lunes, 20 de enero de 2014

Sin síntomas de evolución



Hubo un tiempo en el que parecía que el Siglo XXI no llegaría nunca, el mitificado año 2000 siempre pareció estar lejos. Naves espaciales a modo de taxi, humanos conviviendo con seres cibernéticos y avances tecnológicos que nos evitarían sufrimiento.

Mucho se ha avanzado en las últimas décadas, aunque no tanto como sería de esperar. La tecnología se desarrolla vertiginosamente pero el pensamiento humano, en algunos casos, va unos cuantos siglos por detrás.

Dice Fernando Sebastián Aguilar, quien mañana recibirá en el Vaticano el anillo de cardenal, que “la homosexualidad es una deficiencia que se puede normalizar con tratamiento”, como su hipertensión. Hay un poso de misericordia en sus palabras, argumentando que “no es ofensa, es estima” porque cuando “una persona tiene un defecto, el buen amigo es el que se lo dice”. ¡Qué cosas!

Imagino que tal afirmación estará apoyada en rigurosos estudios científicos independientes. A buen seguro, serán unas cuantas farmacéuticas las que estén frotándose las manos en estos momentos, menudo negocio. Luego habrá que ver si el medicamento se dispensa con receta y si es de obligado consumo para todas aquellas personas que presenten semejante “deficiencia”. 

Ironía al margen, son unas declaraciones retrógradas y que insultan a la inteligencia de cualquiera que tenga dos dedos de frente. Unos somos calvos y otros lucen melena, los hay negros, blancos o mulatos, altos, bajos o de talla intermedia, más o menos hábiles, más o menos guapos (según los gustos), heterosexuales, homosexuales y bisexuales.

Hay aspectos en la forma de ser de una persona que no se eligen, se es así o se es de otro modo. Y ninguno es mejor que otro, simplemente, uno es como es. Habría que respetar más y juzgar menos, quizás así seríamos capaces de progresar al ritmo que debemos. 

Dos mil años de evolución para llegar a este punto, acojonante.
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