miércoles, 16 de julio de 2014

El otro partido



Siempre hay otro partido, uno paralelo. Aquel que juegan las aficiones y en el que vuelcan todas sus pasiones y sentimientos. Mayor es la alegría o decepción cuanto más grande es el evento. Al final, las lágrimas de unos contrastan con la sonrisa de los otros. Alegría desbordante en uno de los bandos, profunda tristeza en el otro.

Viajes pagados con los ahorros de varios años, días de vacaciones para seguir a su selección o equipo y una maleta repleta de ilusión y esperanza. Todos viajan con el anhelo de verse campeones y ninguno quiere regresar antes de tiempo. 

En muchos casos, la derrota parece afectarles más que a algunos de los profesionales que corren por el campo. Ese sentimiento de pertenencia y orgullo que invita a un concienzudo estudio sociológico y que debería hacer sentir a algunos profesionales una mayor responsabilidad en el ejercicio de su trabajo. 

Nunca he alcanzado a comprender semejante pasión, tanto desconsuelo en la derrota y tanta euforia en la victoria. Hasta el punto de dejar a un lado todas las preocupaciones que diariamente nos asedian. Perder el apetito, sentirse abatido y desolado o ver la vida de un modo mucho más optimista, según el caso. Quizás esa sea la válvula de escape que muchos necesitan para olvidarse de sus problemas. 

El domingo fue un buen ejemplo de ello. La final del Mundial fue un tobogán, los argentinos se vieron cerca de abrazar la gloria y terminaron bañados en lágrimas de desconsuelo. Las mismas que corrieron por las mejillas de los alemanes pero con diferente sabor y significado. 

A lo largo de los años, esos rostros los hemos visto en gentes de otras nacionalidades y deportes. Otras camisetas, otro escenario o época del año, pero en nada más se diferencian. 

Y para la reflexión queda el hecho de que sin ellos no habría espectáculo, porque nadie pagaría por verlo, nadie cantaría los goles. No habría nadie que diera el aliento necesario para llegar a ese balón imposible o que empujara cuando las fuerzas están al borde de la extenuación.

Pero sobre todo, no habría nadie con quien celebrarlo ni nadie con quien consolarse. 

Publicado en La Nueva Crónica de León el 16 de julio de 2014