miércoles, 29 de octubre de 2014

El oficio de entrenador

Solemos ser maniáticos, perfeccionistas e inconformistas. Tenemos tendencia a complicar el juego. Nos cuesta relajarnos porque sabemos lo que viene detrás, 10 0 12 tipos que se ponen a rebufo buscando la más mínima excusa. Dibujamos bloqueos imaginarios en nuestra mente, tratamos de pensar en mañana antes de que empiece el día de hoy.

Creemos tener un sexto sentido que no siempre acierta, le damos mucho valor a las sensaciones, casi siempre nos ponemos en lo peor y somos un poco llorones. Nos envidiamos y admiramos entre nosotros a partes iguales. En ocasiones creemos que cosimos el primer balón, somos vanidosos y nos cuesta admitir los errores que les reprochamos a nuestros jugadores.

La profesión te hace desconfiado o quizás sea la experiencia, los palos en las ruedas y las hostias recibidas. Estamos colgados permanentemente de un alambre. Nos falta tiempo para coger el coche en busca de un lugar donde haya dos canastas, 10 tipos y un balón de por medio.

Las semanas son más cortas de lo que deberían, siempre nos falta tiempo para pulir algún detalle. Sonreímos lo justo, como si nos fueran a saltar los puntos después de una operación de apendicitis.

Cada temporada agarramos la maleta y lo dejamos casi todo atrás. Algunos se llevan a la familia, de aquí para allá; otros la dejamos en casa. Pagamos un alto peaje en nuestras relaciones de pareja, familiares o de amistad. Jodidos por ello, a mi hay veces que me gustaría que la capacidad de querer me fuera ajena, pero satisfechos por hacer lo que más nos gusta.

Cuando la temporada empieza y nadie se acordó de alguno de nosotros nos sentimos como animales enjaulados; esperando el tropiezo de algún colega para ver si tenemos la suerte de que sea nuestro teléfono el que suene. Asquerosa ley de vida y de supervivencia.

Sobre nuestra profesión entiende panaderos, dentistas, alicatadores, arquitectos y mi vecino el del quinto. Lo comprobamos cada fin de semana. A veces tragamos más de lo que deberíamos y somos tan buenos o tan malos como nuestro último resultado. Pero no nos rendimos nunca, somos así de tercos.

 

Me niego a pensarlo


Aquí, en Portugal, todos los días me pintan la cara; y eso que son gente educada. Las dos últimas semanas abrimos los informativos del país con el primer caso de Ébola fuera de África. Ayer lo hicimos con la macro redada en diferentes provincias españolas y que se ha llevado por delante a políticos, funcionarios y empresarios. Y porque no se han enterado de lo de Nicolás, que sino el descojono hubiera sido generalizado. Estoy a un paso de llegar un día al entrenamiento y que me pierdan el respeto. 

Mi amigo Andrés se empeña en recordarme que los políticos son como nosotros, o que nosotros no somos tan diferentes a ellos. Que conducimos a 160km/h cuando el límite es de 120, descargamos películas,  pagamos sin IVA en cuanto tenemos oportunidad o nos saltamos los peajes en Portugal. Me dice que deberíamos mirar más hacia nosotros mismos y dejar de dar clases de moralidad y ética a los demás.

Seguro que en alguno de estos cuatro ejemplos tan simples encontramos culpables a buena parte de los españoles, me hallo entre ellos, aunque los peajes los pago. Unos por despecho, otros por falta de conciencia, diferentes motivaciones mismas consecuencias. No le niego la mayor, sería absurdo.

Seremos culpables de lo nuestro y cómplices de lo suyo, seguro. Aunque me niego a pensar que la mayoría de nosotros, llegado el caso, tuviéramos la puta poca vergüenza de robar a manos llenas y encima mofarnos de todos los demás como si fueran gilipollas. Que igual lo somos.

Me niego a pensar que recortando en educación, sanidad o prestaciones sociales porque nos cuentan que no hay para ello pero sí para los bancos, la gran mayoría de los españoles (si estuviésemos en ese lugar), tuviéramos la jeta de abrirnos cuentas en Suiza, tirar de tarjeta opaca o arreglar comisiones con los colegas de prostíbulo.

Me niego a pensar que somos una sociedad tan perversa, podrida y asquerosa. Me niego a pensar que nuestra clase política es el reflejo de lo que somos los españoles que nos ganamos la vida como buenamente podemos. Me niego a pensar que mintiésemos sistemáticamente y que nos la trajera al pairo que CINCO MILLONES de personas sufran exclusión social extrema en España o que únicamente un 34 % viva sin carestías esenciales.

