martes, 25 de noviembre de 2014

La victoria y la derrota

Recuerdo, perfectamente, cómo me sentía de pequeño cada vez que mi padre me ganaba a las damas. Nacía una rabia en mi interior imposible de controlar, le agradecía que no fuera condescendiente conmigo tanto como le odiaba por haberme humillado. Nunca aprendí a perder, y la última vez siempre me dolía más que la anterior.
 
La derrota es la circunstancia que peor me hace sentir conmigo mismo. Siento una furia que, afortunadamente, he aprendido a dominar, a convivir con ella. A veces, casi a ignorarla.
 
Mi cerebro genera un compartimento estanco que consigue arrinconar por momentos tanta cólera. Hasta que un resorte me lleva a recordar un suceso del partido y desencadena una procesión de imágenes que se agolpan desordenadas hasta que van tomando forma. Respiro, cuento, pienso e intento convertir todo lo nocivo en algo positivo.
 
Por el contrario, la victoria me deja vacío. Como si perdiera toda la energía que me ha llevado hasta ella. Como si el peso de mi cuerpo quedara suspendido en un espacio ausente de gravedad. Es una sensación sumamente placentera, difícil de explicar. Completamente alejada de la euforia, es un sentimiento cercano a una paz interior.
 
La derrota siempre es cruel; no hay nada dulce en ella. Pero bien digerida, tras unas horas de sosiego, resulta mucho más instructiva. Menos traicionera. La derrota no camufla los defectos que la victoria no muestra. Te obliga a la autocrítica, a la reflexión.
 
La victoria invita a pasar por alto detalles que, en un futuro, pueden resultar transcendentales. La derrota te obliga a aprender; la victoria, con frecuencia, te instala en la autocomplacencia. La derrota apremia a elevar el listón de la exigencia, cosa que la victoria no hace por sí misma.
 
Ahora bien, la derrota frustra tanto como motiva la victoria. Hace dudar, perder la confianza en uno mismo y en los demás. Bloquea la mente y paraliza el cuerpo.
 
Por eso, aquellos que se levantan de una derrota, aprenden y construyen a partir de ella, luchan con más ahínco en la siguiente ocasión y jamás se dan por vencidos. Llegarán tan lejos como esos a los que la victoria no les ciega y acomoda.
 
Porque, al fin y al cabo, la vida no son las cosas que nos suceden, sino cómo reaccionamos ante ellas.

jueves, 20 de noviembre de 2014

#NoPayNoCoach


Hace unas semanas no salía de mi asombro, aquí, en Portugal, la convalidación de mi título de Entrenador Superior de baloncesto, soy tan mayor que lo saqué cuando aún se llamaba así, supuso un auténtico quebradero de cabeza.
No bastó con el título y una comprobación de federación a federación, tuvo que pasar por lo que en España sería el Consejo Superior de Deportes. Me requirieron, dentro de la Unión Europea, el pasaporte. Además de un número de contribuyente portugués, con los trámites burocráticos que ello conlleva. Al final, después de seis semanas, tuve la convalidación. Si bien dirigí el primer partido de liga con una autorización provisional que llegó in extremis.
Ayer, mi asombro por lo que me pasó aquí se convirtió en indignación al ver lo que les pasa a los entrenadores de baloncesto catalanes. El Departament d'Ensenyament de la Generalitat de Catalunya exige que todos los títulos tramitados entre 1999 y 2014 deben regularizarse para acceder al 'Título de Técnico Deportivo de Bàsquet'.
Por lo que, a partir del 1 de enero, todos aquellos títulos obtenidos en ese periodo no tendrán validez alguna; a menos que se sometan a un carrusel de clases, pruebas y entrevistas. Todo, antes de pasar por caja, obviamente.
Quiere esto decir que esos títulos desaparecen porque a alguna “mente pensante” se le ocurrió un buen día tan “brillante” idea. Significa esto que los títulos expedidos por la Federación son papel mojado, que no valen nada. Y que el dinero y el tiempo invertido por estos entrenadores son arrojados por el desagüe.
Ponen en cuestión su preparación, su dedicación, las horas de patio y de viajes. Además de jugar con todo lo anterior, lo hacen con su esfuerzo e ilusión. Personas que le restan tiempo a sus familias con el único objetivo de hacer lo que más les gusta. Enseñar baloncesto y educar a través de él.
Entrenadores que se han formado y estudiado para ello. A los que nadie les regaló el título. Ahora, habría que decirles a los ideólogos que sus títulos, si es que los tienen, tampoco valen, aunque a juzgar por la decisión tomada debieron comprarlos.
Parece evidente que tras esta resolución subyace un espurio interés recaudatorio, el cual resulta vergonzoso, indecente e injusto. Y ante la injusticia sólo existe el camino de la insumisión. Si los tipos del traje y corbata quieren baloncesto bajo estas condiciones, habría que decirles que se vistan de corto y bajen ellos a la cancha.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sin presunción de inocencia

No hay día sin sobresalto, se agolpan los escándalos uno encima de otro; sin respiro. Aún nos estamos poniendo al día de uno cuando se destapa el posterior. Lo de hoy ya es pasado. A la UCO, a los jueces, o a quienes quiera que sean los que ponen los nombres a tanta operación contra la corrupción se les van a terminar las ideas. De locos.
 
