martes, 26 de agosto de 2014

El peso de los sueños



Dicen que la vida es sueño, que los sueños, sueños son. Que los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. Que el sueño y la esperanza son los dos calmantes que la naturaleza concede al hombre. 

Que el sueño no es más que una muerte breve; y la muerte sólo un sueño prolongado. Que todo comienza con el ensueño de alguien. Que la posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante. Que nunca hay que desistir de un sueño; sólo hay que tratar de ver las señales que te lleven a él. 

Que todos los hombres sueñan, pero no del mismo modo. Los que sueñan de noche en los polvorientos recovecos de su espíritu, se despiertan al día siguiente para descubrir que todo era vanidad. Más los soñadores diurnos son peligrosos, porque pueden vivir su sueño con los ojos abiertos, a fin de hacerlo posible. 

Que un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto. Que somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños. 

Los sueños pesan, nos arrastran. En ocasiones, hacen que puedan tomarnos por locos. Logran que dejemos atrás todo o gran parte de lo que tenemos con tal de conseguirlos. Nos persiguen del mismo modo que nosotros a ellos. La vida no se entendería tal como es si muchas personas no los hubiesen cumplido. 

Pueden tener tanta o más fuerza que la necesidad, nos empujan y nunca nos abandonan. Si acaso, somos nosotros quienes los apartamos. Los arrinconamos en un pequeño espacio de nuestra mente. A veces con el firme propósito de abandonarlos para siempre, pero ellos nunca ceden. Son fieles aunque su forma se modifique y eso hace que, en ocasiones, parezcan diferentes. 

Siempre conceden una segunda oportunidad para que podamos llevarlos a cabo. Nunca se debe renunciar a un sueño, aunque parezca imposible, o el remordimiento nos perseguirá eternamente.