Me niego a pensar que somos tan sumamente egoístas e insolidarios. O que nos falta educación y conciencia social.  Si algún día llego a esa conclusión, Portugal va a quedar muy cerca. Mientras, me resisto a pensarlo.

domingo, 26 de octubre de 2014

La oportunidad de la vida


La vida es bien sencilla, o desmesuradamente complicada y cruel. Puede ser jodidamente implacable desde el primer día que uno llega a este mundo. Las circunstancias influyen brutalmente en el rumbo de las personas, y aunque alguno es capaz de cambiar el libro de su vida, muchos sucumben ante la falta de oportunidades.
Unos metros de distancia cambian el orden de las cosas, menos oportunidades, más pobreza, menos progreso, mayor riesgo de exclusión, menos vida o más miseria. Naces a un lado y tienes oportunidad de conseguirlo casi todo, caes al otro y no tienes opciones de lograr casi nada que no sea desgracia y pena.
 
Porque como dice Alejo Vidal-Quadras: “Por sorprendente que parezca, la opulencia y la extravagancia de una minoría selecta es la condición indispensable para el progreso general”. Ahí, con dos cojones, torero.
 
Que se lo pregunten a los de la foto después de que vieran durante 12 horas, encaramados a la valla, “birdies”, “approachs”, algún que otro “bogey” y un “backspin”. Con esto no digo que los golfistas y sus “caddies”, si es que los llevaban, sean los culpables de que haya personas al otro lado de la valla muriéndose de hambre y privados de esperanza. Que ya veo a alguno agarrando el rábano por las hojas.
 
La foto no es demagogia, como dijo otro. La foto es lo que es, la vida misma, sencillamente. La vida es la oportunidad de tener una oportunidad o el infortunio de la imposibilidad.
 
Que nadie se llame a engaño, no es simple casualidad, a lo largo de la historia, la vida de unos muchos siempre ha estado dirigida por unos pocos. Y así va a seguir siendo.
 
Foto de José Palazón.

viernes, 24 de octubre de 2014

No va más


Acabamos la pretemporada como si estuviéramos a punto de comenzar el verano, 28 grados y un sol de justicia. No hay quién pare más de cinco minutos a la solana o corre riesgo de achicharrarse.
Han sido siete intensas semanas, han servido para coger la forma física, para empezar a conocernos, tanto profesional como personalmente, y para activar todos los automatismos defensivos y ofensivos. No ha sido la pretemporada soñada, puesto que hemos estado con nueve jugadores todos los días a excepción de cuatro entrenamientos. Estamos cerca de convertirnos en el mejor equipo en el 5x0 y en el 4x4. A pesar de ello, hemos aprovechado el tiempo.
 
Me hubiera gustado jugar, al menos, dos partidos más. El balance final ha sido de tres victorias y cuatro derrotas, compitiendo siempre y con opciones reales de ganar en cada encuentro, excepto contra Lusitania, quien nos sacó del campo en el segundo tiempo. Finalmente le dimos una mano de maquillaje para minimizar el descalabro.
 
En líneas generales, el equipo trabaja bien, hay que apretar para evitar que se relajen pero suelen responder. Con lo que más disfruto es viendo cómo recuperan, bendita juventud. Y ahí estamos, siendo el equipo más joven de la liga con 22 años de media. Tendrán que aprender a carreras, no queda otra. El mayor reto de un equipo así es evitar una racha negativa, agarrarse a la competición.
Mañana debutamos en Algés, a 10 kilómetros de Lisboa, donde el Tajo se confunde con el Atlántico. La semana trajo mejores sensaciones en sus primeros días, pero sólo son eso, sensaciones. Ahora toca llevar el trabajo de todo este tiempo al terreno donde los errores no se perdonan.
 
Cuatro años han transcurrido desde mi último partido oficial, no siento nada especial. Quizás porque realmente esto es como andar en bicicleta, probablemente porque el primer día que bajé a la cancha tuve la sensación de haber estado allí el día anterior o seguramente porque es una práctica tan interiorizada como dormir o comer.  
 
En cualquier caso, la sensación que nunca he olvidado es la de perder, y esa no me gusta nada.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Las sopas de ahora


Los tiempos cambian, antes las sopas tenían estrellas, fideos o letras. Resultaban inspiradoras, de niño uno se entretenía viendo flotar tanta estrella en la superficie, aquello parecía el cosmos. Incluso se dejaba volar la imaginación deseando estar en otro lugar, hasta que llegaba tu madre y te apremiaba para que terminases. ¡Qué tiempos aquellos!
Ahora no, las sopas son diferentes, al menos en algunos colegios de León. Tienen estrellitas, sí, pero éstas vienen acompañadas de pequeños gusanos. Cómo ha evolucionado el asunto, los deben poner ahí para que interactúen con los niños; que con tanto móvil, tanta “tablet” y tanta televisión no conocen naturaleza alguna.

