “E.T.”, nunca un humano se pareció tanto a un extraterrestre.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de septiembre de 2015

jueves, 17 de septiembre de 2015

Descansa en paz, Pepelu


Los obituarios, con frecuencia, tienden a magnificar la talla del personaje en cuestión. Quizás estén afectados por una épica que no siempre se ajusta a la realidad. Posiblemente por esa debilidad que tiene el ser humano de elogiar a los que nos dejan. Como si las hazañas que esos llevaron a cabo fuesen aún más loables y los errores cometidos se vieran minimizados por el hecho de morir. De tal manera que la realidad siempre queda distorsionada. Este no va a ser el caso.
Escribo con la tristeza de quien le conoció, aunque no con la suficiente profundidad, pero sí con muchos lazos comunes. También lo hago con la prudencia y consideración que se debe mostrar por quienes fallecen.
De José Luis Pérez Canca siempre me llamaron poderosamente la atención tres cosas: su capacidad competitiva, su sonrisa y su naturalidad. La primera de ellas, me consta con absoluta certeza, la trasladó de la cancha de balonmano a las consultas oncológicas. A diario convencido de ganar esa desigual lucha, hasta el último momento seguro de que saldría adelante como muchas veces antes lo había hecho sobre un campo. Sin apenas queja y con la actitud del que no está acostumbrado a perder.
Sonreía en el campo con la misma sencillez que tenía fuera de él. Como si la confianza en sí mismo le permitiera ese pequeño privilegio que sólo está destinado a los elegidos. Cuando Andrés Montes narraba baloncesto siempre decía gritando: “¿Por qué todos los “jugones” sonríen igual?”. Canca era un “jugón” de la pelota pequeña.
Pero lo que más me gustaba era su naturalidad, y no hablo sobre su estilo de juego. Me refiero a su comportamiento fuera de la pista. Sencillo, siempre cercano, nada afectado, cariñoso, alejado de la soberbia que tienen muchas estrellas, y él era una de ellas. De diez.
Seguramente morirse nunca sea justo. Leí en algún sitio, a propósito de su fallecimiento, que debería estar prohibido por ley morirse teniendo hijos pequeños. No puedo estar más de acuerdo. Pero también tendría que estarlo cuando tienes casi otro tanto por vivir y mucho por hacer. Descansa en paz, Pepelu.
Publicado en La Nueva Crónica el 17 de septiembre de 2015

El ser humano


Hemos fracasado, y con estrépito. Nos hemos convertido en el animal más despiadado que habita sobre la tierra. Nos decimos racionales y demostramos a diario una crueldad pavorosa. El ser humano es una decepción en sí mismo. Tan triste como real.
La insoportable fotografía de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que encontró la muerte a orillas de la playa turca de Bodrum, ha conmocionado al mundo. Consiguió que se nos removieran la conciencia y las tripas. Una vez más, ha tenido que suceder una catástrofe en Europa para abrir los ojos ante una guerra que lleva más de cuatro años desangrando Siria.
A buen seguro, ha habido cientos de fotografías no tomadas que hubieran reflejado la tragedia que se vive en ese país y en otros muchos asediados por la muerte; la que provoca la guerra y el hambre. Imágenes esas que nunca veremos y ni tan siquiera llegaremos a imaginar. Mejor así, nuestras conciencias podrán descansar tranquilas.
Guerras alentadas y patrocinadas por occidente, intereses geopolíticos que superan el límite de la decencia. Todo vale mientras se gane dinero al precio que sea y la cosa pille lejos, no vaya a salpicarnos.  
Dirigentes políticos que se reparten a refugiados como si fueran piezas de un juego de mesa. Incapaces, inútiles y egoístas, siguen empeñados en la idea de poner puertas al campo. Solo hay que recordar las palabras de David Cameron en referencia a los refugiados: “ese enjambre”. Como si los cientos de miles de desplazados recorrieran a pie por simple antojo los 3.500 kilómetros que separan Siria de Centroeuropa. Los 240 mil muertos no tuvieron tanta “suerte”.
Los políticos piensan que la solución se encuentra aquí y no en sus lugares de origen. Cada día resulta más evidente que no somos iguales. Nacer a un lado u otro de la alambrada determina buena parte de nuestro futuro.
Después está la gente, los ciudadanos de a pie. Los que queman los centros de acogida y los que agreden brutalmente. También están los otros, los que se prestan a dar cobijo en sus casas.
A esta última esperanza toca agarrarse, es la única oportunidad de salvarnos.
Publicado en La Nueva Crónica de León el 10 de septiembre de 2015

martes, 8 de septiembre de 2015

Tomar partido

Tengo un conocido que tiene por costumbre cuestionar mis columnas, no me interpela por lo que en ellas escribo, poco le importa si me posiciono de un lado o de otro, o si mis argumentos están bien traídos o por el contrario no se sostienen por mucho que uno lo intente.
 
