lunes, 6 de octubre de 2014

Dejad, que escojan ellas.


“Dejad, que escojan ellas”, decía Freddy. Y, entonces, nos reíamos a carcajadas. Lo decía con aire de suficiencia cuando, al salir de noche, veíamos a un grupo de chicas del mismo número que el nuestro y, cada uno de nosotros, iba diciendo quién de ellas le gustaba más.
Lo decía con petulancia, la que te proporciona la juventud y la inconsciencia. Éramos chicos aparentes, de aquella, incluso, nos creíamos guapos. Disponíamos de unas ciertas habilidades sociales, teníamos tiempo y dinero para gastar y nunca tuvimos prisa en volver a casa.

Y así es, no lo sabíamos entonces, pero ellas siempre escogen. Son ellas las que eligen, las que deciden quién debe ser quien las corteje, quién debe ser el que las seduzca una vez que han determinado que quieren ser conquistadas por esa persona.
Mientras, nosotros, los apuestos galanes, rebuscamos en nuestro interior algún resquicio detallista y romántico. Dejamos atrás, muy atrás, esa actitud de macho alfa que demostramos con nuestros colegas y que solo es una fingida pose. Todos somos conscientes de ello, pero nos gusta vivir en la mentira. Disfrutamos con ella, así reforzamos nuestra autoestima.

Creemos seducirlas, conquistarlas; y solo es así en parte. Debemos demostrar cada día, cuidar los detalles, hacerlas reír, preocuparnos y ocuparnos de ellas. Sorprenderlas, ser cariñosos o tener buena memoria. Es el examen que debemos superar, con estas y otras materias aún más complejas. Primeramente, ellas deciden si podemos presentarnos, más tarde si aprobamos. Así que: dejad, que escojan ellas.

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