Bien está que se persiga a todos y cada uno de los chorizos que han metido la mano en la caja sin el más mínimo pudor y recato. Sin concesiones con ellos, que devuelvan lo afanado y que cumplan las penas de manera íntegra.
 
Ahora bien, el país está corrompido y podrido de tal modo que corremos el grave peligro de meter a todos en el mismo cesto. Si no lo hemos hecho ya.
 
Estamos a un minuto de acabar con la presunción de inocencia. A mí me cuesta horrores creerme a cualquiera de los políticos que salen a diario portando la bandera de la transparencia. Ya no le concedo el beneficio de la duda a ningún adalid del movimiento anticorrupción. No le compro el argumento a nadie, por más que ponga a su familia por delante.
 
Y como yo, así andamos la mayoría, por no decir todos. Tan triste como peligroso, es tal el descrédito que ahora cualquier político resulta culpable hasta que se demuestre lo contrario. Para más inri, muchos se empecinan en seguir negando la mayor por más que les hayan pillado con el carrito del helado, queriendo hacernos pasar por lo que parece que éramos hasta que la cruda realidad nos obligó a dejar de serlo.
 
Necesitamos invertir en educación para conseguir una regeneración democrática. Seguramente si tuviéramos una conciencia social adecuada ahora no estaríamos metidos en este lío. Y eso únicamente se lograría a través de un proceso pedagógico que nos llevaría años ejecutar.
 
Porque, nos guste o no, la política es elemental en nuestras vidas. Rige cada uno de los pasos que damos, hasta el más insignificante. En la vida, todo es política. Y, más allá de la ideología de cada uno, la sociedad necesita de políticos íntegros y con clara vocación ciudadana. Personas que lleguen a servir, no a servirse. No va a estar fácil.
 
Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de noviembre de 2014.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Que siga la fiesta

El mundo va realmente bien, pero sólo para los de siempre. Los demás lo vamos llevando como buenamente podemos y hay otros muchos que ni tan siquiera van pudiendo por más que quieran.
 
Un reciente estudio de Caritas, tratado de censurar por parte del gobierno, como aseguran fuentes cercanas a la Conferencia Episcopal, destaca que el 25 % de los españoles se encuentran en situación de exclusión social debido a los efectos de la crisis. Ese porcentaje supone un total de 11.746.000 personas, de ellas, 5 millones se encuentran en exclusión severa. 
 
Ese mismo informe apunta que un 50 % de los hogares españoles están afectados “simultáneamente” por problemas de privación material y de pobreza infantil. Especialmente alarmante resulta saber que únicamente el 34,3 % de los españoles está considerado en situación social de integración plena.
 
Unicef alertaba en su informe “Los niños de la recesión”, que 76,5 millones de niños viven por debajo del umbral de la pobreza dentro de los 41 países más ricos de la OCDE y la Unión Europea. España ha sufrido un incremento de 8,1 puntos en cuatro años, siendo 2,7 millones de niños (36,3 %) los que están en situación precaria.
 
Por otro lado, los ricos se han hecho más ricos durante la crisis. Como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia. Ahí van unas cuantas cifras que acongojan. Las 85 personas más ricas del mundo aumentaron su fortuna en un 14 %, lo que supone un beneficio conjunto de 668 millones de dólares diarios o casi medio millón por minuto.
 
El número de milmillonarios en el mundo durante la crisis ha pasado de 793 en 2008 a 1.645 en 2014. Solo en África Subsahariana hay 16 personas cuya fortuna está cuantificada en miles de millones mientras conviven con 358 millones de personas en pobreza extrema.
 
En cuanto a España, las 20 personas más ricas tienen tanto como el 20 % más pobre (14 millones de personas). En el nivel más alto, el 1 % de los más ricos tiene tanto como el 70 % de los españoles. Y tan solo 3 personas acumulan una riqueza que duplica sobradamente la del 20 % más pobre de la población.
 
Nada, que siga la fiesta.
 
Publicado en La Nueva Crónica el 5 de noviembre de 2014