lunes, 28 de abril de 2014

Humillación dominguera








Siempre me he tenido por un buen deportista amateur, aceptable en casi todo, realmente bueno en nada. Nunca he rehuido un reto: baloncesto, fútbol, pádel o un maratón. Da igual, cualquier cosa me vale con tal de hacer ejercicio y después tomar unas cañas.
 
He tenido la suerte de competir profesionalmente a baloncesto como entrenador y la ocasión de enfrentarme a jugadores que han sido profesionales en sus respectivas disciplinas, pero debo decir que jamás me he sentido tan humillado como ayer.

Ando a mal traer con una hernia que limita el tipo de ejercicio que puedo hacer. Así que, descolgué del trastero una bicicleta de montaña que había ganado en un 3x3 que organizó El Corte Inglés hace más de 15 años. Debo puntualizar dos aspectos: la bici la gané junto a mi equipo en un sorteo y contadas fueron las ocasiones en las cuales la había usado. Por lo tanto, está impecable. 

Hay una ruta por la que transito con mayor asiduidad. En ella divisé a lo lejos dos figuras que parecían pedalear. A medida que me fui acercando pude comprobar que eran dos paisanos bien equipados, con aspecto de experimentados pero que parecían haber dejado el medio siglo de vida sensiblemente atrás. 

Los rebasé de manera elegante y decidí subir mi ritmo de pedaleo. Pasados unos cientos de metros sentí cómo alguien se ponía a rebufo. “¡Coño, los puretas!”. Me vi en la obligación de acelerar aún más, presionado por su presencia y con la firme intención de sacarlos de rueda, como se dice en el argot. 

Pasaban los kilómetros, la presión aumentaba y aquellos dos fulanos no se despegaban de mí. Sufrí como un canalla en aquellas cuestas que no se perciben cuando se conduce. La catalina y los piñones iban a salir disparados, al menos los de mi bici. Las piernas comenzaban a cargarse mientras empezaba a sentirme como un gregario frustrado.

A tal tiempo, apareció salido de ninguna parte un tercero que nos rebasó sin la menor complicación. Entonces, mis dos compañeros de escapada debieron pensar que era momento de poner fin a aquel romance. Al adelantarme, el último de ellos me dijo: “Nos has servido para quitar el frío”. 

¡La madre que me parió! El tipo debió sentirse como Eddy Merckx (por aquello de la edad) y yo como una manta eléctrica. No tengo bastante con el dolor de culo cada vez que toco el sillín que encima debo soportar semejante humillación. Ni tan siquiera un mísero: “Gracias, chaval”. Ahora bien, esto no va a quedar así.