Al parecer, a la Federación Leonesa de  Asociaciones de Madres y Padres no les ha parecido nada bien que a la empresa concesionaria del servicio de catering se les hayan caído en la sopa por error. Ante el revuelo montado, la compañía ha salido al paso argumentando que la ingesta “no hubiese producido daño a la salud”.
Al responsable de comunicación de Serunión, que así se llama la innovadora y competente sociedad, debían de haberlo despedido al minuto de haber realizado esas declaraciones, por desinformado. Los citados gusanos reciben el nombre de gorgojos y se utilizan con fines terapéuticos. El Sr. Dieminger fue quien creó este tratamiento, argumentando que son de utilidad para combatir enfermedades como el cáncer, artritis, diabetes, Parkinson, psoriasis o incluso el asma. No hay chanza en ello.

Sobre los efectos que producen al consumirlos y las diferentes formas hay suficiente información en internet, así que, quien tenga interés puede bucear por la red. Yo me voy saltar este paso, que igual usted está leyendo el periódico mientras desayuna.

Queda claro que el problema no fueron los gusanos en sí; sino una mala comunicación por parte de la empresa. Ahora bien, más difícil tuvo que resultar, para la misma compañía, explicar cómo llegó una chuchilla a un menú de un colegio de Mallorca.

Disculpen la ironía, pasan tantas cosas en este país que a veces no queda otro remedio que tomarlo de este modo.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de octubre de 2014.

martes, 21 de octubre de 2014

Hasta siempre, entrenador


Recuerdo perfectamente la última que le vi; fue en marzo de 2013 durante la gala de Gigantes del Basket. Me saludó como lo hacía siempre, amable, cortés y educado, con una sonrisa.
Pasamos un buen rato juntos, en ese momento José María García estaba dando un “speech” de los suyos, contó un par de anécdotas sobre Pedro Ferrándiz, le cambió el nombre de pila a Orenga y divagó un poco más de lo habitual. Junto con Willy Villar y Joaquín Rodríguez nos reímos sin apenas descanso.

Siempre he sentido por José Luis Abós una sincera admiración, llegó a la cima desde abajo, sin que nadie recorriera parte del camino por él. Fue quemando etapas sin pasar por encima de nadie y sin levantar la voz; y cuando tocó el cielo siguió siendo la misma persona normal que le había llevado hasta allí.
Siempre fue cercano y exquisito en el trato. Su mirada era la de una persona honesta e inteligente. Era esa clase de gente con la que me hubiera gustado pasar más tiempo hablando de baloncesto y de la vida. Invitaba a ello.

Consiguió algo que se le niega a muchos, fue profeta en su tierra, en una tan complicada como Zaragoza, donde el baloncesto tiene una enorme tradición y donde su afición es una de las más exigentes y entendidas del país. Esa misma afición pide hoy que el pabellón Príncipe Felipe cambie su nombre por el de José Luis Abós, excelente iniciativa.
Ayer sentí tristeza y rabia. Desde ayer la vida y el baloncesto son un poco peor sin él. Allá donde estés; hasta siempre, entrenador.

martes, 14 de octubre de 2014

Que Dios nos pille confesados


Dice un cartel colocado en el servicio de urgencias del Hospital de Alcorcón: “Yo me toco la cara como Teresa. Si me tocara los cojones sería Consejero de Sanidad”. Es bastante probable que, el Consejero, en el ejercicio de sus competencias se toque con frecuencia sus partes. Aunque, esta vez, lo que ha hecho es tocar los cojones a los demás, especialmente a Teresa Romero y a su familia.
Hoy, después de unos cuantos días se ha dignado a pedir disculpas por carta; puesto que el marido de Teresa no le coge el teléfono ni quiere recibir su visita. Igual le extraña al fulano. La acusó de mentir, de no estar tan mal si había podido ir a la peluquería. Dijo que no hacía falta un máster para ponerse un traje. Pero claro, éste fue el mismo que dijo: “pidiéndole salud a la Virgen le ahorraremos dinero a las arcas públicas”. Retratado el científico.
 
Hay que ser miserable, después de los innumerables recortes que su gobierno ha hecho en Sanidad, después de dos repatriaciones de enfermos de Ébola cuando no se cumplían las medidas mínimas aconsejadas ni se había dado la formación adecuada al personal sanitario. Después de que la Ministra de Sanidad haya hecho una de las peores gestiones que se recuerdan y se haya mostrado como una absoluta incompetente.
Después de que Teresa se enterara por la prensa que estaba infectada con el virus. Después de que el ABC la diera por muerta e incluso llegara a publicar que sería incinerada. Después de que la televisión de Castilla-La Mancha se burlara de ella o después de que el miserable de Jiménez Losantos dijera que: “en el pecado lleva la penitencia”.
 
