martes, 21 de octubre de 2014

Hasta siempre, entrenador


Recuerdo perfectamente la última que le vi; fue en marzo de 2013 durante la gala de Gigantes del Basket. Me saludó como lo hacía siempre, amable, cortés y educado, con una sonrisa.
Pasamos un buen rato juntos, en ese momento José María García estaba dando un “speech” de los suyos, contó un par de anécdotas sobre Pedro Ferrándiz, le cambió el nombre de pila a Orenga y divagó un poco más de lo habitual. Junto con Willy Villar y Joaquín Rodríguez nos reímos sin apenas descanso.

Siempre he sentido por José Luis Abós una sincera admiración, llegó a la cima desde abajo, sin que nadie recorriera parte del camino por él. Fue quemando etapas sin pasar por encima de nadie y sin levantar la voz; y cuando tocó el cielo siguió siendo la misma persona normal que le había llevado hasta allí.
Siempre fue cercano y exquisito en el trato. Su mirada era la de una persona honesta e inteligente. Era esa clase de gente con la que me hubiera gustado pasar más tiempo hablando de baloncesto y de la vida. Invitaba a ello.

Consiguió algo que se le niega a muchos, fue profeta en su tierra, en una tan complicada como Zaragoza, donde el baloncesto tiene una enorme tradición y donde su afición es una de las más exigentes y entendidas del país. Esa misma afición pide hoy que el pabellón Príncipe Felipe cambie su nombre por el de José Luis Abós, excelente iniciativa.
Ayer sentí tristeza y rabia. Desde ayer la vida y el baloncesto son un poco peor sin él. Allá donde estés; hasta siempre, entrenador.