Su única argumentación se basa en que, manifestar mi opinión de manera pública, puede conllevar consecuencias que afecten al ejercicio de mi profesión. Asumiendo que seré o no contratado en función de mi afinidad ideológica con respecto a los mandatarios del equipo correspondiente. Llegando a manifestar que mi capacidad como entrenador nunca será un argumento determinante.
 
Me parece un punto de vista interesante, cobarde y mezquino, pero interesante. Más de una vez he hablado conmigo mismo sobre este asunto, con frecuencia me he cuestionado la conveniencia o no de manifestarme públicamente. A pesar de que intento exponer mis argumentos desde el más absoluto respeto y trato, en todo momento, de no ofender a nadie. Seguramente no siempre lo consiga.
 
Cuando termino esos apasionados debates, llego constantemente a la misma conclusión: nunca me gustó nadar y guardar la ropa. Es probable que se llegue antes evitando el compromiso y mostrando una posición ambigua, aunque seguramente esa postura no te lleve más lejos.
 
Respeto a todo aquel que expresa democráticamente su opinión y desconfío del que no toma partido. Del que prefiere mantenerse callado a la espera de obtener rédito de su doble moral. De ese juego que te permite mirar para otra parte mientras lo que sucede a tu alrededor no te afecte. Sospecho de esos, no son trigo limpio. Porque el día que las cosas te vayan bien estarán contigo, y tardarán el mismo tiempo en darte la espalda cuando la suerte cambie de acera.
 
En la vida siempre hay que comprometerse, poco importa la naturaleza de la decisión y las consecuencias de la misma.
 
Comienza una temporada más de opinión, aún no tengo la suficiente talla como entrenador para que un ministro del interior cuestione mis opiniones o quiera dejarme en evidencia. Espero que únicamente sea cuestión de tiempo.
 
Publicado en La Nueva Crónica de León el 2 de septiembre de 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

De nuevo a la carretera


Un verano más, vuelvo a meter mi vida en unas cuantas maletas. Como siempre, me aseguro de que las cremalleras estén bien cerradas para que no se me escapen los recuerdos, para que ese pedazo que me llevo de todos los míos me acompañe durante las largas tardes de invierno. Aunque acarreo tan poco equipaje como reminiscencias. Seguramente porque, de lo contrario, el peso impediría mi marcha.

Me echo de nuevo a la carretera para continuar persiguiendo el sueño que desde bien pequeño tuve. Cumpliré mi segunda temporada en Portugal con el deseo de prolongar el buen sabor de boca que nos dejó el final de la pasada. El reto será extraordinario, Oporto vuelve a la liga y Benfica tiene plena conciencia de ello, solo hace falta echar un vistazo a los fichajes que ha hecho. Después hay unos cuantos que no quieren quedarse atrás, normal, a nadie le gusta.

Mantengo el manicomio casi al completo, con alguna incorporación que espero mejore nuestras prestaciones. Será un placer volver a ver a esa panda de locos que tanto me hizo disfrutar, a medida que se acerca el inicio me doy cuenta de que les he echado de menos. Dudo que ellos piensen lo mismo al tercer día de pretemporada.

No ha sido un verano fácil, pero quien se dedica a esto sabe bien que el trabajo realizado durante el estío decide buena parte de lo que se recoge en primavera. Y yo pretendo recolectar más de lo que me llevé la época pasada. Lo sé, estoy muy pirado, pero el jefe de la panda tiene prohibido estar cuerdo.

Me gustaría que la recobrada ilusión que mostraron nuestros aficionados en las semifinales contra Benfica no haya sido un espejismo, y que el espíritu que siempre hizo especial a Ovarense, gracias a sus adeptos, nos acompañe desde el primer partido de liga. Nosotros trabajaremos para que ellos no puedan tener excusa alguna.

Aún llevo la cuenta de las veces que, al marcharme, he mirado atrás por el espejo retrovisor a lo largo de este tiempo. Y aunque lo recuerdos cada día pesan más, los años acumulan experiencias, espero seguir manteniendo esa cuenta mientras me alejo de mi casa con un sentimiento contradictorio.