Todo ello, teniendo en cuenta que Teresa se presentó voluntaria para asistir al misionero infectado.
Para rematar la faena, Javier Rodríguez, el ínclito Consejero,  dijo en una entrevista: "Yo tendré que asumir la responsabilidad y si tengo que dimitir, dimitiría. No tengo ningún apego al cargo, soy médico y tengo la vida resuelta”. Por sus palabras se deduce que, de no tener la vida resuelta ni tan siquiera pensaría en dimitir.
 
Pero claro, después de comprobar cómo fue ovacionado por sus compañeros en la Asamblea de Madrid, está la cosa como para dimitir o para que lo cesen. Pues nada, que Dios nos pille confesados.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Oportunidad o codicia

Jamás, en la historia de la humanidad, se debió disfrutar tanto de un “fallo informático”; benditos eufemismos. Esos que se utilizan para definir las tarjetas que usaban los exdirectivos de Caja Madrid y con las que se gastaron 15,5 millones de euros entre 2003 y 2012.

Podían disponer de hasta 4.000€ al mes sin necesidad de justificarlos. Solo entre 2009 y 2011, los años previos al rescate de la entidad con dinero público, se pulieron más de 4 millones de euros.

No faltó nadie a la fiesta: PP, PSOE, IU. Además de sindicalistas de UGT y CCOO. Barra libre para todos. Únicamente tres de los 86 directivos no hicieron uso de las tarjetas. Lo que debería ser normal se ha convertido en ejemplo.

Blesa, una vez que supo que no seguiría en su cargo, dilapidó 19.000€ durante su último mes en la entidad. Eso es despedirse a lo grande. Seguramente lo hizo con la misma desfachatez con la que decidió engañar a miles de personas con las preferentes.

Una vez que se ha destapado el uso fraudulento de las tarjetas, debemos seguir soportando que alguno continúe con la mofa. Como el líder de UGT en Madrid, José Ricardo Martínez, que dice que los 2.000€ mensuales que se gastaba “no son para tanto”. O como Pablo Abejas, del PP, que argumenta “ser una víctima”.

Cada día que pasa está más claro, este país no tiene arreglo. La desvergüenza, el mangoneo y el mamoneo es de tal envergadura que no hay modo de intuir por dónde empezar. Y lo que no conocemos, a saber lo que esconden las alfombras de las plantas nobles de los excelentísimos organismos.

A diario me pregunto qué sería de este país si no hubiese sido sometido a un latrocinio constante. Si no hubieran expoliado las arcas públicas con la impunidad y desfachatez que lo han hecho.

También me cuestiono si podemos hacer algo los ciudadanos de a pie para evitar que nos sigan chuleando del modo que lo están haciendo. Y, si pudiéramos, si estamos dispuestos a llevarlo a cabo o preferimos quedarnos sentados.

Tras comprobar cómo corrompe el poder, la pregunta definitiva es: ¿cómo nos comportaríamos si la oportunidad llamara a nuestra puerta?


Publicado en La Nueva Crónica de León el 8 de octubre de 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Dejad, que escojan ellas.


“Dejad, que escojan ellas”, decía Freddy. Y, entonces, nos reíamos a carcajadas. Lo decía con aire de suficiencia cuando, al salir de noche, veíamos a un grupo de chicas del mismo número que el nuestro y, cada uno de nosotros, iba diciendo quién de ellas le gustaba más.
Lo decía con petulancia, la que te proporciona la juventud y la inconsciencia. Éramos chicos aparentes, de aquella, incluso, nos creíamos guapos. Disponíamos de unas ciertas habilidades sociales, teníamos tiempo y dinero para gastar y nunca tuvimos prisa en volver a casa.

Y así es, no lo sabíamos entonces, pero ellas siempre escogen. Son ellas las que eligen, las que deciden quién debe ser quien las corteje, quién debe ser el que las seduzca una vez que han determinado que quieren ser conquistadas por esa persona.
Mientras, nosotros, los apuestos galanes, rebuscamos en nuestro interior algún resquicio detallista y romántico. Dejamos atrás, muy atrás, esa actitud de macho alfa que demostramos con nuestros colegas y que solo es una fingida pose. Todos somos conscientes de ello, pero nos gusta vivir en la mentira. Disfrutamos con ella, así reforzamos nuestra autoestima.

Creemos seducirlas, conquistarlas; y solo es así en parte. Debemos demostrar cada día, cuidar los detalles, hacerlas reír, preocuparnos y ocuparnos de ellas. Sorprenderlas, ser cariñosos o tener buena memoria. Es el examen que debemos superar, con estas y otras materias aún más complejas. Primeramente, ellas deciden si podemos presentarnos, más tarde si aprobamos. Así que: dejad, que escojan ellas.