jueves, 25 de septiembre de 2014

Cosas con las que no se juega


Realmente debería existir, pero no siempre es así. Seguramente ocurra judicialmente, pero no tanto si quien juzga es la opinión pública. Debería existir, pero tendemos a pronunciarnos sin haber estado en el lugar de los hechos ni tener datos suficientes. Debería existir pero, dependiendo de quién sea el denunciado y quién el denunciante, pocas veces otorgamos la presunción de inocencia.

Lo vimos con la denuncia por violación que interpuso una chica en Málaga. Las redes sociales ardieron porque la televisión entrevistaba a cinco violadores, en muchos casos ni tan siquiera les otorgamos la categoría de presuntos. Simplemente se dio por cierto, nos pareció oportunista, repugnante y sensacionalista que se diera cobertura mediática a tipos de semejante condición.

Más tarde se criticó que la jueza archivara la denuncia. La hemeroteca podría proporcionarnos golosos artículos de opinión al respecto.

La semana pasada, la joven declaró que la denuncia era falsa y que las relaciones habían sido consentidas. Que actuó por miedo a que los jóvenes subieran a la red el vídeo que habían grabado mientras mantenían dichas relaciones.

Existen asuntos sobre los que jamás se puede frivolizar, con los que no se juega. Y éste es uno de ellos. Tan despreciable es quien lleva a cabo una violación como quien denuncia unos hechos que jamás ocurrieron. Al fin y al cabo, serán vidas marcadas para siempre, aunque de diferente modo.

Actuaciones de este tipo llevarán a muchos a cuestionar próximas denuncias. Pudimos verlo cuando ocurrieron estos hechos, poco tardaron algunos en airear su repertorio más machista. Todo ello sin conocer que lo denunciado no era lo que realmente había ocurrido.

Por no hablar de las muchas mujeres que verdaderamente han sido forzadas y ahora deben soportar que otra mujer haya tenido la desvergüenza e indecencia de denunciar falsamente. No puedo llegar a imaginar el sentimiento que han debido experimentar al enterarse de ello.

Ahora, a ver quién le niega la mayor al alcalde de Valladolid. Menos mal que prometió comedirse en sus declaraciones; habrá que verlo.

Publicado en La Nueva Crónica de León el 24 de septiembre de 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

Historias del abuelo cebolleta


Ya son casi tres semanas aquí, el tiempo ha transcurrido rápido, han sido varios los motivos. He hecho un par de incursiones fronterizas que terminaron por llevarme a casa y todo lo nuevo te mantiene expectante. Además, aunque es por casi todos sabido, los portugueses y españoles somos bastante parecidos.

He tenido un buen recibimiento, Portugal me ha demostrado esa amabilidad y educación que ya había advertido en todas las ocasiones que pisé suelo luso.

Oliveira do Hospital es una población pequeña, aunque no más que otras en las que he estado. El destino siempre ha querido, hasta el momento, que mi vida profesional transcurra en lugares tranquilos, lejos del barullo y estrés de las grandes ciudades. Al fin y al cabo, poco importa. Cuando un entrenador llega sin familia a un lugar, casi prefiere que haya poco que hacer más allá del baloncesto. De ese modo dejamos que aflore ese carácter enfermizo que nos caracteriza. Y así pasamos los días, de casa al pabellón y del pabellón a casa. Como dice mi amigo Sergi Grimau, no puede haber nada peor para un jugador que un entrenador aburrido.

El pueblo transmite paz, es un lugar con encanto, armónico, con calles empedradas y limpias. Con casas de dos plantas que se mezclan con algún edificio de varias alturas. Se sitúa a 30 kilómetros de la Sierra de Estrela, la única estación de esquí que hay en el país. No hace otra cosa que llover, estamos pasando el final del verano pensando que hace semanas que ha entrado el otoño.

El entorno es bonito; eucaliptos, pinares, montañas y ríos. Naturaleza a borbotones, clorofila y oxígeno sin restricciones. Decenas de rutas para caminar o andar en bicicleta.

Aún nos queda un base portugués para completar la plantilla y el cometido se está convirtiendo en imposible. Un suplicio, en ocasiones desesperante.

El equipo entrena bien, es gente joven con ganas de aprender y seguir mejorando, esas son cosas de agradecer. El sábado jugamos nuestro primer partido de pretemporada, ganamos 103-57, fue contra un equipo de Coimbra que juega dos categorías por debajo. A pesar de la abultada victoria, hay mucha faena por delante.

Percibo que me voy haciendo un abuelo cebolleta, no hay día que no le cuente a Abraham, mi joven briviescano ayudante, alguna historia. El se ríe y yo disfruto contándolas, ese es el primer síntoma del cebolletismo. El definitivo será cuando comience a repetírselas. Aquí no habrá vuelta atrás, será un camino de no retorno. ¡Menudo desastre!

A partir de este sábado empieza una pequeña locura de partidos, cinco en siete días. Lo único que le pido a la temporada es que nos respeten las lesiones, lo demás ya lo pondremos nosotros.

 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La condición humana

El ser humano es inconformista por naturaleza, es una característica de nuestro ADN. Sencillamente, forma parte de nuestra condición.
También tendemos a quejarnos, a renegar con cierta frecuencia; en León lo hemos visto durante los primeros días de este mes. Atizó el calor como prácticamente no lo había hecho en todo el verano, cayeron unas cuantas gotas de sudor por la frente y se vio algún que otro abanico que se consideró extraviado durante un tiempo.
 
“Ahora que llega el otoño empieza el verano” se oía en los supermercados y en los bares. “Yo prefiero el tiempo que hemos tenido hasta ahora”. Había que haberles escuchado hace unas semanas o, ahora, después de la que cayó el domingo. Porque, no esos mismos, pero otros bien que se quejaban del no verano que hemos tenido en esta santa tierra. No les faltaba razón.
 
Similar fue lo que les sucedió a aquellos que se incorporaron a trabajar después de sus vacaciones. Quejidos y lamentos. En muchos casos, el síndrome postvacacional empieza a hacer estragos antes de terminar el tiempo de holganza. Algo parecido a un drama.
 
Son de esos síntomas nuevos que dicen ser producidos por esta sociedad en la que hoy vivimos. Hace unos cuantos años nadie hablaba de algo parecido; ahora los psicólogos marcan unas pautas a seguir para evitar que el asunto se agrave.
 
Telediarios que informan alertando de estos síndromes que ahora nos aquejan a los humanos; mientras imagino a todos aquellos que desearían experimentar de nuevo, o por primera vez, el famoso síntoma.
 
Espero que, al menos, la mayoría tuviera la delicadeza de expresar dicho quebranto delante de otros que compartieran su desdicha.
Cuando no se tiene se desea; cuando se posee, en ocasiones, nos hastía y consume. Es un círculo vicioso que se retroalimenta constantemente.
 
Será porque no hallamos el trabajo perfecto, aquel que nos satisfaga por completo. Aunque seguro que, de lograrlo durante un tiempo, terminaríamos lamentando no tener mejores condiciones, da igual el carácter de las mismas. Así ha sido a lo largo de los siglos y así continuará siendo. Porque así somos nosotros.
 

Publicado en La Nueva Crónica el 10 de Septiembre de 2014

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La vida en una maleta



Al hacer la maleta, no recordaba la extraña sensación de no olvidarme nada y dejarlo casi todo. Es lo que sucede al irte por un tiempo. Sacas la ropa de los armarios por montones, casi la agarras a puñados, sin pensar, poco importa. Va a hacer frío, también calor, aunque menos. Lloverá, haré deporte, vestiré informal, en otras ocasiones no tanto. Vas echando y echando. Como un autómata.

Por el contrario, dejo atrás mucho de lo que quiero y me importa. A mi mujer, a mi familia y amigos, las calles de mi ciudad por las que tanto me gusta perderme. Esas pachangas de los martes y esas cañas de los jueves. Ese sentimiento leonés del que tanto hacemos gala; del que renegamos siendo jóvenes y al que regresamos pasados los años. Cosas que te proporciona haber andado por el mundo adelante, que diría uno que yo sé.

En las maletas hay de todo, varias camisas, unos cuantos polos, mucha ropa de deporte, todos los gayumbos y calcetines que había en la cómoda, zapatos...vamos, de todo menos un peine. 

Una vida entera, con la experiencia acumulada a lo largo de los años pero con la misma ilusión que el primer día. Es el peso de los sueños. Portugal, allá voy.